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¿Tenemos derecho a la sombra en las ciudades? | Tenim dret a l’ombra en les ciutats?

[ESP] Pequeño artículo publicado en The Conversation sobre el derecho a la sombra

¿Tenemos derecho a la sombra en las ciudades?

Publicado: 5 agosto 2026 18:32 CEST

El higienismo es la máxima que ha guiado las urbes modernas, poniendo la apertura al sol en el centro de su diseño. Pero las olas de calor extremo obligan a pensar sobre el derecho a la sombra.

¿Han intentado ir al parque con niños una mañana de verano? Habrán comprobado una realidad aterradora. Durante nuestro paseo nos topamos con calles abrasadas por el sol y pavimentos recalentados, o parques infantiles convertidos en parrillas de caucho y metal por el calor.

Esta experiencia refleja un problema conocido por urbanistas y climatólogos. Nuestras ciudades se han convertido en “sarcófagos infrastructurales”. Es decir, hemos clausurado los suelos bajo gruesas capas de hormigón.

Este sellado asfixia el metabolismo subterráneo y actúa como una trampa de calor. Así, disparamos el efecto isla de calor urbana y nos exponemos a una insolación extrema. Pero ¿cómo hemos llegado a esta situación de vulnerabilidad absoluta?

El sol como centro de nuestras ciudades

Desde el siglo XIX, el higienismo fue el concepto que guió el urbanismo moderno. Esta visión derribó barrios medievales de calles estrechas y sinuosas. El objetivo era abrir las ciudades al sol y al aire libre.

Bajo la premisa del ingeniero y urbanista Ildefons Cerdà (1815-1876) de que “el sol es salud”, el urbanismo priorizó la movilidad. El siglo XX no hizo sino empeorar el problema. La trágica ola de calor del año 2003 evidenció una cruda realidad. Este modelo nos aboca a una catástrofe crónica y creciente.

Hoy, ciudades como Barcelona o Sevilla ensayan planes para adaptarse. Las sombras, menospreciadas por este “urbanismo solar”, reciben ahora una atención renovada. Los umbráculos, toldos y parasoles están de vuelta para hacer las calles más habitables.

Cómo el calor amplifica las desigualdades

El antropólogo y filósofo Bruno Latour hablaba de “mutación climática” para describir aquello que el debate científico llama el Antropoceno. Esto es, la era de la afectación planetaria de los seres humanos a causa de una forma de vida moderna dependiente de las energías fósiles. Él contraponía ese término a la idea de crisis.

Una crisis se puede revertir, pero una mutación implica una transformación ecológica irreversible. Sin embargo, el impacto de esta profunda mutación está lejos de ser homogéneo. El calor extremo funciona como una lente que amplifica las desigualdades sociales existentes.

Así lo demuestra el Índice de Vulnerabilidad al Cambio Climático. Este instrumento del Área Metropolitana de Barcelona, creado en 2021, analiza el impacto de las altas temperaturas. Nos enseña cómo la calidad de la vivienda y la pobreza energética son factores decisivos.

Tenemos que repensar el urbanismo poniendo la vulnerabilidad en el centro. Las olas de calor condenan a muchas personas a un “aislamiento fatal” dentro de casa.

Por eso, recuperar la calle en estos contextos es fundamental. Al mismo tiempo, los espacios públicos someten a los viandantes a irradiaciones solares brutales. Las personas que trabajan al aire libre lo sufren de manera muy intensa.

El acceso a la sombra se ha convertido, por tanto, en una necesidad urbana innegociable para proteger los cuerpos más vulnerables. Es decir, todas aquellas vidas que el urbanismo moderno y su irradiación total han marginado.

Soluciones low tech: oda a la sombra

Las diferencias de temperatura entre un lugar sombreado y uno soleado son abismales. Sin embargo, cabe señalar que no todas las sombras son iguales: la evapotranspiración y el follaje de los árboles ofrecen un confort térmico muy superior.

Ante la emergencia climática, el debate urbanístico receta plantar árboles. ¡Ojalá esta fuese la solución definitiva! Sin embargo, dentro de los “sarcófagos infraestructurales”, los árboles viven conectados con redes de soporte vital.

Las ciudades sufren sequías recurrentes y limitaciones de espacio en el subsuelo. Por tanto, no podemos depender exclusivamente de la vegetación; nos hace falta desplegar una serie de medidas alternativas.

El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, convocó hace unos años un concurso arquitectónico para generar prototipos de sombra efímera. Gracias a aquel aprendizaje, el consistorio desplegó un plan de estructuras estándar.

¿Es posible que estemos olvidando el carácter mundano de hacer sombra? ¿Que se puede crear sombra con muy pocos recursos? Entonces, ¿por qué no utilizar soluciones low tech o autoconstruidas?

Eso nos permitiría volver a soluciones arquitectónicas ancestrales como la medina mediterránea. Aquellos callejones estrechos eran una gran oda a la sombra.

Callejón estrecho con sombras de una medina de Tánger. Art of line/Shutterstock

También podríamos revitalizar los umbráculos clásicos y la protección popular.

