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Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo > eldiario.es

Hoy en eldiario.es, Brais Estévez y yo publicamos la siguiente tribuna de opinión

Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo

Frente al calor extremo producido por nuestras formas de vida moderna, las políticas de acción climática no pueden limitarse a simular y anticipar escenarios catastróficos para gestionar técnicamente lo peor por venir. También deben cultivar una imaginación democrática capaz de prevenir esos futuros mediante el compromiso, aquí y ahora, con el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad de nuestros entornos más inmediatos

Desde el pasado 15 de julio, numerosos medios de comunicación se han hecho eco de “Barcelona a 50 ºC”, una de las nuevas iniciativas de acción climática del Ayuntamiento de Barcelona para preparar la ciudad ante episodios de calor extremo. Concretamente, se trata de un simulacro previsto para 2027 que se desarrollará en dos fases. La primera «de despacho», tendrá lugar en febrero de ese mismo año, y servirá para coordinar la respuesta de emergencia desde los distintos servicios y equipamientos municipales. La segunda, prevista para septiembre, recreará los efectos sobre las infraestructuras de una ola de calor monstruosa que condujera a la ciudad a un colapso sociosanitario, la disrupción en el acceso a suministros básicos como el agua y un apagón energético sin precedentes. En palabras del alcalde Jaume Collboni, el anuncio del simulacro supone poner en marcha «la cuenta atrás hacia el día que llegue Barcelona a 50 grados», una acción que presenta como un legado de protección y concienciación para el futuro.

La iniciativa, inspirada en un simulacro análogo celebrado en París en el año 2023, busca evaluar la preparación de la ciudad ante un escenario de estas características: revisar los protocolos de actuación, reforzar la coordinación entre servicios y mejorar la capacidad de respuesta de las infraestructuras urbanas, con especial atención a la protección de la población más vulnerable. Sin embargo, los objetivos declarados y el simbolismo inadvertidamente colapsista de la propuesta parecen abundar en los que consideramos dos problemas fundamentales de la política contemporánea de protección frente al calor extremo: primero, una identificación del calor con una exterioridad meteorológica, marcada por una catástrofe futura casi inimaginable; y, segundo, la centralidad de la respuesta experta ante el problema. Ambas soslayan algunas cuestiones y preguntas fundamentales que creemos debieran informar una política de previsión e intervención del calor urbano en el presente.

Sin descuidar el carácter crucial de la anticipación y la prevención ante proyecciones que anuncian horizontes cada vez más inhóspitos para la habitabilidad, ¿por qué privilegiar un futuro catastrófico como horizonte de la acción política, en lugar de atender a las urgencias y las posibilidades que ya se abren en el presente? La frivolidad y el sensacionalismo con que algunos medios han acogido la propuesta, parecen olvidar los efectos de las sucesivas olas de calor que han afectado a Europa desde el pasado mes de junio. Estas han vuelto a poner de manifiesto las imágenes ya habituales de cuerpos aplastados por el calor, exhaustos y sudorosos, buscando un alivio incierto en hábitats urbanos convertidos en zonas de sacrificio térmico: ya sea bañándose en fuentes municipales, abarrotando las terrazas, plazas y parques o haciendo lo que pueden para refrigerar espacios domésticos mal aislados.

Junto a ellas, también han aparecido muestras de cómo el calor extremo desborda la capacidad de las infraestructuras modernas para sostener la vida cotidiana a partir de un determinado rango de temperaturas hasta ahora poco conocido: las vías del tranvía de Leipzig deformadas por la licuefacción del material sellante entre los raíles y el asfalto, carreteras cortadas en Alemania por el deterioro del firme, escuelas cerradas en Francia ante las temperaturas extremas o la cancelación por parte de la SNCF de algunos de los trenes regionales que conectan París con el sur del país.

En paralelo, una suerte de hype mediático ha situado a España en el centro del debate europeo por su supuesto buen hacer en las políticas de adaptación al calor, a pesar de unos números apabullantes de padecimientos y fallecimientos ante las mismas condiciones térmicas. En este contexto de nacionalismo climático banal, junto al renovado elogio de tecnologías populares de adaptación al calor (la persiana, la siesta, el abanico o el botijo), ha vuelto a cobrar fuerza la red de refugios climáticos impulsada desde 2019 por el Ayuntamiento de Barcelona. Concebida como un sistema de equipamientos y espacios públicos de confort térmico distribuidos por toda la ciudad, esta iniciativa (de implementación y resultados desiguales) ha causado interés en otras ciudades y países. Esperemos que nuestros colegas europeos no se inspiren en sus horarios de cierre: en pleno verano y durante la noche, cuando el aire estancado en el interior de muchas viviendas con mala inercia térmica las vuelve inhabitables. Considerando todo esto, más que simular en una escape room una ola de calor monstruosa del futuro, deberíamos estar imaginando y discutiendo colectivamente cómo responder a las actuales a fin de evitar lo peor.

Más allá de las estrategias cotidianas para soportar las altas temperaturas o de las magras políticas públicas desplegadas para responder a los episodios de calor extremo, parece claro que lo que hoy experimentamos ya no puede entenderse simplemente como «el calor de toda la vida». Lo que durante mucho tiempo pudo vivirse como una contingencia térmica estacional (la canícula, nombre romano para referirse a los «días de perros» en que la estrella Sirius, de la constelación Can Mayor, aparecía en el firmamento), se experimenta hoy como el resultado previsible de un modo de existencia particular: la manifestación de la mutación climática inseparable de la modernidad industrial y nuestro consumo ilimitado de energías fósiles. Los historiadores ambientales Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz han acuñado el término Termoceno (una variación del Antropoceno) para referirse a una época geohistórica marcada por los efectos de los gases de efecto invernadero que impiden que parte de la radiación infrarroja liberada por la Tierra se disipe hacia el espacio, intensificando la retención de calor en la troposfera.

