Gracias a Celia Fernández por el trabajo en esta pieza sobre el Departamento de Umbrología que aparece hoy en Ballena Blanca / eldiario.es
Así trabaja un equipo de investigadores para convertir la sombra en un derecho
El Departamento de Umbrología de Barcelona investiga y ensaya nuevas formas de diseñar y gobernar la sombra, mientras defiende el acceso a espacios sombreados como una cuestión de justicia urbana, no solo de confort
Evento de Sombras Sensibles celebrado el 11 de julio de 2026, en Cardedeu, donde Arquitectura de Contacte montó prototipos de sombra en una plaza céntrica insolada del municipio. Departamento de Umbrología de Barcelona.
Celia Fernández, 21 de agosto de 202621:48 h – Actualizado el 22/08/2026 05:30 h
Caminar por la calle en verano se ha convertido en un juego de estrategia. Uno se desplaza pegado a las fachadas, espera unos metros más allá del paso de cebra, bajo un árbol, a que el semáforo se ponga en verde y, tarde o temprano, se ve obligado a cruzar una avenida expuesta a un sol sin tregua. Esto es así por el diseño actual de las ciudades. Pero podría ser de otra manera: la sombra podría ser un derecho.
Es lo que plantea el Departamento de Umbrología, con sede en Barcelona, un equipo interdisciplinar de investigadores que estudia la sombra desde el punto de vista de la antropología, la arquitectura, las ciencias ambientales, las artes, y propone intervenciones y políticas para desarrollar la vida a la sombra.
El Departamento –solo existen un par de iniciativas similares en el mundo–, parte de una premisa: nuestras ciudades son herederas del urbanismo solar del siglo XIX, que abrió calles y plazas al sol y redujo la presencia de las sombras. En el contexto de la emergencia climática, ese diseño es una trampa que dificulta habitar el espacio público durante los meses más cálidos.
La sombra es, en cambio, un refugio, que al contrario de muchas soluciones tecnológicas, “es fácil de construir, mundano, cotidiano, y tiene algo muy importante para la acción climática: su espíritu colectivo”, señala Tomás Criado, coordinador de este proyecto financiado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, y compuesto por cuatro socios barceloneses: los grupos CareNet y DARTS de la Universitat Oberta de Catalunya, el colectivo Arquitectura de Contacte, las ambientólogas y divulgadoras científicas de Nusos Coop y los artistas del Laboratorio de Pensamiento Lúdico.
La historia del Departamento comienza en 2024, cuando Arquitectura de Contacte instala A l’ombra del Trencadís frente a una escuela de la Rambla del Badal. La idea era poner el foco no solo en la sombra, “sino en lo que pasa dentro de ella”, explica Marc Sureda, uno de los arquitectos. Lo que comenzó como un refugio climático sobre un espacio de hormigón acabó convirtiéndose en un lugar de encuentro, juego y descanso para todas las edades.
Fue allí donde los antropólogos Tomás Criado y Santiago Orrego organizaron meses después una exploración ciudadana de los usos y formas de socialización de la sombra, como parte del taller La ciudad de las sombras, que acabaría dando origen al actual Departamento.
Empujar a los municipios
Esta entidad “ficticia” –no es, en realidad, una administración– ha creado una ordenanza, también ficticia, por el derecho a la sombra. Plantea que el acceso a espacios sombreados es una cuestión de justicia urbana y no solo de confort. El documento ofrece propuestas –que van desde los derechos laborales hasta limitar la ocupación privada del espacio público durante episodios de calor extremo– para que los municipios puedan testearlas, y para presionar a las administraciones públicas para que se hagan responsables.
“Tal vez algún municipio se atreva, y si tenemos la ordenanza y una serie de evidencias, tendremos unos hechos probados que nos servirán de material para poder empujar a más entidades públicas a tener que implementarlas”, explica Sureda.
Taller ‘La ciudad de las sombras’ como parte de las Semanas de la Arquitectura de Barcelona celebradas en junio de 2024. Departamento de Umbrología de Barcelona.
Un proyecto inspirado en esta ordenanza es el desarrollado junto al Instituto de Salud Global en el campo frutal de Lleida, donde muchos trabajadores agrícolas, en su mayoría migrantes, trabajan en condiciones precarias y sin espacios adecuados para protegerse del sol. A partir del derecho laboral a la sombra, el Departamento ha diseñado prototipos móviles de refugio climático: uno para quienes recolectan fruta con maquinaria, equipado con agua fría, ventiladores, botiquines y ropa de protección, y otro para quienes trabajan a pie, con una sombra plegable incorporada a las escaleras a las que suben para recoger la fruta.
La ordenanza se nutre de investigaciones académicas, normativas urbanísticas, cartografías populares de las sombras –han creado un catálogo para darles identidad y poder pensarlas– y está anclada en lo que el Departamento ha denominado como “disputaciones a la sombra”, parlamentos en los que invitan a la ciudadanía a compartir sus “agravios umbralógicos”.
Durante el primero de estos encuentros, distintas entidades de Cardedeu (provincia de Barcelona, Vallès Oriental) se reunieron bajo una umbría construida a partir de unos andamios. Allí, los participantes volcaron sus preocupaciones climáticas: desde una persona mayor que en verano tiene que ir a comprar el pan a las doce del mediodía y recorre un camino insolado, hasta una asociación artística que actúa al aire libre y cuyo público se ve afectado por el calor.