Sin embargo, la implementación de tales medidas es muy compleja dentro de los códigos urbanísticos actuales. Estas regulaciones fueron concebidas para un escenario climático ya obsoleto. Por ejemplo, muchas ordenanzas continúan exigiendo el uso de pavimentos impermeables y de estructuras de aluminio en vez de madera. En este contexto, ¿cómo podríamos articular un derecho a la sombra real?

¿Un derecho a la sombra?

Los historiadores Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz hablan de los problemas a los que nos aboca una gobernanza altamente institucionalizada para responder a la crisis ecológica. A menudo, grupos de expertos monopolizan las decisiones, y eso ralentiza y limita las posibilidades de acción.

Estos expertos determinan qué soluciones son viables y quién merece protección. Al mismo tiempo, relegan a la ciudadanía a un papel puramente pasivo y expectante. Para contrarrestar esta dinámica, en la Universitat Oberta de Catalunya estamos desplegando un proyecto de investigación-acción, el Departamento de Umbrología.

Arquitectura temporal de sombra en una plaza abierta, hecha con palos y telas, bajo la cual tiene lugar una conversación pública con gente sentada en sillas.
Conversación a la sombra. Cardedeu, Barcelona, 11 de julio. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL

El objetivo del trabajo es repoblar la imaginación urbana colectiva con procesos abiertos y de diálogo. Con estructuras para sombrear temporalmente ciertos lugares soleados, queremos crear conversaciones urbanas reales. El objetivo no es solucionar técnicamente la insolación, sino abrir un debate ciudadano para expresar los problemas concretos que el urbanismo solar causa a una gran diversidad de gente.

Queremos articular una conversación pública abierta sobre el impacto cotidiano de vivir en estos sarcófagos infraestructurales y debatir un borrador de Ordenanza por el Derecho Urbano a la Sombra.

Inspirados por ficciones legales como el Parlamento del Loira, este texto legal especulativo entiende la sombra como un bien comunal de todas las personas y seres vivos expulsados y expuestos por el orden solar del urbanismo moderno, como las personas que trabajan al aire libre. La ordenanza reivindica la habitabilidad de toda la comunidad biótica urbana y denuncia la expulsión a la que nos arroja el urbanismo solar.

El auténtico potencial de esta dinámica participativa es una apuesta por democratizar la gestión y la intervención de la redirección ecológica que requiere el calor urbano. Necesitamos desmantelar palmo a palmo los sarcófagos infraestructurales en los que vivimos para convertirlos en espacios de refugio.

Para hacer habitables las ciudades de hoy, hay que desplazar el urbanismo solar desplegando formas de autoprotección para una soberanía climática popular.

[CAT] Petit article publicat a la secció en català de The Conversation sobre el dret a l’ombra.

Tendals a la Plaça de la Reina de València. Veja/Shutterstock

Tenim dret a l’ombra en les ciutats?

Publicat: 29 Juliol 2026 07:52 CEST

«Les urbs modernes han estat guiades per l’higienisme, posant l’obertura al sol de les ciutats al centre de l’urbanisme i l’enginyeria. Però les onades de calor extrema obliguen a reflexionar sobre el dret a l’ombra.»

Heu intentat anar al parc amb criatures un matí d’estiu? Haureu comprovat una realitat esfereïdora. En el nostre passeig trobem carrers insolats amb paviments escalfats, o parcs infantils que són graelles de cautxú i metall sota un sol abrusador.

Aquesta experiència reflecteix un problema conegut per urbanistes i climatòlegs. Les nostres ciutats modernes han esdevingut “sarcòfags infraestructurals”. És a dir, hem segellat els sòls sota gruixudes capes d’asfalt i formigó.

Aquest tancament asfixia el metabolisme subterrani i actua com un parany de calor. Així disparem l’efecte illa de calor urbana i ens exposem a una insolació extrema. Però, com hem arribat fins a aquesta vulnerabilitat absoluta?

Des del segle XIX, la urbanització moderna va estar guiada per l’higienisme. Aquesta visió va enderrocar barris medievals de carrers estrets i sinuosos. L’objectiu era obrir les ciutats al sol i a l’aire lliure.

El sol com a centre de les nostres ciutats

Sota la premissa de l’enginyer i urbanista Ildefons Cerdà que “el sol és la salut”, l’urbanisme va prioritzar la mobilitat. El segle XX no ha fet sinó aprofundir aquest problema. La tràgica onada de calor de l’any 2003 va evidenciar una crua realitat. Aquest model ens aboca a una catàstrofe crònica i creixent.

Avui, ciutats com Barcelona o Sevilla assagen plans per adaptar-se. Les ombres, menyspreades per aquest “urbanisme solar”, reben ara una atenció renovada. Els umbracles, tendals i para-sols tornen per fer els carrers més habitables.

