Gracias a Celia Fernández por el trabajo en esta pieza sobre el Departamento de Umbrología que aparece hoy en Ballena Blanca / eldiario.es
Así trabaja un equipo de investigadores para convertir la sombra en un derecho
El Departamento de Umbrología de Barcelona investiga y ensaya nuevas formas de diseñar y gobernar la sombra, mientras defiende el acceso a espacios sombreados como una cuestión de justicia urbana, no solo de confort
Evento de Sombras Sensibles celebrado el 11 de julio de 2026, en Cardedeu, donde Arquitectura de Contacte montó prototipos de sombra en una plaza céntrica insolada del municipio. Departamento de Umbrología de Barcelona.
Celia Fernández, 21 de agosto de 202621:48 h – Actualizado el 22/08/2026 05:30 h
Caminar por la calle en verano se ha convertido en un juego de estrategia. Uno se desplaza pegado a las fachadas, espera unos metros más allá del paso de cebra, bajo un árbol, a que el semáforo se ponga en verde y, tarde o temprano, se ve obligado a cruzar una avenida expuesta a un sol sin tregua. Esto es así por el diseño actual de las ciudades. Pero podría ser de otra manera: la sombra podría ser un derecho.
Es lo que plantea el Departamento de Umbrología, con sede en Barcelona, un equipo interdisciplinar de investigadores que estudia la sombra desde el punto de vista de la antropología, la arquitectura, las ciencias ambientales, las artes, y propone intervenciones y políticas para desarrollar la vida a la sombra.
El Departamento –solo existen un par de iniciativas similares en el mundo–, parte de una premisa: nuestras ciudades son herederas del urbanismo solar del siglo XIX, que abrió calles y plazas al sol y redujo la presencia de las sombras. En el contexto de la emergencia climática, ese diseño es una trampa que dificulta habitar el espacio público durante los meses más cálidos.
La sombra es, en cambio, un refugio, que al contrario de muchas soluciones tecnológicas, “es fácil de construir, mundano, cotidiano, y tiene algo muy importante para la acción climática: su espíritu colectivo”, señala Tomás Criado, coordinador de este proyecto financiado por la Fundación Daniel y Nina Carasso, y compuesto por cuatro socios barceloneses: los grupos CareNet y DARTS de la Universitat Oberta de Catalunya, el colectivo Arquitectura de Contacte, las ambientólogas y divulgadoras científicas de Nusos Coop y los artistas del Laboratorio de Pensamiento Lúdico.
La historia del Departamento comienza en 2024, cuando Arquitectura de Contacte instala A l’ombra del Trencadís frente a una escuela de la Rambla del Badal. La idea era poner el foco no solo en la sombra, “sino en lo que pasa dentro de ella”, explica Marc Sureda, uno de los arquitectos. Lo que comenzó como un refugio climático sobre un espacio de hormigón acabó convirtiéndose en un lugar de encuentro, juego y descanso para todas las edades.
Fue allí donde los antropólogos Tomás Criado y Santiago Orrego organizaron meses después una exploración ciudadana de los usos y formas de socialización de la sombra, como parte del taller La ciudad de las sombras, que acabaría dando origen al actual Departamento.
Empujar a los municipios
Esta entidad “ficticia” –no es, en realidad, una administración– ha creado una ordenanza, también ficticia, por el derecho a la sombra. Plantea que el acceso a espacios sombreados es una cuestión de justicia urbana y no solo de confort. El documento ofrece propuestas –que van desde los derechos laborales hasta limitar la ocupación privada del espacio público durante episodios de calor extremo– para que los municipios puedan testearlas, y para presionar a las administraciones públicas para que se hagan responsables.
“Tal vez algún municipio se atreva, y si tenemos la ordenanza y una serie de evidencias, tendremos unos hechos probados que nos servirán de material para poder empujar a más entidades públicas a tener que implementarlas”, explica Sureda.
Taller ‘La ciudad de las sombras’ como parte de las Semanas de la Arquitectura de Barcelona celebradas en junio de 2024. Departamento de Umbrología de Barcelona.
Un proyecto inspirado en esta ordenanza es el desarrollado junto al Instituto de Salud Global en el campo frutal de Lleida, donde muchos trabajadores agrícolas, en su mayoría migrantes, trabajan en condiciones precarias y sin espacios adecuados para protegerse del sol. A partir del derecho laboral a la sombra, el Departamento ha diseñado prototipos móviles de refugio climático: uno para quienes recolectan fruta con maquinaria, equipado con agua fría, ventiladores, botiquines y ropa de protección, y otro para quienes trabajan a pie, con una sombra plegable incorporada a las escaleras a las que suben para recoger la fruta.