Prototipos efímeros
Además de alimentar la ordenanza, estos debates bajo prototipos arquitectónicos efímeros pretenden servir como un modelo. La idea es crear un manual que permita a las organizaciones sociales –por ejemplo, una organización feminista que quiere reunirse para preparar su año lectivo– encontrarse y dialogar bajo unas condiciones de habitabilidad a la sombra. “En el urbanismo solar, no hay espacios públicos preparados para que las comunidades se autoorganicen”, explica Sureda: “Nosotros nos centramos mucho en el derecho a la sombra, pero las disputaciones son para disputar derechos sociales mucho más amplios”.
El Departamento busca instalar prototipos efímeros, sobre todo en aquellos lugares donde la vegetación no puede plantarse de manera rápida y eficiente. “Evidentemente, la sombra que más se aprecia es la vegetal”, dice Sureda, “pero nos interesa la sombra en esos espacios donde existen todas estas capas del subsuelo, el acabado de hormigón, la capa de cemento, un subsuelo lleno de cables y tubos, etcétera, que hacen improbable que puedan crecer árboles”.
Una de las perspectivas más innovadoras del Departamento es entender que la sombra no es únicamente una cuestión de grados. Aunque la entidad se viste de un aspecto formal o administrativo –utilizando conceptos como ordenanza o departamento–, Sureda y Criado insisten en que se trata, sobre todo, de especular, de imaginar cómo serían esas instituciones necesarias para la gestión democrática y comunitaria de la catástrofe climática. Para ello, señala Criado, es también necesario crear –o, más bien, recuperar– rituales y significados que nos vinculen emocionalmente con la sombra. “Hasta ahora, en Occidente, la sombra se ha atendido desde un punto de vista muy racional y técnico. No se ha atendido esa parte más comunitaria, que la sombra no solo permite, sino que favorece”, explica Sureda.
Al final, el Departamento de Umbrología no pretende únicamente que haya más sombras, sino que aprendamos a mirar la ciudad de otra manera. Pensar esa “ciudad de las sombras” es, en el fondo, una forma de empezar a imaginar otros saberes y modos de vivir.
El higienismo es la máxima que ha guiado las urbes modernas, poniendo la apertura al sol en el centro de su diseño. Pero las olas de calor extremo obligan a pensar sobre el derecho a la sombra.
¿Han intentado ir al parque con niños una mañana de verano? Habrán comprobado una realidad aterradora. Durante nuestro paseo nos topamos con calles abrasadas por el sol y pavimentos recalentados, o parques infantiles convertidos en parrillas de caucho y metal por el calor.
Desde el siglo XIX, el higienismo fue el concepto que guió el urbanismo moderno. Esta visión derribó barrios medievales de calles estrechas y sinuosas. El objetivo era abrir las ciudades al sol y al aire libre.
Hoy, ciudades como Barcelona o Sevilla ensayan planes para adaptarse. Las sombras, menospreciadas por este “urbanismo solar”, reciben ahora una atención renovada. Los umbráculos, toldos y parasoles están de vuelta para hacer las calles más habitables.
Cómo el calor amplifica las desigualdades
El antropólogo y filósofo Bruno Latour hablaba de “mutación climática” para describir aquello que el debate científico llama el Antropoceno. Esto es, la era de la afectación planetaria de los seres humanos a causa de una forma de vida moderna dependiente de las energías fósiles. Él contraponía ese término a la idea de crisis.
Así lo demuestra el Índice de Vulnerabilidad al Cambio Climático. Este instrumento del Área Metropolitana de Barcelona, creado en 2021, analiza el impacto de las altas temperaturas. Nos enseña cómo la calidad de la vivienda y la pobreza energética son factores decisivos.
Por eso, recuperar la calle en estos contextos es fundamental. Al mismo tiempo, los espacios públicos someten a los viandantes a irradiaciones solares brutales. Las personas que trabajan al aire libre lo sufren de manera muy intensa.
El acceso a la sombra se ha convertido, por tanto, en una necesidad urbana innegociable para proteger los cuerpos más vulnerables. Es decir, todas aquellas vidas que el urbanismo moderno y su irradiación total han marginado.
Soluciones low tech: oda a la sombra
Las diferencias de temperatura entre un lugar sombreado y uno soleado son abismales. Sin embargo, cabe señalar que no todas las sombras son iguales: la evapotranspiración y el follaje de los árboles ofrecen un confort térmico muy superior.
Las ciudades sufren sequías recurrentes y limitaciones de espacio en el subsuelo. Por tanto, no podemos depender exclusivamente de la vegetación; nos hace falta desplegar una serie de medidas alternativas.
¿Es posible que estemos olvidando el carácter mundano de hacer sombra? ¿Que se puede crear sombra con muy pocos recursos? Entonces, ¿por qué no utilizar soluciones low tech o autoconstruidas?
Eso nos permitiría volver a soluciones arquitectónicas ancestrales como la medina mediterránea. Aquellos callejones estrechos eran una gran oda a la sombra.
También podríamos revitalizar los umbráculos clásicos y la protección popular.