Com la calor amplifica les desigualtats

L’antropòleg i filòsof Bruno Latour parlava de “mutació climàtica” per descriure allò que el debat científic anomena l’Antropocè. Aquesta és l’era de l’afectació planetària dels éssers humans a causa d’una forma de vida moderna dependent d’energies fòssils. Ell contraposava aquest terme a la idea de crisi.

Una crisi es pot revertir, però una mutació implica una transformació ecològica irreversible. L’impacte d’aquesta mutació profunda, però, està lluny de ser homogeni. La calor extrema funciona com una lent que amplifica les desigualtats socials existents.

Així ho demostra l’Índex de Vulnerabilitat al Canvi Climàtic (IVAC). Aquest instrument de l’Àrea Metropolitana de Barcelona, creat al 2021, analitza l’impacte de les altes temperatures. Ens ensenya com la qualitat de l’habitatge i la pobresa energètica són factors decisius.

Aquestes són variables sociodemogràfiques que determinen qui pateix més la calor. Hem de repensar l’urbanisme posant la vulnerabilitat al centre. Les onades de calor condemnen moltes persones a un “aïllament fatal” dins de casa.

Per això, recuperar el carrer en aquests contextos és fonamental. Alhora, els espais públics sotmeten els vianants a insolacions brutals. Les persones que treballen a l’aire lliure ho pateixen d’una manera molt intensa.

L’accés a l’ombra ha esdevingut, doncs, una necessitat urbana innegociable per protegir els cossos més vulnerables. És a dir, totes aquelles vides que l’urbanisme modern i la seva irradiació total han marginat.

Solucions ‘low tech’: l’oda a l’ombra

Les diferències de temperatura entre un indret ombrejat i un d’assolellat són abismals. Cal assenyalar, però, que no totes les ombres són iguals. L’evapotranspiració i el fullatge dels arbres ofereixen un confort tèrmic molt superior.

Davant l’emergència climàtica, el debat urbanístic recepta plantar arbres. Tant de bo aquesta fos la solució definitiva. Tanmateix, dins d’aquests sarcòfags infraestructurals, els arbres viuen connectats amb xarxes de suport vital.

Les ciutats pateixen sequeres recurrents i limitacions d’espai al subsol. Per tant, no podem dependre exclusivament de la vegetació. Ens cal desplegar tota una sèrie de mesures alternatives.

L’Ajuntament de Barcelona, per exemple, va convocar fa uns anys un concurs arquitectònic per generar prototips d’ombra efímera. Amb aquells aprenentatges, l’Ajuntament ha desplegat un pla amb estructures estàndard.

Però, potser, estem oblidant el caràcter mundà de fer ombra? Aquest procés va revelar com es pot crear ombra amb molt pocs recursos. Llavors, per què no fer servir solucions low tech o autoconstruïdes?

Això ens permetria retornar a solucions arquitectòniques ancestrals com la medina mediterrània. Aquells carrers estrets eren una gran oda a l’ombra.

Carrer estret amb ombres d’una medina de Tànger. art of line/Shutterstock

També podem revitalitzar els umbracles clàssics i la protecció popular.

Tanmateix, la implementació d’aquestes mesures és molt complexa dins dels codis urbanístics actuals. Aquests codis, però, van ser concebuts per a un escenari climàtic ja obsolet. Per exemple, moltes ordenances continuen exigint l’ús de paviments impermeables i d’estructures d’alumini en lloc de fusta. En aquest context, com podríem articular un veritable dret a l’ombra?

Un dret a l’ombra?

Els historiadors Christophe Bonneuil i Jean-Baptiste Fressoz parlen dels problemes als quals ens aboca una governança altament institucionalitzada per respondre a la crisi ecològica. Sovint, grups d’experts monopolitzen les decisions i això ralentitza i limita les possibilitats d’acció.

Aquests experts determinen quines solucions són viables i qui mereix protecció. Alhora, releguen la ciutadania a un paper purament passiu i expectant. Per contrarestar aquesta dinàmica, a la UOC estem desplegant un projecte d’investigació-acció.

Arquitectura temporal d'ombra en una plaça oberta, feta amb bastides i teles, sota la qual té lloc una conversa pública amb gent asseguda en cadires.
Disputació a l’ombra, Cardedeu, 11 de juliol. Marc Sureda/Arquitectura de Contacte, FAL

L’objectiu del treball és repoblar la imaginació urbana col·lectiva amb processos oberts i de diàleg. Amb estructures per ombrejar temporalment indrets insolats, volem crear vertaders parlaments urbans. L’objectiu no és solucionar tècnicament la insolació, sinó obrir un debat ciutadà per expressar els problemes concrets que l’urbanisme solar causa a una gran diversitat de cossos.

Així volem articular una conversa pública oberta sobre l’impacte quotidià de viure en aquests sarcòfags infraestructurals i debatre un esborrany d’Ordenança pel Dret Urbà a l’Ombra (DRETUMB).