La ordenanza se nutre de investigaciones académicas, normativas urbanísticas, cartografías populares de las sombras –han creado un catálogo para darles identidad y poder pensarlas– y está anclada en lo que el Departamento ha denominado como “disputaciones a la sombra”, parlamentos en los que invitan a la ciudadanía a compartir sus “agravios umbralógicos”.
Durante el primero de estos encuentros, distintas entidades de Cardedeu (provincia de Barcelona, Vallès Oriental) se reunieron bajo una umbría construida a partir de unos andamios. Allí, los participantes volcaron sus preocupaciones climáticas: desde una persona mayor que en verano tiene que ir a comprar el pan a las doce del mediodía y recorre un camino insolado, hasta una asociación artística que actúa al aire libre y cuyo público se ve afectado por el calor.
Prototipos efímeros
Además de alimentar la ordenanza, estos debates bajo prototipos arquitectónicos efímeros pretenden servir como un modelo. La idea es crear un manual que permita a las organizaciones sociales –por ejemplo, una organización feminista que quiere reunirse para preparar su año lectivo– encontrarse y dialogar bajo unas condiciones de habitabilidad a la sombra. “En el urbanismo solar, no hay espacios públicos preparados para que las comunidades se autoorganicen”, explica Sureda: “Nosotros nos centramos mucho en el derecho a la sombra, pero las disputaciones son para disputar derechos sociales mucho más amplios”.
El Departamento busca instalar prototipos efímeros, sobre todo en aquellos lugares donde la vegetación no puede plantarse de manera rápida y eficiente. “Evidentemente, la sombra que más se aprecia es la vegetal”, dice Sureda, “pero nos interesa la sombra en esos espacios donde existen todas estas capas del subsuelo, el acabado de hormigón, la capa de cemento, un subsuelo lleno de cables y tubos, etcétera, que hacen improbable que puedan crecer árboles”.
Una de las perspectivas más innovadoras del Departamento es entender que la sombra no es únicamente una cuestión de grados. Aunque la entidad se viste de un aspecto formal o administrativo –utilizando conceptos como ordenanza o departamento–, Sureda y Criado insisten en que se trata, sobre todo, de especular, de imaginar cómo serían esas instituciones necesarias para la gestión democrática y comunitaria de la catástrofe climática. Para ello, señala Criado, es también necesario crear –o, más bien, recuperar– rituales y significados que nos vinculen emocionalmente con la sombra. “Hasta ahora, en Occidente, la sombra se ha atendido desde un punto de vista muy racional y técnico. No se ha atendido esa parte más comunitaria, que la sombra no solo permite, sino que favorece”, explica Sureda.
Al final, el Departamento de Umbrología no pretende únicamente que haya más sombras, sino que aprendamos a mirar la ciudad de otra manera. Pensar esa “ciudad de las sombras” es, en el fondo, una forma de empezar a imaginar otros saberes y modos de vivir.
El higienismo es la máxima que ha guiado las urbes modernas, poniendo la apertura al sol en el centro de su diseño. Pero las olas de calor extremo obligan a pensar sobre el derecho a la sombra.
¿Han intentado ir al parque con niños una mañana de verano? Habrán comprobado una realidad aterradora. Durante nuestro paseo nos topamos con calles abrasadas por el sol y pavimentos recalentados, o parques infantiles convertidos en parrillas de caucho y metal por el calor.
Desde el siglo XIX, el higienismo fue el concepto que guió el urbanismo moderno. Esta visión derribó barrios medievales de calles estrechas y sinuosas. El objetivo era abrir las ciudades al sol y al aire libre.
Hoy, ciudades como Barcelona o Sevilla ensayan planes para adaptarse. Las sombras, menospreciadas por este “urbanismo solar”, reciben ahora una atención renovada. Los umbráculos, toldos y parasoles están de vuelta para hacer las calles más habitables.
Cómo el calor amplifica las desigualdades
El antropólogo y filósofo Bruno Latour hablaba de “mutación climática” para describir aquello que el debate científico llama el Antropoceno. Esto es, la era de la afectación planetaria de los seres humanos a causa de una forma de vida moderna dependiente de las energías fósiles. Él contraponía ese término a la idea de crisis.
Así lo demuestra el Índice de Vulnerabilidad al Cambio Climático. Este instrumento del Área Metropolitana de Barcelona, creado en 2021, analiza el impacto de las altas temperaturas. Nos enseña cómo la calidad de la vivienda y la pobreza energética son factores decisivos.