Sin embargo, la implementación de tales medidas es muy compleja dentro de los códigos urbanísticos actuales. Estas regulaciones fueron concebidas para un escenario climático ya obsoleto. Por ejemplo, muchas ordenanzas continúan exigiendo el uso de pavimentos impermeables y de estructuras de aluminio en vez de madera. En este contexto, ¿cómo podríamos articular un derecho a la sombra real?
¿Un derecho a la sombra?
Los historiadores Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz hablan de los problemas a los que nos aboca una gobernanza altamente institucionalizada para responder a la crisis ecológica. A menudo, grupos de expertos monopolizan las decisiones, y eso ralentiza y limita las posibilidades de acción.
Estos expertos determinan qué soluciones son viables y quién merece protección. Al mismo tiempo, relegan a la ciudadanía a un papel puramente pasivo y expectante. Para contrarrestar esta dinámica, en la Universitat Oberta de Catalunya estamos desplegando un proyecto de investigación-acción, el Departamento de Umbrología.
Conversación a la sombra. Cardedeu, Barcelona, 11 de julio. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL
El objetivo del trabajo es repoblar la imaginación urbana colectiva con procesos abiertos y de diálogo. Con estructuras para sombrear temporalmente ciertos lugares soleados, queremos crear conversaciones urbanas reales. El objetivo no es solucionar técnicamente la insolación, sino abrir un debate ciudadano para expresar los problemas concretos que el urbanismo solar causa a una gran diversidad de gente.
Queremos articular una conversación pública abierta sobre el impacto cotidiano de vivir en estos sarcófagos infraestructurales y debatir un borrador de Ordenanza por el Derecho Urbano a la Sombra.
Inspirados por ficciones legales como el Parlamento del Loira, este texto legal especulativo entiende la sombra como un bien comunal de todas las personas y seres vivos expulsados y expuestos por el orden solar del urbanismo moderno, como las personas que trabajan al aire libre. La ordenanza reivindica la habitabilidad de toda la comunidad biótica urbana y denuncia la expulsión a la que nos arroja el urbanismo solar.
El auténtico potencial de esta dinámica participativa es una apuesta por democratizar la gestión y la intervención de la redirección ecológica que requiere el calor urbano. Necesitamos desmantelar palmo a palmo los sarcófagos infraestructurales en los que vivimos para convertirlos en espacios de refugio.
Para hacer habitables las ciudades de hoy, hay que desplazar el urbanismo solar desplegando formas de autoprotección para una soberanía climática popular.
«Les urbs modernes han estat guiades per l’higienisme, posant l’obertura al sol de les ciutats al centre de l’urbanisme i l’enginyeria. Però les onades de calor extrema obliguen a reflexionar sobre el dret a l’ombra.»
Heu intentat anar al parc amb criatures un matí d’estiu? Haureu comprovat una realitat esfereïdora. En el nostre passeig trobem carrers insolats amb paviments escalfats, o parcs infantils que són graelles de cautxú i metall sota un sol abrusador.
Avui, ciutats com Barcelona o Sevilla assagen plans per adaptar-se. Les ombres, menyspreades per aquest “urbanisme solar”, reben ara una atenció renovada. Els umbracles, tendals i para-sols tornen per fer els carrers més habitables.
Com la calor amplifica les desigualtats
L’antropòleg i filòsof Bruno Latour parlava de “mutació climàtica” per descriure allò que el debat científic anomena l’Antropocè. Aquesta és l’era de l’afectació planetària dels éssers humans a causa d’una forma de vida moderna dependent d’energies fòssils. Ell contraposava aquest terme a la idea de crisi.
Així ho demostra l’Índex de Vulnerabilitat al Canvi Climàtic (IVAC). Aquest instrument de l’Àrea Metropolitana de Barcelona, creat al 2021, analitza l’impacte de les altes temperatures. Ens ensenya com la qualitat de l’habitatge i la pobresa energètica són factors decisius.
Aquestes són variables sociodemogràfiques que determinen qui pateix més la calor. Hem de repensar l’urbanisme posant la vulnerabilitat al centre. Les onades de calor condemnen moltes persones a un “aïllament fatal” dins de casa.
Per això, recuperar el carrer en aquests contextos és fonamental. Alhora, els espais públics sotmeten els vianants a insolacions brutals. Les persones que treballen a l’aire lliure ho pateixen d’una manera molt intensa.
L’accés a l’ombra ha esdevingut, doncs, una necessitat urbana innegociable per protegir els cossos més vulnerables. És a dir, totes aquelles vides que l’urbanisme modern i la seva irradiació total han marginat.
Solucions ‘low tech’: l’oda a l’ombra
Les diferències de temperatura entre un indret ombrejat i un d’assolellat són abismals. Cal assenyalar, però, que no totes les ombres són iguals. L’evapotranspiració i el fullatge dels arbres ofereixen un confort tèrmic molt superior.
Les ciutats pateixen sequeres recurrents i limitacions d’espai al subsol. Per tant, no podem dependre exclusivament de la vegetació. Ens cal desplegar tota una sèrie de mesures alternatives.
Però, potser, estem oblidant el caràcter mundà de fer ombra? Aquest procés va revelar com es pot crear ombra amb molt pocs recursos. Llavors, per què no fer servir solucions low tech o autoconstruïdes?