Inspirats per ficcions legals com el Parlament del Loira, aquest text legal especulatiu entén l’ombra com un bé comunal de totes les persones i éssers vius expulsats i exposats per l’ordre solar de l’urbanisme modern, com ara les persones que treballen a l’exterior. L’ordenança reivindica l’habitabilitat de tota la comunitat biòtica urbana i denuncia l’expulsió a la qual ens aboca l’urbanisme solar.

La veritable potència d’aquesta dinàmica participativa és una aposta per democratitzar la gestió i la intervenció de la redirecció ecològica que requereix la calor urbana. Necessitem desmantellar pam a pam els sarcòfags infraestructurals en què vivim per convertir-los en espais de refugi.

Per fer les ciutats d’avui habitables, cal desplaçar l’urbanisme solar desplegant formes d’autoprotecció cap a una sobirania climàtica popular.

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La umbrología, la nueva ciencia que apuesta por el derecho a la sombra en las ciudades (5/8/2026) El País Semanal

Nuevo reportaje en El País Semanal sobre el Departamento de Umbrología, escrito por Use Lahoz

La umbrología, la nueva ciencia que apuesta por el derecho a la sombra en las ciudades

Con los termómetros marcando cifras no vistas hasta ahora, hace falta proteger los sitios de paso para que los entornos urbanos sean más habitables

Con la que está cayendo, con medio París enganchando en las ventanas papel de aluminio como si fueran persianas y el otro medio utilizando tiza blanca (blanco de Meudon) mezclada con agua para pintar el exterior de los cristales y que la pasta refleje los rayos solares e impida que el calor penetre en las viviendas, está claro que la sombra cotiza al alza. Por suerte, el Departamento de Umbrología, un consorcio formado por varios colectivos, ha redactado una Ordenanza por el Derecho Urbano a la Sombra (Detrumb, un manifiesto todavía en curso) donde se apuesta por desplegar sombras protectoras en los espacios públicos con la premisa de que ellas también construyen ciudad, producen confort y generan nuevas maneras de habitar para muchos seres, humanos y no humanos.

Marc Sureda, socio trabajador de la cooperativa Arquitectura de Contacte, explica: “Tenemos muchas referencias de cómo no hay que hacer las cosas, lo que llamamos urbanismo solar, proyectos basados en suelos no permeables y uso de materiales que favorecen el efecto isla de calor, siempre al servicio del vehículo motorizado y la especulación inmobiliaria”.

Todo empezó con el proyecto A la Sombra del Trencadís, una intervención pionera en la Rambla de Sants en Barcelona, frente a la Escola Cavall Bernat, un espacio que era inhóspito y peligroso para la salud y que hoy se ha convertido en un lugar de encuentro donde se celebran cumple­años, juegan los niños y la gente puede permanecer durante la tarde y la noche. El proyecto, un sistema de sombreado a partir de una estructura formada por módulos de madera de pino capaces de agregar una gran malla, una solución ligera, descarbonizada y reversible, ganó el concurso Generación de Sombra Efímera en el Espacio Público, convocado por el Ayuntamiento de Barcelona y BIT Habitat.

Tomás Criado, antropólogo del grupo CareNet e implicado en el proyecto, habla de explorar “la ciudad de las sombras”, es decir, la umbrología como ciencia de las sombras aplicada al combate del calor urbano. Raquel Estany, arquitecta de Arquitectura de Contacte, lo argumenta: “Durante demasiado tiempo la arquitectura y el urbanismo han proyectado ciudades como si pudieran emanciparse de las condiciones ecológicas que sostienen la vida, y la crisis climática revela los límites de ese paradigma en un contexto de aumento de temperaturas debido al consumo desmedido de energías fósiles”.

Raquel Estany recuerda que Marraquech o Rabat tienen cubiertos los zocos con estructuras de sombra “protegiendo no solo espacios de estancia y de relación puntual, sino también recorridos diarios”. El de Marraquech data de 1071. Por su parte, Tomás Criado reivindica los proyectos del arquitecto Francis Kéré en Burkina Faso y de la arquitecta Nzinga Mboup en Senegal.

El nombre de Departamento de Umbrología está inspirado en el relato La disciplina de las sombras, de Tim Horvath. El manifiesto nace de un proyecto transdisciplinar y dice: “Nunca fuimos solares, nuestra vida en la tierra podría ser leída como una larga historia interespecies sobre cómo los seres vivos han aprendido a protegerse de su radiación”.

Su propuesta supone un cambio de paradigma: dejar de pensar la sombra como el simple negativo de la luz y empezar a entenderla como una auténtica infraestructura de habitabilidad en un contexto de crisis climática.