Por eso, recuperar la calle en estos contextos es fundamental. Al mismo tiempo, los espacios públicos someten a los viandantes a irradiaciones solares brutales. Las personas que trabajan al aire libre lo sufren de manera muy intensa.
El acceso a la sombra se ha convertido, por tanto, en una necesidad urbana innegociable para proteger los cuerpos más vulnerables. Es decir, todas aquellas vidas que el urbanismo moderno y su irradiación total han marginado.
Soluciones low tech: oda a la sombra
Las diferencias de temperatura entre un lugar sombreado y uno soleado son abismales. Sin embargo, cabe señalar que no todas las sombras son iguales: la evapotranspiración y el follaje de los árboles ofrecen un confort térmico muy superior.
Las ciudades sufren sequías recurrentes y limitaciones de espacio en el subsuelo. Por tanto, no podemos depender exclusivamente de la vegetación; nos hace falta desplegar una serie de medidas alternativas.
¿Es posible que estemos olvidando el carácter mundano de hacer sombra? ¿Que se puede crear sombra con muy pocos recursos? Entonces, ¿por qué no utilizar soluciones low tech o autoconstruidas?
Eso nos permitiría volver a soluciones arquitectónicas ancestrales como la medina mediterránea. Aquellos callejones estrechos eran una gran oda a la sombra.
También podríamos revitalizar los umbráculos clásicos y la protección popular.
Sin embargo, la implementación de tales medidas es muy compleja dentro de los códigos urbanísticos actuales. Estas regulaciones fueron concebidas para un escenario climático ya obsoleto. Por ejemplo, muchas ordenanzas continúan exigiendo el uso de pavimentos impermeables y de estructuras de aluminio en vez de madera. En este contexto, ¿cómo podríamos articular un derecho a la sombra real?
¿Un derecho a la sombra?
Los historiadores Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz hablan de los problemas a los que nos aboca una gobernanza altamente institucionalizada para responder a la crisis ecológica. A menudo, grupos de expertos monopolizan las decisiones, y eso ralentiza y limita las posibilidades de acción.
Estos expertos determinan qué soluciones son viables y quién merece protección. Al mismo tiempo, relegan a la ciudadanía a un papel puramente pasivo y expectante. Para contrarrestar esta dinámica, en la Universitat Oberta de Catalunya estamos desplegando un proyecto de investigación-acción, el Departamento de Umbrología.
Conversación a la sombra. Cardedeu, Barcelona, 11 de julio. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL
El objetivo del trabajo es repoblar la imaginación urbana colectiva con procesos abiertos y de diálogo. Con estructuras para sombrear temporalmente ciertos lugares soleados, queremos crear conversaciones urbanas reales. El objetivo no es solucionar técnicamente la insolación, sino abrir un debate ciudadano para expresar los problemas concretos que el urbanismo solar causa a una gran diversidad de gente.
Queremos articular una conversación pública abierta sobre el impacto cotidiano de vivir en estos sarcófagos infraestructurales y debatir un borrador de Ordenanza por el Derecho Urbano a la Sombra.
Inspirados por ficciones legales como el Parlamento del Loira, este texto legal especulativo entiende la sombra como un bien comunal de todas las personas y seres vivos expulsados y expuestos por el orden solar del urbanismo moderno, como las personas que trabajan al aire libre. La ordenanza reivindica la habitabilidad de toda la comunidad biótica urbana y denuncia la expulsión a la que nos arroja el urbanismo solar.
El auténtico potencial de esta dinámica participativa es una apuesta por democratizar la gestión y la intervención de la redirección ecológica que requiere el calor urbano. Necesitamos desmantelar palmo a palmo los sarcófagos infraestructurales en los que vivimos para convertirlos en espacios de refugio.
Para hacer habitables las ciudades de hoy, hay que desplazar el urbanismo solar desplegando formas de autoprotección para una soberanía climática popular.
«Les urbs modernes han estat guiades per l’higienisme, posant l’obertura al sol de les ciutats al centre de l’urbanisme i l’enginyeria. Però les onades de calor extrema obliguen a reflexionar sobre el dret a l’ombra.»
Heu intentat anar al parc amb criatures un matí d’estiu? Haureu comprovat una realitat esfereïdora. En el nostre passeig trobem carrers insolats amb paviments escalfats, o parcs infantils que són graelles de cautxú i metall sota un sol abrusador.
Avui, ciutats com Barcelona o Sevilla assagen plans per adaptar-se. Les ombres, menyspreades per aquest “urbanisme solar”, reben ara una atenció renovada. Els umbracles, tendals i para-sols tornen per fer els carrers més habitables.