Això ens permetria retornar a solucions arquitectòniques ancestrals com la medina mediterrània. Aquells carrers estrets eren una gran oda a l’ombra.
També podem revitalitzar els umbracles clàssics i la protecció popular.
Tanmateix, la implementació d’aquestes mesures és molt complexa dins dels codis urbanístics actuals. Aquests codis, però, van ser concebuts per a un escenari climàtic ja obsolet. Per exemple, moltes ordenances continuen exigint l’ús de paviments impermeables i d’estructures d’alumini en lloc de fusta. En aquest context, com podríem articular un veritable dret a l’ombra?
Un dret a l’ombra?
Els historiadors Christophe Bonneuil i Jean-Baptiste Fressoz parlen dels problemes als quals ens aboca una governança altament institucionalitzada per respondre a la crisi ecològica. Sovint, grups d’experts monopolitzen les decisions i això ralentitza i limita les possibilitats d’acció.
Aquests experts determinen quines solucions són viables i qui mereix protecció. Alhora, releguen la ciutadania a un paper purament passiu i expectant. Per contrarestar aquesta dinàmica, a la UOC estem desplegant un projecte d’investigació-acció.
Disputació a l’ombra, Cardedeu, 11 de juliol. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL
L’objectiu del treball és repoblar la imaginació urbana col·lectiva amb processos oberts i de diàleg. Amb estructures per ombrejar temporalment indrets insolats, volem crear vertaders parlaments urbans. L’objectiu no és solucionar tècnicament la insolació, sinó obrir un debat ciutadà per expressar els problemes concrets que l’urbanisme solar causa a una gran diversitat de cossos.
Així volem articular una conversa pública oberta sobre l’impacte quotidià de viure en aquests sarcòfags infraestructurals i debatre un esborrany d’Ordenança pel Dret Urbà a l’Ombra (DRETUMB).
Inspirats per ficcions legals com el Parlament del Loira, aquest text legal especulatiu entén l’ombra com un bé comunal de totes les persones i éssers vius expulsats i exposats per l’ordre solar de l’urbanisme modern, com ara les persones que treballen a l’exterior. L’ordenança reivindica l’habitabilitat de tota la comunitat biòtica urbana i denuncia l’expulsió a la qual ens aboca l’urbanisme solar.
La veritable potència d’aquesta dinàmica participativa és una aposta per democratitzar la gestió i la intervenció de la redirecció ecològica que requereix la calor urbana. Necessitem desmantellar pam a pam els sarcòfags infraestructurals en què vivim per convertir-los en espais de refugi.
Per fer les ciutats d’avui habitables, cal desplaçar l’urbanisme solar desplegant formes d’autoprotecció cap a una sobirania climàtica popular.
Hoy en eldiario.es, Brais Estévez y yo publicamos la siguiente tribuna de opinión
Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo
Frente al calor extremo producido por nuestras formas de vida moderna, las políticas de acción climática no pueden limitarse a simular y anticipar escenarios catastróficos para gestionar técnicamente lo peor por venir. También deben cultivar una imaginación democrática capaz de prevenir esos futuros mediante el compromiso, aquí y ahora, con el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad de nuestros entornos más inmediatos
Desde el pasado 15 de julio, numerosos medios de comunicación se han hecho eco de “Barcelona a 50 ºC”, una de las nuevas iniciativas de acción climática del Ayuntamiento de Barcelona para preparar la ciudad ante episodios de calor extremo. Concretamente, se trata de un simulacro previsto para 2027 que se desarrollará en dos fases. La primera «de despacho», tendrá lugar en febrero de ese mismo año, y servirá para coordinar la respuesta de emergencia desde los distintos servicios y equipamientos municipales. La segunda, prevista para septiembre, recreará los efectos sobre las infraestructuras de una ola de calor monstruosa que condujera a la ciudad a un colapso sociosanitario, la disrupción en el acceso a suministros básicos como el agua y un apagón energético sin precedentes. En palabras del alcalde Jaume Collboni, el anuncio del simulacro supone poner en marcha «la cuenta atrás hacia el día que llegue Barcelona a 50 grados», una acción que presenta como un legado de protección y concienciación para el futuro.
La iniciativa, inspirada en un simulacro análogo celebrado en París en el año 2023, busca evaluar la preparación de la ciudad ante un escenario de estas características: revisar los protocolos de actuación, reforzar la coordinación entre servicios y mejorar la capacidad de respuesta de las infraestructuras urbanas, con especial atención a la protección de la población más vulnerable. Sin embargo, los objetivos declarados y el simbolismo inadvertidamente colapsista de la propuesta parecen abundar en los que consideramos dos problemas fundamentales de la política contemporánea de protección frente al calor extremo: primero, una identificación del calor con una exterioridad meteorológica, marcada por una catástrofe futura casi inimaginable; y, segundo, la centralidad de la respuesta experta ante el problema. Ambas soslayan algunas cuestiones y preguntas fundamentales que creemos debieran informar una política de previsión e intervención del calor urbano en el presente.