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Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo > eldiario.es

Hoy en eldiario.es, Brais Estévez y yo publicamos la siguiente tribuna de opinión

Evitar lo peor: por una respuesta ciudadana al calor extremo

Frente al calor extremo producido por nuestras formas de vida moderna, las políticas de acción climática no pueden limitarse a simular y anticipar escenarios catastróficos para gestionar técnicamente lo peor por venir. También deben cultivar una imaginación democrática capaz de prevenir esos futuros mediante el compromiso, aquí y ahora, con el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad de nuestros entornos más inmediatos

Desde el pasado 15 de julio, numerosos medios de comunicación se han hecho eco de “Barcelona a 50 ºC”, una de las nuevas iniciativas de acción climática del Ayuntamiento de Barcelona para preparar la ciudad ante episodios de calor extremo. Concretamente, se trata de un simulacro previsto para 2027 que se desarrollará en dos fases. La primera «de despacho», tendrá lugar en febrero de ese mismo año, y servirá para coordinar la respuesta de emergencia desde los distintos servicios y equipamientos municipales. La segunda, prevista para septiembre, recreará los efectos sobre las infraestructuras de una ola de calor monstruosa que condujera a la ciudad a un colapso sociosanitario, la disrupción en el acceso a suministros básicos como el agua y un apagón energético sin precedentes. En palabras del alcalde Jaume Collboni, el anuncio del simulacro supone poner en marcha «la cuenta atrás hacia el día que llegue Barcelona a 50 grados», una acción que presenta como un legado de protección y concienciación para el futuro.

La iniciativa, inspirada en un simulacro análogo celebrado en París en el año 2023, busca evaluar la preparación de la ciudad ante un escenario de estas características: revisar los protocolos de actuación, reforzar la coordinación entre servicios y mejorar la capacidad de respuesta de las infraestructuras urbanas, con especial atención a la protección de la población más vulnerable. Sin embargo, los objetivos declarados y el simbolismo inadvertidamente colapsista de la propuesta parecen abundar en los que consideramos dos problemas fundamentales de la política contemporánea de protección frente al calor extremo: primero, una identificación del calor con una exterioridad meteorológica, marcada por una catástrofe futura casi inimaginable; y, segundo, la centralidad de la respuesta experta ante el problema. Ambas soslayan algunas cuestiones y preguntas fundamentales que creemos debieran informar una política de previsión e intervención del calor urbano en el presente.

Sin descuidar el carácter crucial de la anticipación y la prevención ante proyecciones que anuncian horizontes cada vez más inhóspitos para la habitabilidad, ¿por qué privilegiar un futuro catastrófico como horizonte de la acción política, en lugar de atender a las urgencias y las posibilidades que ya se abren en el presente? La frivolidad y el sensacionalismo con que algunos medios han acogido la propuesta, parecen olvidar los efectos de las sucesivas olas de calor que han afectado a Europa desde el pasado mes de junio. Estas han vuelto a poner de manifiesto las imágenes ya habituales de cuerpos aplastados por el calor, exhaustos y sudorosos, buscando un alivio incierto en hábitats urbanos convertidos en zonas de sacrificio térmico: ya sea bañándose en fuentes municipales, abarrotando las terrazas, plazas y parques o haciendo lo que pueden para refrigerar espacios domésticos mal aislados.

Junto a ellas, también han aparecido muestras de cómo el calor extremo desborda la capacidad de las infraestructuras modernas para sostener la vida cotidiana a partir de un determinado rango de temperaturas hasta ahora poco conocido: las vías del tranvía de Leipzig deformadas por la licuefacción del material sellante entre los raíles y el asfalto, carreteras cortadas en Alemania por el deterioro del firme, escuelas cerradas en Francia ante las temperaturas extremas o la cancelación por parte de la SNCF de algunos de los trenes regionales que conectan París con el sur del país.

En paralelo, una suerte de hype mediático ha situado a España en el centro del debate europeo por su supuesto buen hacer en las políticas de adaptación al calor, a pesar de unos números apabullantes de padecimientos y fallecimientos ante las mismas condiciones térmicas. En este contexto de nacionalismo climático banal, junto al renovado elogio de tecnologías populares de adaptación al calor (la persiana, la siesta, el abanico o el botijo), ha vuelto a cobrar fuerza la red de refugios climáticos impulsada desde 2019 por el Ayuntamiento de Barcelona. Concebida como un sistema de equipamientos y espacios públicos de confort térmico distribuidos por toda la ciudad, esta iniciativa (de implementación y resultados desiguales) ha causado interés en otras ciudades y países. Esperemos que nuestros colegas europeos no se inspiren en sus horarios de cierre: en pleno verano y durante la noche, cuando el aire estancado en el interior de muchas viviendas con mala inercia térmica las vuelve inhabitables. Considerando todo esto, más que simular en una escape room una ola de calor monstruosa del futuro, deberíamos estar imaginando y discutiendo colectivamente cómo responder a las actuales a fin de evitar lo peor.

Más allá de las estrategias cotidianas para soportar las altas temperaturas o de las magras políticas públicas desplegadas para responder a los episodios de calor extremo, parece claro que lo que hoy experimentamos ya no puede entenderse simplemente como «el calor de toda la vida». Lo que durante mucho tiempo pudo vivirse como una contingencia térmica estacional (la canícula, nombre romano para referirse a los «días de perros» en que la estrella Sirius, de la constelación Can Mayor, aparecía en el firmamento), se experimenta hoy como el resultado previsible de un modo de existencia particular: la manifestación de la mutación climática inseparable de la modernidad industrial y nuestro consumo ilimitado de energías fósiles. Los historiadores ambientales Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz han acuñado el término Termoceno (una variación del Antropoceno) para referirse a una época geohistórica marcada por los efectos de los gases de efecto invernadero que impiden que parte de la radiación infrarroja liberada por la Tierra se disipe hacia el espacio, intensificando la retención de calor en la troposfera.