Com la calor amplifica les desigualtats
L’antropòleg i filòsof Bruno Latour parlava de “mutació climàtica” per descriure allò que el debat científic anomena l’Antropocè. Aquesta és l’era de l’afectació planetària dels éssers humans a causa d’una forma de vida moderna dependent d’energies fòssils. Ell contraposava aquest terme a la idea de crisi.
Així ho demostra l’Índex de Vulnerabilitat al Canvi Climàtic (IVAC). Aquest instrument de l’Àrea Metropolitana de Barcelona, creat al 2021, analitza l’impacte de les altes temperatures. Ens ensenya com la qualitat de l’habitatge i la pobresa energètica són factors decisius.
Aquestes són variables sociodemogràfiques que determinen qui pateix més la calor. Hem de repensar l’urbanisme posant la vulnerabilitat al centre. Les onades de calor condemnen moltes persones a un “aïllament fatal” dins de casa.
Per això, recuperar el carrer en aquests contextos és fonamental. Alhora, els espais públics sotmeten els vianants a insolacions brutals. Les persones que treballen a l’aire lliure ho pateixen d’una manera molt intensa.
L’accés a l’ombra ha esdevingut, doncs, una necessitat urbana innegociable per protegir els cossos més vulnerables. És a dir, totes aquelles vides que l’urbanisme modern i la seva irradiació total han marginat.
Solucions ‘low tech’: l’oda a l’ombra
Les diferències de temperatura entre un indret ombrejat i un d’assolellat són abismals. Cal assenyalar, però, que no totes les ombres són iguals. L’evapotranspiració i el fullatge dels arbres ofereixen un confort tèrmic molt superior.
Les ciutats pateixen sequeres recurrents i limitacions d’espai al subsol. Per tant, no podem dependre exclusivament de la vegetació. Ens cal desplegar tota una sèrie de mesures alternatives.
Però, potser, estem oblidant el caràcter mundà de fer ombra? Aquest procés va revelar com es pot crear ombra amb molt pocs recursos. Llavors, per què no fer servir solucions low tech o autoconstruïdes?
Això ens permetria retornar a solucions arquitectòniques ancestrals com la medina mediterrània. Aquells carrers estrets eren una gran oda a l’ombra.
També podem revitalitzar els umbracles clàssics i la protecció popular.
Tanmateix, la implementació d’aquestes mesures és molt complexa dins dels codis urbanístics actuals. Aquests codis, però, van ser concebuts per a un escenari climàtic ja obsolet. Per exemple, moltes ordenances continuen exigint l’ús de paviments impermeables i d’estructures d’alumini en lloc de fusta. En aquest context, com podríem articular un veritable dret a l’ombra?
Un dret a l’ombra?
Els historiadors Christophe Bonneuil i Jean-Baptiste Fressoz parlen dels problemes als quals ens aboca una governança altament institucionalitzada per respondre a la crisi ecològica. Sovint, grups d’experts monopolitzen les decisions i això ralentitza i limita les possibilitats d’acció.
Aquests experts determinen quines solucions són viables i qui mereix protecció. Alhora, releguen la ciutadania a un paper purament passiu i expectant. Per contrarestar aquesta dinàmica, a la UOC estem desplegant un projecte d’investigació-acció.
Disputació a l’ombra, Cardedeu, 11 de juliol. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL
L’objectiu del treball és repoblar la imaginació urbana col·lectiva amb processos oberts i de diàleg. Amb estructures per ombrejar temporalment indrets insolats, volem crear vertaders parlaments urbans. L’objectiu no és solucionar tècnicament la insolació, sinó obrir un debat ciutadà per expressar els problemes concrets que l’urbanisme solar causa a una gran diversitat de cossos.
Així volem articular una conversa pública oberta sobre l’impacte quotidià de viure en aquests sarcòfags infraestructurals i debatre un esborrany d’Ordenança pel Dret Urbà a l’Ombra (DRETUMB).
Inspirats per ficcions legals com el Parlament del Loira, aquest text legal especulatiu entén l’ombra com un bé comunal de totes les persones i éssers vius expulsats i exposats per l’ordre solar de l’urbanisme modern, com ara les persones que treballen a l’exterior. L’ordenança reivindica l’habitabilitat de tota la comunitat biòtica urbana i denuncia l’expulsió a la qual ens aboca l’urbanisme solar.