Sin descuidar el carácter crucial de la anticipación y la prevención ante proyecciones que anuncian horizontes cada vez más inhóspitos para la habitabilidad, ¿por qué privilegiar un futuro catastrófico como horizonte de la acción política, en lugar de atender a las urgencias y las posibilidades que ya se abren en el presente? La frivolidad y el sensacionalismo con que algunos medios han acogido la propuesta, parecen olvidar los efectos de las sucesivas olas de calor que han afectado a Europa desde el pasado mes de junio. Estas han vuelto a poner de manifiesto las imágenes ya habituales de cuerpos aplastados por el calor, exhaustos y sudorosos, buscando un alivio incierto en hábitats urbanos convertidos en zonas de sacrificio térmico: ya sea bañándose en fuentes municipales, abarrotando las terrazas, plazas y parques o haciendo lo que pueden para refrigerar espacios domésticos mal aislados.
Junto a ellas, también han aparecido muestras de cómo el calor extremo desborda la capacidad de las infraestructuras modernas para sostener la vida cotidiana a partir de un determinado rango de temperaturas hasta ahora poco conocido: las vías del tranvía de Leipzig deformadas por la licuefacción del material sellante entre los raíles y el asfalto, carreteras cortadas en Alemania por el deterioro del firme, escuelas cerradas en Francia ante las temperaturas extremas o la cancelación por parte de la SNCF de algunos de los trenes regionales que conectan París con el sur del país.
En paralelo, una suerte de hype mediático ha situado a España en el centro del debate europeo por su supuesto buen hacer en las políticas de adaptación al calor, a pesar de unos números apabullantes de padecimientos y fallecimientos ante las mismas condiciones térmicas. En este contexto de nacionalismo climático banal, junto al renovado elogio de tecnologías populares de adaptación al calor (la persiana, la siesta, el abanico o el botijo), ha vuelto a cobrar fuerza la red de refugios climáticos impulsada desde 2019 por el Ayuntamiento de Barcelona. Concebida como un sistema de equipamientos y espacios públicos de confort térmico distribuidos por toda la ciudad, esta iniciativa (de implementación y resultados desiguales) ha causado interés en otras ciudades y países. Esperemos que nuestros colegas europeos no se inspiren en sus horarios de cierre: en pleno verano y durante la noche, cuando el aire estancado en el interior de muchas viviendas con mala inercia térmica las vuelve inhabitables. Considerando todo esto, más que simular en una escape room una ola de calor monstruosa del futuro, deberíamos estar imaginando y discutiendo colectivamente cómo responder a las actuales a fin de evitar lo peor.
Más allá de las estrategias cotidianas para soportar las altas temperaturas o de las magras políticas públicas desplegadas para responder a los episodios de calor extremo, parece claro que lo que hoy experimentamos ya no puede entenderse simplemente como «el calor de toda la vida». Lo que durante mucho tiempo pudo vivirse como una contingencia térmica estacional (la canícula, nombre romano para referirse a los «días de perros» en que la estrella Sirius, de la constelación Can Mayor, aparecía en el firmamento), se experimenta hoy como el resultado previsible de un modo de existencia particular: la manifestación de la mutación climática inseparable de la modernidad industrial y nuestro consumo ilimitado de energías fósiles. Los historiadores ambientales Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz han acuñado el término Termoceno (una variación del Antropoceno) para referirse a una época geohistórica marcada por los efectos de los gases de efecto invernadero que impiden que parte de la radiación infrarroja liberada por la Tierra se disipe hacia el espacio, intensificando la retención de calor en la troposfera.
Antes que como algo «ahí afuera», en las actuales olas de calor resuena el logro macabro de una forma de habitar moderna (infraestructural, carbonífera y extractivista) que, al tiempo que sostiene nuestra prosperidad y nuestras formas de vida urbana, libra una guerra soterrada contra las condiciones mismas de habitabilidad del planeta. Como señalaban los filósofos Jeanne Etelain y Patrice Maniglier en un artículo reciente publicado enLe Monde a propósito de la canícula que afectó a Francia, ya no se trata simplemente de un aire más caliente, sino de «otro aire». Un aire desastroso, atravesado por el entramado infraestructural moderno del que dependemos para movernos, producir, consumir y habitar con algún confort en nuestros entornos urbanos actuales.
Considerando que los episodios recientes de calor extremo arrojan números devastadores y todo tipo de afectaciones en cuerpos e infraestructuras, ¿no hay nada que podamos hacer más allá de organizar simulacros que anticipan lo peor? Porque, ¿qué clase de vida urbana sería la de una ola de calor monstruosa que alcanzara los 50 grados? Sin duda, una no muy deseable, a menos que aspiremos a correr maratones en sarcófagos climatizados, como en Dubái o Abu Dhabi.
Si el calor extremo puede entenderse como una consecuencia previsible de nuestros modos de vida modernos, frente al énfasis experto del simulacro, quisiéramos preguntarnos, ¿qué papel pudiera tener en todo esto la ciudadanía y su capacidad de inventiva? ¿Cómo sostener su anhelo de protección conectándolo, además, con los deseos de otra vida posible? Tras tantos años de innovación democrática, ¿por qué insistimos en que sólo pueden hacerse cargo de la política climática las administraciones y los técnicos, en lugar de liberar la potencia colectiva del hacer y la capacidad de protegerse del Cualquiera para permitir una soberanía climática popular en contextos de emergencia e incertidumbre radical?