Antes que como algo «ahí afuera», en las actuales olas de calor resuena el logro macabro de una forma de habitar moderna (infraestructural, carbonífera y extractivista) que, al tiempo que sostiene nuestra prosperidad y nuestras formas de vida urbana, libra una guerra soterrada contra las condiciones mismas de habitabilidad del planeta. Como señalaban los filósofos Jeanne Etelain y Patrice Maniglier en un artículo reciente publicado en Le Monde a propósito de la canícula que afectó a Francia, ya no se trata simplemente de un aire más caliente, sino de «otro aire». Un aire desastroso, atravesado por el entramado infraestructural moderno del que dependemos para movernos, producir, consumir y habitar con algún confort en nuestros entornos urbanos actuales.

Considerando que los episodios recientes de calor extremo arrojan números devastadores y todo tipo de afectaciones en cuerpos e infraestructuras, ¿no hay nada que podamos hacer más allá de organizar simulacros que anticipan lo peor? Porque, ¿qué clase de vida urbana sería la de una ola de calor monstruosa que alcanzara los 50 grados? Sin duda, una no muy deseable, a menos que aspiremos a correr maratones en sarcófagos climatizados, como en Dubái o Abu Dhabi.

Si el calor extremo puede entenderse como una consecuencia previsible de nuestros modos de vida modernos, frente al énfasis experto del simulacro, quisiéramos preguntarnos, ¿qué papel pudiera tener en todo esto la ciudadanía y su capacidad de inventiva? ¿Cómo sostener su anhelo de protección conectándolo, además, con los deseos de otra vida posible? Tras tantos años de innovación democrática, ¿por qué insistimos en que sólo pueden hacerse cargo de la política climática las administraciones y los técnicos, en lugar de liberar la potencia colectiva del hacer y la capacidad de protegerse del Cualquiera para permitir una soberanía climática popular en contextos de emergencia e incertidumbre radical?

Como ponen de manifiesto algunas de las experiencias que hemos documentado en nuestros trabajos recientes, no resulta difícil imaginar otras formas de acción: la habilitación de usos seguros de parques, ríos y playas (siguiendo el rastro de algunas prácticas ensayadas informalmente por la ciudadanía); la instalación de toldos, umbráculos y otras formas autoconstruidas de climatización; la apertura nocturna de refugios climáticos acompañada por actividades de mediación cultural durante los episodios de calor extremo; por no hablar de la reorganización del orden laboral y de la movilidad durante las olas de calor más severas. Mientras que ya existen algunas iniciativas para hacer más vivibles nuestros entornos durante el día, la adaptación térmica nocturna necesita comenzar a articularse. Aunque, más que un déficit de soluciones, lo que parece persistir es una limitación del imaginario político: acerca de quiénes pueden actuar, cómo pueden hacerlo y bajo qué formas de organización colectiva.

Dicho esto, ¿por qué nuestras políticas climáticas insisten una y otra vez en justificarse desde alertas paralizantes, enfatizando las catástrofes por venir para, en el mejor de los casos, demostrar el poder operativo y tranquilizador de la respuesta experta? ¿Por qué esa respuesta técnica tiende a escenificarse de forma espectacular, en lugar de traducirse en una mejora sostenida de nuestro deficiente parque de viviendas, mediante acciones como el pintado de cubiertas de blanco, el refuerzo del aislamiento térmico o subsidiando a la producción de energía renovable para una climatización efectiva? ¿Por qué simular siempre lo peor con pocos medios, en lugar de poner nuestros mayores recursos, el empeño y la urgencia en abrir imaginarios cuidadosos y plurales de cómo evitarlo, aquí y ahora, para que el contador nunca llegue a marcar 50 grados?

Todos nuestros esfuerzos deberían ir orientados a hacer posibles y deseables las enormes transformaciones colectivas que pudieran permitirnos evitar a toda costa la situación que se quiere simular en Barcelona. Por ejemplo, coordinando democráticamente la despavimentación o el desmantelamiento infraestructural que pudieran permitir reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, descompactar suelos, cambiar materiales o ampliar las iniciativas de renaturalización de la ciudad que permitan un mayor confort térmico.

Volviendo sobre el simulacro, en caso de apostar por este tipo de iniciativa, ¿por qué no simular una respuesta comunitaria, gozosa y vibrante, de amplio espectro y larga duración, en lugar de puramente técnica y de emergencia? Puestos a imaginar: ¿por qué no estimular la creatividad de todo tipo de respuestas, desde diferentes simbolismos y perspectivas, desde el deseo de una vida urbana posible, reduciendo nuestra dependencia de las infraestructuras de la cultura fósil que calientan nuestro planeta, además de nuestros cuerpos y entornos? Si el desafío climático es también un asunto de imaginación colectiva, ¿por qué no dedicar nuestros mayores esfuerzos y recursos a experimentar democráticamente con formas deseables de buena vida en entornos más habitables, en lugar de limitarnos a ensayar nuestra supervivencia militarizada en hábitats cada vez más cálidos e inhóspitos?