La veritable potència d’aquesta dinàmica participativa és una aposta per democratitzar la gestió i la intervenció de la redirecció ecològica que requereix la calor urbana. Necessitem desmantellar pam a pam els sarcòfags infraestructurals en què vivim per convertir-los en espais de refugi.
Per fer les ciutats d’avui habitables, cal desplaçar l’urbanisme solar desplegant formes d’autoprotecció cap a una sobirania climàtica popular.
La umbrología, la nueva ciencia que apuesta por el derecho a la sombra en las ciudades
Con los termómetros marcando cifras no vistas hasta ahora, hace falta proteger los sitios de paso para que los entornos urbanos sean más habitables
Con la que está cayendo, con medio París enganchando en las ventanas papel de aluminio como si fueran persianas y el otro medio utilizando tiza blanca (blanco de Meudon) mezclada con agua para pintar el exterior de los cristales y que la pasta refleje los rayos solares e impida que el calor penetre en las viviendas, está claro que la sombra cotiza al alza. Por suerte, el Departamento de Umbrología, un consorcio formado por varios colectivos, ha redactado una Ordenanza por el Derecho Urbano a la Sombra (Detrumb, un manifiesto todavía en curso) donde se apuesta por desplegar sombras protectoras en los espacios públicos con la premisa de que ellas también construyen ciudad, producen confort y generan nuevas maneras de habitar para muchos seres, humanos y no humanos.
Marc Sureda, socio trabajador de la cooperativa Arquitectura de Contacte, explica: “Tenemos muchas referencias de cómo no hay que hacer las cosas, lo que llamamos urbanismo solar, proyectos basados en suelos no permeables y uso de materiales que favorecen el efecto isla de calor, siempre al servicio del vehículo motorizado y la especulación inmobiliaria”.
Todo empezó con el proyecto A la Sombra del Trencadís, una intervención pionera en la Rambla de Sants en Barcelona, frente a la Escola Cavall Bernat, un espacio que era inhóspito y peligroso para la salud y que hoy se ha convertido en un lugar de encuentro donde se celebran cumpleaños, juegan los niños y la gente puede permanecer durante la tarde y la noche. El proyecto, un sistema de sombreado a partir de una estructura formada por módulos de madera de pino capaces de agregar una gran malla, una solución ligera, descarbonizada y reversible, ganó el concurso Generación de Sombra Efímera en el Espacio Público, convocado por el Ayuntamiento de Barcelona y BIT Habitat.
Tomás Criado, antropólogo del grupo CareNet e implicado en el proyecto, habla de explorar “la ciudad de las sombras”, es decir, la umbrología como ciencia de las sombras aplicada al combate del calor urbano. Raquel Estany, arquitecta de Arquitectura de Contacte, lo argumenta: “Durante demasiado tiempo la arquitectura y el urbanismo han proyectado ciudades como si pudieran emanciparse de las condiciones ecológicas que sostienen la vida, y la crisis climática revela los límites de ese paradigma en un contexto de aumento de temperaturas debido al consumo desmedido de energías fósiles”.
Raquel Estany recuerda que Marraquech o Rabat tienen cubiertos los zocos con estructuras de sombra “protegiendo no solo espacios de estancia y de relación puntual, sino también recorridos diarios”. El de Marraquech data de 1071. Por su parte, Tomás Criado reivindica los proyectos del arquitecto Francis Kéré en Burkina Faso y de la arquitecta Nzinga Mboup en Senegal.
El nombre de Departamento de Umbrología está inspirado en el relato La disciplina de las sombras, de Tim Horvath. El manifiesto nace de un proyecto transdisciplinar y dice: “Nunca fuimos solares, nuestra vida en la tierra podría ser leída como una larga historia interespecies sobre cómo los seres vivos han aprendido a protegerse de su radiación”.
Su propuesta supone un cambio de paradigma: dejar de pensar la sombra como el simple negativo de la luz y empezar a entenderla como una auténtica infraestructura de habitabilidad en un contexto de crisis climática.