Como ponen de manifiesto algunas de las experiencias que hemos documentado en nuestros trabajos recientes, no resulta difícil imaginar otras formas de acción: la habilitación de usos seguros de parques, ríos y playas (siguiendo el rastro de algunas prácticas ensayadas informalmente por la ciudadanía); la instalación de toldos, umbráculos y otras formas autoconstruidas de climatización; la apertura nocturna de refugios climáticos acompañada por actividades de mediación cultural durante los episodios de calor extremo; por no hablar de la reorganización del orden laboral y de la movilidad durante las olas de calor más severas. Mientras que ya existen algunas iniciativas para hacer más vivibles nuestros entornos durante el día, la adaptación térmica nocturna necesita comenzar a articularse. Aunque, más que un déficit de soluciones, lo que parece persistir es una limitación del imaginario político: acerca de quiénes pueden actuar, cómo pueden hacerlo y bajo qué formas de organización colectiva.
Dicho esto, ¿por qué nuestras políticas climáticas insisten una y otra vez en justificarse desde alertas paralizantes, enfatizando las catástrofes por venir para, en el mejor de los casos, demostrar el poder operativo y tranquilizador de la respuesta experta? ¿Por qué esa respuesta técnica tiende a escenificarse de forma espectacular, en lugar de traducirse en una mejora sostenida de nuestro deficiente parque de viviendas, mediante acciones como el pintado de cubiertas de blanco, el refuerzo del aislamiento térmico o subsidiando a la producción de energía renovable para una climatización efectiva? ¿Por qué simular siempre lo peor con pocos medios, en lugar de poner nuestros mayores recursos, el empeño y la urgencia en abrir imaginarios cuidadosos y plurales de cómo evitarlo, aquí y ahora, para que el contador nunca llegue a marcar 50 grados?
Todos nuestros esfuerzos deberían ir orientados a hacer posibles y deseables las enormes transformaciones colectivas que pudieran permitirnos evitar a toda costa la situación que se quiere simular en Barcelona. Por ejemplo, coordinando democráticamente la despavimentación o el desmantelamiento infraestructural que pudieran permitir reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, descompactar suelos, cambiar materiales o ampliar las iniciativas de renaturalización de la ciudad que permitan un mayor confort térmico.
Volviendo sobre el simulacro, en caso de apostar por este tipo de iniciativa, ¿por qué no simular una respuesta comunitaria, gozosa y vibrante, de amplio espectro y larga duración, en lugar de puramente técnica y de emergencia? Puestos a imaginar: ¿por qué no estimular la creatividad de todo tipo de respuestas, desde diferentes simbolismos y perspectivas, desde el deseo de una vida urbana posible, reduciendo nuestra dependencia de las infraestructuras de la cultura fósil que calientan nuestro planeta, además de nuestros cuerpos y entornos? Si el desafío climático es también un asunto de imaginación colectiva, ¿por qué no dedicar nuestros mayores esfuerzos y recursos a experimentar democráticamente con formas deseables de buena vida en entornos más habitables, en lugar de limitarnos a ensayar nuestra supervivencia militarizada en hábitats cada vez más cálidos e inhóspitos?
Gracias a Noelia Ramírez y Begoña Gómez por el buen rato departiendo sobre la importancia de las sombras y nuestro ficticio Departamento de Umbrología en Amiga date cuenta de Radio Primavera Sound, parte de un programa fascinante sobre las Estéticas del calor, llenas de referencias interesantes (como el texto Sudor de Mariela Sancari, que me llevé apuntado para mis lecturas veraniegas).
Achicharradas, sofocadas, torrefactas encaramos el penúltimo ADC de la temporada. Por si no lo habíais notado, el calor ya no es calor, es el síntoma de que hemos entrado en el Termoceno, como nos explica el listísimo Tomás Criado. Hablamos de noches tórridas, de casas de verano, de películas sudorosas, y declaramos (perdón) inaugurado el Dead Girl Summer: el verano de la muerta en vida.
Aquí os dejo el programa en vídeo (me tenéis hablando desde el minuto 1:11:56 y el 1:39:00)
Por la intermediación de los comisarios web de La Casa de la Arquitectura––Bartlebooth (Antonio Giráldez López y Pablo Ibáñez Ferrera) y Diego Morera Sánchez, a quienes agradecemos su atención y amabilidad––hace unos meses tuvimos el enorme privilegio de poder presentar nuestro trabajo en el Departamento de Umbrología en una conversación que acaba de ver la luz.
En la misma participamos: Tomás Criado (CareNet, UOC), Marc Sureda (Arquitectura de Contacte) y Antonio R. Montesinos (Laboratorio de Pensamiento Lúdico).
En ella presentamos el Departamento de Umbrología, una institución ficticia de estudio e intervención sobre la vida urbana de las sombras, cuyo principal objetivo es revitalizar los saberes y prácticas de las sombras para la habitabilidad de las ciudades en contextos de crisis climática.
Trabajando «en las sombras, sobre la sombra», el Departamento de Umbrología es un proyecto transdisciplinar financiado por la Fundación Daniel y Nina Carasso que articula a cuatro socios de la ciudad de Barcelona en la encrucijada de las humanidades, la arquitectura, las artes y las ciencias ambientales: los grupos CareNet y DARTS de la UOC, el colectivo Arquitectura de Contacte, las ambientólogas y divulgadoras científicas de Nusos Coop y los artistas especulativos del Laboratorio de Pensamiento Lúdico.