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Les nostres ciutats estan preparades per la calor extrema? > UOC-TRÀNSIC

Estiu rere estiu, batem rècords. Per què les nostres ciutats s’han convertit en trampes de calor? El disseny urbà actual està pensat per al passat, no per a l’emergència climàtica. Podem adaptar-nos-hi abans no sigui massa tard?

A la Universitat Oberta de Catalunya avui estrenem “Preguntes obertes: Les nostres ciutats estan preparades per la calor extrema?”

Parlo com a un dels tres experts del Centre de Recerca Interdisciplinari en Transformacions Socials i Culturals (UOC-TRÀNSIC) – l’Irra Rodríguez-Giralt, la Isabel Ruiz Mallén i jo mateix – que compartim tres projectes que es fixen en el disseny de les ciutats, els patis escolars i els seus entorns de ciment o la prevenció d’uns incendis cada cop més propers a les àrees urbanes.

Des de les ciències socials i les humanitats també es dona resposta als reptes d’avui!

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Amiga date cuenta (Radio Primavera Sound) > Estéticas del calor

Gracias a Noelia Ramírez y Begoña Gómez por el buen rato departiendo sobre la importancia de las sombras y nuestro ficticio Departamento de Umbrología en Amiga date cuenta de Radio Primavera Sound, parte de un programa fascinante sobre las Estéticas del calor, llenas de referencias interesantes (como el texto Sudor de Mariela Sancari, que me llevé apuntado para mis lecturas veraniegas).

Achicharradas, sofocadas, torrefactas encaramos el penúltimo ADC de la temporada. Por si no lo habíais notado, el calor ya no es calor, es el síntoma de que hemos entrado en el Termoceno, como nos explica el listísimo Tomás Criado. Hablamos de noches tórridas, de casas de verano, de películas sudorosas, y declaramos (perdón) inaugurado el Dead Girl Summer: el verano de la muerta en vida.

Aquí os dejo el programa en vídeo (me tenéis hablando desde el minuto 1:11:56 y el 1:39:00)

También en formato podcast

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Entrevista a Connectats > Departament d’Umbrologia

El passat divendres, 6 de febrer, em van entrevistar al magazín de ràdio Connectats (emès per Ràdio Municipal de Terrassa, Cugat.cat, Ràdio Ciutat de Badalona, Ràdio Sabadell, Ràdio Castellar i el Prat Ràdio).

Vam parlar sobre el projecte del Departament d’Umbrologia i com l’ombra és un element central en la transformació urbana per fer front als impactes del canvi climàtic.

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Entrevista Canal Sur Radio > Umbrología

Ayer 6 de febrero se emitió por la noche el programa Cambio Climático de Canal Sur Radio, donde tuve el lujo de poder conversar (entre el minuto 40:40 y el 50:20) con el periodista ambiental Javier Bolaños sobre el Departamento de Umbrología. ¡Gracias, Javier, por el interés y el rato tan agradable!

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Entrevista EITB > Umbrología

El pasado 6 de diciembre por la mañana tuve la ocasión de conversar en detalle sobre el Departamento de Umbrología con Almudena Cacho y Olga Barrio en el matinal de los fines de semana “Más que palabras” de Radio Euskadi, la radio pública vasca. Gracias por vuestro interés y por un rato tan agradable.

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Entrevista en CLM Despierta

https://www.cmmedia.es/play/tv/castilla-la-mancha-despierta/entrevista-tomas-criado.html

27/11/2025 10:17 Duración del video 10m 14s

El urbanismo del futuro más inmediato tiene que planificarse desde la sombra. Arquitectura y espacios públicos deben buscar cobijo de los rayos del sol cada vez más tórridos ya no solo en los meses centrales del verano. Y no solo bastará con plantar árboles. Para profundizar en esta cuestión a menudo olvidada hablamos ya con Tomás Criado, antropólogo e investigador de la Universitat Oberta de Catalunya, que coordina el Departamento de Umbrología, un proyecto que durante dos años estudiará e imaginará una vida urbana a la sombra.

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Entrevista en la contra de El País

Hoy tengo el gran honor de aparecer en la contra de El País.

Quisiera agradecer a Noelia Ramírez de El País por su buen hacer, el interés en el proyecto del Departamento de Umbrología y por una conversación muy agradable, en la que uno a veces echa a volar demasiado la imaginación

PD. Gracias también por eliminar en la versión online el lapsus sobre los pinos “ignífugos”, cuando son todo lo contrario: “combustibles” o “pirófilos” (en fin, el que tiene boca se equivoca).