Hoy en eldiario.es, Brais Estévez y yo publicamos la siguiente tribuna de opinión
Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo
Frente al calor extremo producido por nuestras formas de vida moderna, las políticas de acción climática no pueden limitarse a simular y anticipar escenarios catastróficos para gestionar técnicamente lo peor por venir. También deben cultivar una imaginación democrática capaz de prevenir esos futuros mediante el compromiso, aquí y ahora, con el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad de nuestros entornos más inmediatos
Desde el pasado 15 de julio, numerosos medios de comunicación se han hecho eco de “Barcelona a 50 ºC”, una de las nuevas iniciativas de acción climática del Ayuntamiento de Barcelona para preparar la ciudad ante episodios de calor extremo. Concretamente, se trata de un simulacro previsto para 2027 que se desarrollará en dos fases. La primera «de despacho», tendrá lugar en febrero de ese mismo año, y servirá para coordinar la respuesta de emergencia desde los distintos servicios y equipamientos municipales. La segunda, prevista para septiembre, recreará los efectos sobre las infraestructuras de una ola de calor monstruosa que condujera a la ciudad a un colapso sociosanitario, la disrupción en el acceso a suministros básicos como el agua y un apagón energético sin precedentes. En palabras del alcalde Jaume Collboni, el anuncio del simulacro supone poner en marcha «la cuenta atrás hacia el día que llegue Barcelona a 50 grados», una acción que presenta como un legado de protección y concienciación para el futuro.
La iniciativa, inspirada en un simulacro análogo celebrado en París en el año 2023, busca evaluar la preparación de la ciudad ante un escenario de estas características: revisar los protocolos de actuación, reforzar la coordinación entre servicios y mejorar la capacidad de respuesta de las infraestructuras urbanas, con especial atención a la protección de la población más vulnerable. Sin embargo, los objetivos declarados y el simbolismo inadvertidamente colapsista de la propuesta parecen abundar en los que consideramos dos problemas fundamentales de la política contemporánea de protección frente al calor extremo: primero, una identificación del calor con una exterioridad meteorológica, marcada por una catástrofe futura casi inimaginable; y, segundo, la centralidad de la respuesta experta ante el problema. Ambas soslayan algunas cuestiones y preguntas fundamentales que creemos debieran informar una política de previsión e intervención del calor urbano en el presente.
Sin descuidar el carácter crucial de la anticipación y la prevención ante proyecciones que anuncian horizontes cada vez más inhóspitos para la habitabilidad, ¿por qué privilegiar un futuro catastrófico como horizonte de la acción política, en lugar de atender a las urgencias y las posibilidades que ya se abren en el presente? La frivolidad y el sensacionalismo con que algunos medios han acogido la propuesta, parecen olvidar los efectos de las sucesivas olas de calor que han afectado a Europa desde el pasado mes de junio. Estas han vuelto a poner de manifiesto las imágenes ya habituales de cuerpos aplastados por el calor, exhaustos y sudorosos, buscando un alivio incierto en hábitats urbanos convertidos en zonas de sacrificio térmico: ya sea bañándose en fuentes municipales, abarrotando las terrazas, plazas y parques o haciendo lo que pueden para refrigerar espacios domésticos mal aislados.
Junto a ellas, también han aparecido muestras de cómo el calor extremo desborda la capacidad de las infraestructuras modernas para sostener la vida cotidiana a partir de un determinado rango de temperaturas hasta ahora poco conocido: las vías del tranvía de Leipzig deformadas por la licuefacción del material sellante entre los raíles y el asfalto, carreteras cortadas en Alemania por el deterioro del firme, escuelas cerradas en Francia ante las temperaturas extremas o la cancelación por parte de la SNCF de algunos de los trenes regionales que conectan París con el sur del país.
En paralelo, una suerte de hype mediático ha situado a España en el centro del debate europeo por su supuesto buen hacer en las políticas de adaptación al calor, a pesar de unos números apabullantes de padecimientos y fallecimientos ante las mismas condiciones térmicas. En este contexto de nacionalismo climático banal, junto al renovado elogio de tecnologías populares de adaptación al calor (la persiana, la siesta, el abanico o el botijo), ha vuelto a cobrar fuerza la red de refugios climáticos impulsada desde 2019 por el Ayuntamiento de Barcelona. Concebida como un sistema de equipamientos y espacios públicos de confort térmico distribuidos por toda la ciudad, esta iniciativa (de implementación y resultados desiguales) ha causado interés en otras ciudades y países. Esperemos que nuestros colegas europeos no se inspiren en sus horarios de cierre: en pleno verano y durante la noche, cuando el aire estancado en el interior de muchas viviendas con mala inercia térmica las vuelve inhabitables. Considerando todo esto, más que simular en una escape room una ola de calor monstruosa del futuro, deberíamos estar imaginando y discutiendo colectivamente cómo responder a las actuales a fin de evitar lo peor.