Us convidem a la presentació del Departament d’Umbrologia, que tindrà lloc el proper 26 gener 2026 a les 10h, a la Sala d’actes de Fabra i Coats: Fàbrica de Creació (C. Sant Adrià 20, Barcelona)
Volem prototipar el Departament d’Umbrologia com una institució especulativa per a l’estudi i la intervenció de la vida urbana de les ombres a partir d’una sèrie de tallers de co-creació, col·laboratius i oberts (en el primer any), que desembocaran en un Festival de les Ombres al 2027.
El projecte busca revitalitzar sabers intergeneracionals, interculturals i interespècie, així com estètiques de l’ombra per afrontar comunitàriament les transformacions urbanes que el canvi climàtic suposa. Amb les nostres activitats volem reclamar la sobirania popular de les ombres i la protecció que aquestes ofereixen.
Podeu registrar-vos i incloure les vostres preferències alimentàries en el següent formulari: https://forms.gle/TWbKjEV7RsMcsTN18 (abans del 21 de gener)
Agrairem la vostra ajuda enviant aquesta invitació a totes les persones potencialment interessades
Os invitanos a la presentación del Departamento de Umbrología, que tendrá lugar el próximo 26 de enero de 2026 a las 10 en el Salón de actos de Fabra i Coats: Fàbrica de Creació (C. Sant Adrià 20, Barcelona)
Queremos prototipar el Departamento de Umbrología como una institución especulativa para el estudio y la intervención de la vida urbana de las sombras, a partir de una serie de talleres de co-creación, colaborativos y abiertos (en el primer año), que desembocarán en un Festival de las Sombras en 2027.
El proyecto busca revitalizar saberes intergeneracionales, interculturales e interespecie, así como estéticas de la sombra para afrontar comunitariamente las transformaciones urbanas que el cambio climático supone. Con nuestras actividades queremos reclamar la soberanía popular de las sombras y la protección que éstas ofrecen.
Podéis registraros e incluir vuestras preferencias alimentarias en el siguiente formulario:https://forms.gle/TWbKjEV7RsMcsTN18 (antes del 21 de enero)
Agradeceríamos vuestra ayuda enviando esta invitación a cualquier persona potencialmente interesada.
For the last couple of years Marina Peterson and Gretchen Bakke have been putting together Errant Elements, a beautiful project to create a chapbook series organized around the Periodic Table of the Elements.
In their words:
Dmitri Mendeleev left gaps in his model of the periodic table for the not-yet-known — elements that the prior century sought to standardize and classify by atomic weight and chemical properties — to allow history to fill in, but not to leave open to speculation, or to leave alone. What can be made from what is that isn’t yet? How might the elements be constitutive of something different? What is missing or lacking? How can those absences be incorporated or invented into the base materials? What needs to change from what we have to make what we don’t have?
The form – 118 folded chapbooks designed to be combined in various ways – supports a collective exploration of the combinatory affordances and stories of the elements. The format is a trifold brochure that folds into a 5×5” square. This allows readers to connect pieces in different ways, constructing official or imagined elements and reading across diverse entries in ways that open new imaginaries.
Thanks to their gracious invitation, I took the chance to propose a submission on the element Pa (Protractinium) or, rather, in my attempt: “Pavements” – but also “Panot”, something of a particular obsession of mine since I started doing fieldwork on urban accessibility.
My errant element starts like this:
Poor pavements, nobody seems to be thinking of them. Unless they are broken, that is. This invisibility is telling
…
You could check it out below. But, FYI, the whole set of chapbooks will be for sale. Contact the editors for more info!
How to quote: Criado, T.S. (2025.) Pa – “Pavement” but also “Panot”. In M. Peterson & G. Bakke (Eds.) Errant Elements, issue 2: 91. | PDF
Quisiera agradecer a Noelia Ramírez de El País por su buen hacer, el interés en el proyecto del Departamento de Umbrología y por una conversación muy agradable, en la que uno a veces echa a volar demasiado la imaginación
PD. Gracias también por eliminar en la versión online el lapsus sobre los pinos “ignífugos”, cuando son todo lo contrario: “combustibles” o “pirófilos” (en fin, el que tiene boca se equivoca).
Dice el antropólogo e investigador Tomás Criado (Madrid, 44 años) que una ciudad acogedora es aquella en la que no haya que asimilarse. “La asimilación siempre es un proyecto violento”, advierte el coordinador del Departamento de Umbrología de Barcelona, una institución especulativa para el estudio y la intervención de la vida urbana de las sombras que, durante dos años, realizará una serie de talleres colaborativos y finalizará con un Festival de las Sombras en 2027.
Hijo de una lingüista y un arquitecto, integrante del colectivo por la diversidad funcional En torno a la silla que formó parte del 15M en Sol, Criado ve en la sombra no solo una respuesta filosófica a cómo todo lo escondido ahora puede curarnos, sino a una aliada útil en un mundo asfixiado de calor.
P. ¿Por qué esa obsesión suya por las sombras?
R. Llevo mucho tiempo interesado en hacer converger dos temas que me preocupan: una ciudad acogedora con los cuerpos diversos y la catástrofe ambiental. Está más ligado de lo que parece. La sombra era el lugar de lo raro, de lo extraño, de lo underground y ahora hemos entendido que esa sombra es la que nos puede salvar.