Antes que como algo «ahí afuera», en las actuales olas de calor resuena el logro macabro de una forma de habitar moderna (infraestructural, carbonífera y extractivista) que, al tiempo que sostiene nuestra prosperidad y nuestras formas de vida urbana, libra una guerra soterrada contra las condiciones mismas de habitabilidad del planeta. Como señalaban los filósofos Jeanne Etelain y Patrice Maniglier en un artículo reciente publicado en Le Monde a propósito de la canícula que afectó a Francia, ya no se trata simplemente de un aire más caliente, sino de «otro aire». Un aire desastroso, atravesado por el entramado infraestructural moderno del que dependemos para movernos, producir, consumir y habitar con algún confort en nuestros entornos urbanos actuales.

Considerando que los episodios recientes de calor extremo arrojan números devastadores y todo tipo de afectaciones en cuerpos e infraestructuras, ¿no hay nada que podamos hacer más allá de organizar simulacros que anticipan lo peor? Porque, ¿qué clase de vida urbana sería la de una ola de calor monstruosa que alcanzara los 50 grados? Sin duda, una no muy deseable, a menos que aspiremos a correr maratones en sarcófagos climatizados, como en Dubái o Abu Dhabi.

Si el calor extremo puede entenderse como una consecuencia previsible de nuestros modos de vida modernos, frente al énfasis experto del simulacro, quisiéramos preguntarnos, ¿qué papel pudiera tener en todo esto la ciudadanía y su capacidad de inventiva? ¿Cómo sostener su anhelo de protección conectándolo, además, con los deseos de otra vida posible? Tras tantos años de innovación democrática, ¿por qué insistimos en que sólo pueden hacerse cargo de la política climática las administraciones y los técnicos, en lugar de liberar la potencia colectiva del hacer y la capacidad de protegerse del Cualquiera para permitir una soberanía climática popular en contextos de emergencia e incertidumbre radical?

Como ponen de manifiesto algunas de las experiencias que hemos documentado en nuestros trabajos recientes, no resulta difícil imaginar otras formas de acción: la habilitación de usos seguros de parques, ríos y playas (siguiendo el rastro de algunas prácticas ensayadas informalmente por la ciudadanía); la instalación de toldos, umbráculos y otras formas autoconstruidas de climatización; la apertura nocturna de refugios climáticos acompañada por actividades de mediación cultural durante los episodios de calor extremo; por no hablar de la reorganización del orden laboral y de la movilidad durante las olas de calor más severas. Mientras que ya existen algunas iniciativas para hacer más vivibles nuestros entornos durante el día, la adaptación térmica nocturna necesita comenzar a articularse. Aunque, más que un déficit de soluciones, lo que parece persistir es una limitación del imaginario político: acerca de quiénes pueden actuar, cómo pueden hacerlo y bajo qué formas de organización colectiva.

Dicho esto, ¿por qué nuestras políticas climáticas insisten una y otra vez en justificarse desde alertas paralizantes, enfatizando las catástrofes por venir para, en el mejor de los casos, demostrar el poder operativo y tranquilizador de la respuesta experta? ¿Por qué esa respuesta técnica tiende a escenificarse de forma espectacular, en lugar de traducirse en una mejora sostenida de nuestro deficiente parque de viviendas, mediante acciones como el pintado de cubiertas de blanco, el refuerzo del aislamiento térmico o subsidiando a la producción de energía renovable para una climatización efectiva? ¿Por qué simular siempre lo peor con pocos medios, en lugar de poner nuestros mayores recursos, el empeño y la urgencia en abrir imaginarios cuidadosos y plurales de cómo evitarlo, aquí y ahora, para que el contador nunca llegue a marcar 50 grados?

Todos nuestros esfuerzos deberían ir orientados a hacer posibles y deseables las enormes transformaciones colectivas que pudieran permitirnos evitar a toda costa la situación que se quiere simular en Barcelona. Por ejemplo, coordinando democráticamente la despavimentación o el desmantelamiento infraestructural que pudieran permitir reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, descompactar suelos, cambiar materiales o ampliar las iniciativas de renaturalización de la ciudad que permitan un mayor confort térmico.

Volviendo sobre el simulacro, en caso de apostar por este tipo de iniciativa, ¿por qué no simular una respuesta comunitaria, gozosa y vibrante, de amplio espectro y larga duración, en lugar de puramente técnica y de emergencia? Puestos a imaginar: ¿por qué no estimular la creatividad de todo tipo de respuestas, desde diferentes simbolismos y perspectivas, desde el deseo de una vida urbana posible, reduciendo nuestra dependencia de las infraestructuras de la cultura fósil que calientan nuestro planeta, además de nuestros cuerpos y entornos? Si el desafío climático es también un asunto de imaginación colectiva, ¿por qué no dedicar nuestros mayores esfuerzos y recursos a experimentar democráticamente con formas deseables de buena vida en entornos más habitables, en lugar de limitarnos a ensayar nuestra supervivencia militarizada en hábitats cada vez más cálidos e inhóspitos?

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