Más allá de las estrategias cotidianas para soportar las altas temperaturas o de las magras políticas públicas desplegadas para responder a los episodios de calor extremo, parece claro que lo que hoy experimentamos ya no puede entenderse simplemente como «el calor de toda la vida». Lo que durante mucho tiempo pudo vivirse como una contingencia térmica estacional (la canícula, nombre romano para referirse a los «días de perros» en que la estrella Sirius, de la constelación Can Mayor, aparecía en el firmamento), se experimenta hoy como el resultado previsible de un modo de existencia particular: la manifestación de la mutación climática inseparable de la modernidad industrial y nuestro consumo ilimitado de energías fósiles. Los historiadores ambientales Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz han acuñado el término Termoceno (una variación del Antropoceno) para referirse a una época geohistórica marcada por los efectos de los gases de efecto invernadero que impiden que parte de la radiación infrarroja liberada por la Tierra se disipe hacia el espacio, intensificando la retención de calor en la troposfera.
Antes que como algo «ahí afuera», en las actuales olas de calor resuena el logro macabro de una forma de habitar moderna (infraestructural, carbonífera y extractivista) que, al tiempo que sostiene nuestra prosperidad y nuestras formas de vida urbana, libra una guerra soterrada contra las condiciones mismas de habitabilidad del planeta. Como señalaban los filósofos Jeanne Etelain y Patrice Maniglier en un artículo reciente publicado enLe Monde a propósito de la canícula que afectó a Francia, ya no se trata simplemente de un aire más caliente, sino de «otro aire». Un aire desastroso, atravesado por el entramado infraestructural moderno del que dependemos para movernos, producir, consumir y habitar con algún confort en nuestros entornos urbanos actuales.
Considerando que los episodios recientes de calor extremo arrojan números devastadores y todo tipo de afectaciones en cuerpos e infraestructuras, ¿no hay nada que podamos hacer más allá de organizar simulacros que anticipan lo peor? Porque, ¿qué clase de vida urbana sería la de una ola de calor monstruosa que alcanzara los 50 grados? Sin duda, una no muy deseable, a menos que aspiremos a correr maratones en sarcófagos climatizados, como en Dubái o Abu Dhabi.
Si el calor extremo puede entenderse como una consecuencia previsible de nuestros modos de vida modernos, frente al énfasis experto del simulacro, quisiéramos preguntarnos, ¿qué papel pudiera tener en todo esto la ciudadanía y su capacidad de inventiva? ¿Cómo sostener su anhelo de protección conectándolo, además, con los deseos de otra vida posible? Tras tantos años de innovación democrática, ¿por qué insistimos en que sólo pueden hacerse cargo de la política climática las administraciones y los técnicos, en lugar de liberar la potencia colectiva del hacer y la capacidad de protegerse del Cualquiera para permitir una soberanía climática popular en contextos de emergencia e incertidumbre radical?
Como ponen de manifiesto algunas de las experiencias que hemos documentado en nuestros trabajos recientes, no resulta difícil imaginar otras formas de acción: la habilitación de usos seguros de parques, ríos y playas (siguiendo el rastro de algunas prácticas ensayadas informalmente por la ciudadanía); la instalación de toldos, umbráculos y otras formas autoconstruidas de climatización; la apertura nocturna de refugios climáticos acompañada por actividades de mediación cultural durante los episodios de calor extremo; por no hablar de la reorganización del orden laboral y de la movilidad durante las olas de calor más severas. Mientras que ya existen algunas iniciativas para hacer más vivibles nuestros entornos durante el día, la adaptación térmica nocturna necesita comenzar a articularse. Aunque, más que un déficit de soluciones, lo que parece persistir es una limitación del imaginario político: acerca de quiénes pueden actuar, cómo pueden hacerlo y bajo qué formas de organización colectiva.
Dicho esto, ¿por qué nuestras políticas climáticas insisten una y otra vez en justificarse desde alertas paralizantes, enfatizando las catástrofes por venir para, en el mejor de los casos, demostrar el poder operativo y tranquilizador de la respuesta experta? ¿Por qué esa respuesta técnica tiende a escenificarse de forma espectacular, en lugar de traducirse en una mejora sostenida de nuestro deficiente parque de viviendas, mediante acciones como el pintado de cubiertas de blanco, el refuerzo del aislamiento térmico o subsidiando a la producción de energía renovable para una climatización efectiva? ¿Por qué simular siempre lo peor con pocos medios, en lugar de poner nuestros mayores recursos, el empeño y la urgencia en abrir imaginarios cuidadosos y plurales de cómo evitarlo, aquí y ahora, para que el contador nunca llegue a marcar 50 grados?
Todos nuestros esfuerzos deberían ir orientados a hacer posibles y deseables las enormes transformaciones colectivas que pudieran permitirnos evitar a toda costa la situación que se quiere simular en Barcelona. Por ejemplo, coordinando democráticamente la despavimentación o el desmantelamiento infraestructural que pudieran permitir reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, descompactar suelos, cambiar materiales o ampliar las iniciativas de renaturalización de la ciudad que permitan un mayor confort térmico.