Dice el antropólogo e investigador Tomás Criado (Madrid, 44 años) que una ciudad acogedora es aquella en la que no haya que asimilarse. “La asimilación siempre es un proyecto violento”, advierte el coordinador del Departamento de Umbrología de Barcelona, una institución especulativa para el estudio y la intervención de la vida urbana de las sombras que, durante dos años, realizará una serie de talleres colaborativos y finalizará con un Festival de las Sombras en 2027.

Hijo de una lingüista y un arquitecto, integrante del colectivo por la diversidad funcional En torno a la silla que formó parte del 15M en Sol, Criado ve en la sombra no solo una respuesta filosófica a cómo todo lo escondido ahora puede curarnos, sino a una aliada útil en un mundo asfixiado de calor.

P. ¿Por qué esa obsesión suya por las sombras?

R. Llevo mucho tiempo interesado en hacer converger dos temas que me preocupan: una ciudad acogedora con los cuerpos diversos y la catástrofe ambiental. Está más ligado de lo que parece. La sombra era el lugar de lo raro, de lo extraño, de lo underground y ahora hemos entendido que esa sombra es la que nos puede salvar.

P. ¿Cómo?

R. De forma mundana y sencilla, lo más fácil es agarrar una superficie y crear una sombra. Eso ya alivia. Pero las sombras no solo nos llevan a hacernos cargo de nuestras oscuridades, de todo lo que la modernidad ha dejado en el rincón de no pensar y que ahora nos vuelve. También nos obliga a repensar una arquitectura que despreciamos. En un entorno mediterráneo con cambios estacionales quisimos copiar al norte de Europa cuando las arquitecturas de la sombra del Medio Oriente, donde el calor es persistente, nos ofrecen muchas más soluciones.

P. Especialmente ahora, que el cambio climático ya no se puede esconder.

R. Vivimos bajo un zumbido de calor constante. Lo climático está impidiendo que tú duermas, que puedas vivir o no y está haciendo que ciertos cuerpos se vean más expuestos que otros. Las viviendas, en las ciudades, no están preparadas para las noches de calor extremo porque no tienen buen aislamiento. Los refugios climáticos son solución intermedia a nivel público, pero el problema principal es que el aire acondicionado se ha planteado como una responsabilización individual. Sobrevivir al calor es una injusticia climática que se reduce a si puedes pagarte el aire o no.

P. ¿Por qué en las ciudades incide esa injusticia?

R. Por su infraestructuración. A finales de siglo XX, las infraestructuras llegaron al extrarradio para acabar con el barraquismo y la red de transporte público consiguió conectar esos puntos. Nuestra socialdemocracia pasó por la infraestructura para generar ciudades con derechos y eso ha sido maravilloso. Barcelona es una de las ciudades que más ha tenido esa obsesión en su proyecto urbanístico: convertirse en una ciudad caminable para todos.

P. ¿Qué problema hay?

R. Nos hemos olvidado de cómo estaba hecha la ciudad. Ahora es una ciudad brutalmente infraestructural que ha fabricado una geología hacia abajo, con sedimentos y sedimentos de hormigón armado. Ese sistema no admite mucha alteridad.

P. ¿En qué sentido?

R. Yo no estoy en contra del poder de los técnicos porque son necesarios, pero deberíamos abrir una conversación sincera para revisar cómo uno de los problemas del urbanismo es que todo está regulado y es muy difícil transformar el espacio. Ahora mismo, sin un permiso, tú no puedes plantar una sombrilla en la calle como la plantas en la playa.

P. ¿Por eso dice que las urbes ahora son jaulas de oro?

R. Nuestro delirio de control del mundo se ha convertido en nuestra mayor trampa mortal. Las ciudades infraestructuradas tienen todos los problemas climáticos, como la inundabilidad o las islas de calor. La dana es un ejemplo muy claro. Llevamos cuatro o cinco años de récords de calor planetario. Europa va a ser el lugar más afectado por el calentamiento y Barcelona será la ciudad más afectada por las olas de calor y el efecto isla de calor.

P. ¿Plantar árboles lo solucionaría?

R. No, las ciudades no se salvarán solo plantando árboles, el debate sobre la producción de energía requiere un Ministerio del Calor y una economía de acción directa como en la posguerra. Los árboles no son la única solución por dos razones: porque la ciudad tal y como la tenemos construida no lo permite y porque nadie está pensando en el riego necesario de esos árboles. A veces nos imaginamos un país que no somos. Todo el debate público está obsesionado con plantar árboles. Pero, ¿qué árbol plantamos? ¿Quién va a regar esos árboles?

P. ¿Qué hacemos entonces?

R. Si queremos pensar en un derecho urbano a las sombras, deberíamos dotarnos de una infraestructura conceptual para pensar en una ciudad estacional. Las ciudades están hechas para todos los meses del año pero, ¿y si pensamos que los semáforos cambiaran su duración respecto al verano o al invierno? Es un gesto sencillo, pero ahí tienes una ciudad que se adapta a los tiempos y a sus ritmos. Podríamos empezar por ahí.