P. ¿Cómo?
R. De forma mundana y sencilla, lo más fácil es agarrar una superficie y crear una sombra. Eso ya alivia. Pero las sombras no solo nos llevan a hacernos cargo de nuestras oscuridades, de todo lo que la modernidad ha dejado en el rincón de no pensar y que ahora nos vuelve. También nos obliga a repensar una arquitectura que despreciamos. En un entorno mediterráneo con cambios estacionales quisimos copiar al norte de Europa cuando las arquitecturas de la sombra del Medio Oriente, donde el calor es persistente, nos ofrecen muchas más soluciones.
P. Especialmente ahora, que el cambio climático ya no se puede esconder.
R. Vivimos bajo un zumbido de calor constante. Lo climático está impidiendo que tú duermas, que puedas vivir o no y está haciendo que ciertos cuerpos se vean más expuestos que otros. Las viviendas, en las ciudades, no están preparadas para las noches de calor extremo porque no tienen buen aislamiento. Los refugios climáticos son solución intermedia a nivel público, pero el problema principal es que el aire acondicionado se ha planteado como una responsabilización individual. Sobrevivir al calor es una injusticia climática que se reduce a si puedes pagarte el aire o no.
P. ¿Por qué en las ciudades incide esa injusticia?
R. Por su infraestructuración. A finales de siglo XX, las infraestructuras llegaron al extrarradio para acabar con el barraquismo y la red de transporte público consiguió conectar esos puntos. Nuestra socialdemocracia pasó por la infraestructura para generar ciudades con derechos y eso ha sido maravilloso. Barcelona es una de las ciudades que más ha tenido esa obsesión en su proyecto urbanístico: convertirse en una ciudad caminable para todos.
P. ¿Qué problema hay?
R. Nos hemos olvidado de cómo estaba hecha la ciudad. Ahora es una ciudad brutalmente infraestructural que ha fabricado una geología hacia abajo, con sedimentos y sedimentos de hormigón armado. Ese sistema no admite mucha alteridad.
P. ¿En qué sentido?
R. Yo no estoy en contra del poder de los técnicos porque son necesarios, pero deberíamos abrir una conversación sincera para revisar cómo uno de los problemas del urbanismo es que todo está regulado y es muy difícil transformar el espacio. Ahora mismo, sin un permiso, tú no puedes plantar una sombrilla en la calle como la plantas en la playa.
P. ¿Por eso dice que las urbes ahora son jaulas de oro?
R. Nuestro delirio de control del mundo se ha convertido en nuestra mayor trampa mortal. Las ciudades infraestructuradas tienen todos los problemas climáticos, como la inundabilidad o las islas de calor. La dana es un ejemplo muy claro. Llevamos cuatro o cinco años de récords de calor planetario. Europa va a ser el lugar más afectado por el calentamiento y Barcelona será la ciudad más afectada por las olas de calor y el efecto isla de calor.
P. ¿Plantar árboles lo solucionaría?
R. No, las ciudades no se salvarán solo plantando árboles, el debate sobre la producción de energía requiere un Ministerio del Calor y una economía de acción directa como en la posguerra. Los árboles no son la única solución por dos razones: porque la ciudad tal y como la tenemos construida no lo permite y porque nadie está pensando en el riego necesario de esos árboles. A veces nos imaginamos un país que no somos. Todo el debate público está obsesionado con plantar árboles. Pero, ¿qué árbol plantamos? ¿Quién va a regar esos árboles?
P. ¿Qué hacemos entonces?
R. Si queremos pensar en un derecho urbano a las sombras, deberíamos dotarnos de una infraestructura conceptual para pensar en una ciudad estacional. Las ciudades están hechas para todos los meses del año pero, ¿y si pensamos que los semáforos cambiaran su duración respecto al verano o al invierno? Es un gesto sencillo, pero ahí tienes una ciudad que se adapta a los tiempos y a sus ritmos. Podríamos empezar por ahí.
En el proyecto CIUDEN participamos de la Setmana de l’Antropologia 2025 organizada por el Institut Català d’Antropologia (ICA) con una activación del juego de mesa «Ciudades que envejecen», una dinámica de juego especulativo creada específicamente para este proyecto como metodología etnográfica. El dispositivo se jugó por primera vez en junio de 2025 durante unos talleres con agentes que intervienen directamente en las transformaciones urbanas vinculadas al envejecimiento. En esta ocasión, llevamos el juego a un entorno disciplinar abierto al público como propuesta de herramienta metodológica especulativa para la investigación antropológica.
Este taller es una invitación a imaginar posibles futuros del envejecimiento en las ciudades litorales mediterráneas a través de un juego de mesa. A partir de esta propuesta buscamos fomentar el diálogo transdisciplinar e intersectorial para pensar horizontes posibles de los retos urbanos demográficos, ambientales, de vivienda, de movilidad y de equipaciones y servicios.
El equipo del proyecto CIUDEN participamos en el ciclo HABITARES II, organizado por el Equipo de Investigación Sociedades en Movimiento en el marco del Maestrado en Políticas Sociais e Intervención Sociocomunitaria de la Universidade da Coruña con la sesión «Cidades que envellecen: reensamblar os futuros urbanos das persoas maiores».