Volviendo sobre el simulacro, en caso de apostar por este tipo de iniciativa, ¿por qué no simular una respuesta comunitaria, gozosa y vibrante, de amplio espectro y larga duración, en lugar de puramente técnica y de emergencia? Puestos a imaginar: ¿por qué no estimular la creatividad de todo tipo de respuestas, desde diferentes simbolismos y perspectivas, desde el deseo de una vida urbana posible, reduciendo nuestra dependencia de las infraestructuras de la cultura fósil que calientan nuestro planeta, además de nuestros cuerpos y entornos? Si el desafío climático es también un asunto de imaginación colectiva, ¿por qué no dedicar nuestros mayores esfuerzos y recursos a experimentar democráticamente con formas deseables de buena vida en entornos más habitables, en lugar de limitarnos a ensayar nuestra supervivencia militarizada en hábitats cada vez más cálidos e inhóspitos?
Estiu rere estiu, batem rècords. Per què les nostres ciutats s’han convertit en trampes de calor? El disseny urbà actual està pensat per al passat, no per a l’emergència climàtica. Podem adaptar-nos-hi abans no sigui massa tard?
A la Universitat Oberta de Catalunya avui estrenem “Preguntes obertes: Les nostres ciutats estan preparades per la calor extrema?”
Parlo com a un dels tres experts del Centre de Recerca Interdisciplinari en Transformacions Socials i Culturals (UOC-TRÀNSIC) – l’Irra Rodríguez-Giralt, la Isabel Ruiz Mallén i jo mateix – que compartim tres projectes que es fixen en el disseny de les ciutats, els patis escolars i els seus entorns de ciment o la prevenció d’uns incendis cada cop més propers a les àrees urbanes.
Des de les ciències socials i les humanitats també es dona resposta als reptes d’avui!
Gracias a Noelia Ramírez y Begoña Gómez por el buen rato departiendo sobre la importancia de las sombras y nuestro ficticio Departamento de Umbrología en Amiga date cuenta de Radio Primavera Sound, parte de un programa fascinante sobre las Estéticas del calor, llenas de referencias interesantes (como el texto Sudor de Mariela Sancari, que me llevé apuntado para mis lecturas veraniegas).
Achicharradas, sofocadas, torrefactas encaramos el penúltimo ADC de la temporada. Por si no lo habíais notado, el calor ya no es calor, es el síntoma de que hemos entrado en el Termoceno, como nos explica el listísimo Tomás Criado. Hablamos de noches tórridas, de casas de verano, de películas sudorosas, y declaramos (perdón) inaugurado el Dead Girl Summer: el verano de la muerta en vida.
Aquí os dejo el programa en vídeo (me tenéis hablando desde el minuto 1:11:56 y el 1:39:00)
El passat divendres, 6 de febrer, em van entrevistar al magazín de ràdio Connectats (emès per Ràdio Municipal de Terrassa, Cugat.cat, Ràdio Ciutat de Badalona, Ràdio Sabadell, Ràdio Castellar i el Prat Ràdio).
Vam parlar sobre el projecte del Departament d’Umbrologia i com l’ombra és un element central en la transformació urbana per fer front als impactes del canvi climàtic.
Ayer 6 de febrero se emitió por la noche el programa Cambio Climático de Canal Sur Radio, donde tuve el lujo de poder conversar (entre el minuto 40:40 y el 50:20) con el periodista ambiental Javier Bolaños sobre el Departamento de Umbrología. ¡Gracias, Javier, por el interés y el rato tan agradable!
El pasado 6 de diciembre por la mañana tuve la ocasión de conversar en detalle sobre el Departamento de Umbrología con Almudena Cacho y Olga Barrio en el matinal de los fines de semana “Más que palabras” de Radio Euskadi, la radio pública vasca. Gracias por vuestro interés y por un rato tan agradable.
El urbanismo del futuro más inmediato tiene que planificarse desde la sombra. Arquitectura y espacios públicos deben buscar cobijo de los rayos del sol cada vez más tórridos ya no solo en los meses centrales del verano. Y no solo bastará con plantar árboles. Para profundizar en esta cuestión a menudo olvidada hablamos ya con Tomás Criado, antropólogo e investigador de la Universitat Oberta de Catalunya, que coordina el Departamento de Umbrología, un proyecto que durante dos años estudiará e imaginará una vida urbana a la sombra.