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Prestar atención a las sombras urbanas: Zonas críticas de la habitabilidad contemporánea 

Presentación del taller La ciudad de las sombras: Etnografiar la habitabilidad urbana en tiempos de mutación climática (17-21 de junio de 2024 | Barcelona)

Nuestra cultura climática está en crisis. El calor extremo ya no es un evento externo, está entre nosotros, como un mal crónico con profundos efectos desiguales y devastadores.[1]

De manera peculiar para un país como el nuestro, acostumbrado al sol y al calor como un asunto estacional recurrente, esto nos sitúa ante una crisis en la que podemos creernos sobre-preparados. Pero verano tras verano, ola de calor tras ola de calor, los hábitos y prácticas heredados no acaban de funcionar: ya no basta con caminar a cubierto, llevar crema solar, beber mucho, vestirse ligero, bajar las persianas y esperar a que pase lo peor, porque lo peor está por llegar, en esas noches tórridas, tropicales e infernales, como las llaman nuestras colegas de la meteorología.

Las infraestructuras y modos de construcción modernos, que nos hacían sentir a la vanguardia, aparecen hoy irremediablemente problemáticos. Necesitamos un cambio radical. Diferentes organizaciones internacionales e intergubernamentales alertan desde hace tiempo que la respuesta al cambio climático debe partir de las ciudades:[2] asentamientos cada vez más poblados e infraestructuras complejas de cambiar desde los que necesitamos repensar la habitabilidad del planeta.

La mutación climática en curso nos sitúa ante el reto de configurar nuevas ideas urbanas de cuidado, protección o refugio, inventando formas plurales de habitar que protejan a quienes pudieran estar más expuestos o sufrir más sus efectos devastadores.[3] En ese sentido, vivimos un tiempo de urgencia y de búsqueda frenética de soluciones. Sin embargo, y ésta es mi propuesta, además de soluciones infraestructurales o “basadas en la naturaleza” tenemos ante nosotros una tarea importante: esto requiere, sobre todo, redescribir qué es lo urbano.

En situaciones de gran incertidumbre, donde cómo responder es un asunto a veces complicado de imaginar, quizá necesitemos entrenarnos a prestar atención a lo aparentemente irrelevante, pero crucial. Ese es el objeto primordial de este taller, que quiere poner el foco en las sombras: entidades aparentemente ínfimas, pero que articulan nuestra vida urbana y nuestras relaciones cotidianas con el sol y el calor.

Sin duda, no hay nada más convencional que la sombra. En tanto seres terráqueos todos tenemos una. Pero pensar la sombra urbana puede ser algo mucho más profundo de lo que parece, puesto que nos obliga a prestar atención de otra manera a nuestros entornos cotidianos. De hecho, ¿qué es la sombra, sino una relación cambiante en que entramos con el sol a medida que atraviesa nuestros hábitats a lo largo del día?

Edvard Munch (1911) The Sun / Solen

Con Copérnico y Galileo, la modernidad puso al Sol en el centro. Uno de los muchos efectos de ese giro heliocéntrico y su profunda transformación cosmológica es que solemos atribuir a la estrella que preside nuestro firmamento un rol benefactor, la capacidad de dar vida y de irradiarnos con su fuerza, pero esta apreciación regularmente positiva necesita un contrapunto: ¿qué hacer cuando nos daña o nos pone en riesgo, como en las condiciones atmosféricas del calor extremo o en la exposición solar que conduce al melanoma?[4]

La tradición filosófica moderna, pero también nuestras formas de expresión artística y folklore (con innumerables canciones infantiles alabando al sol), tiene dificultades para no tratar con prejuicio todo lo que queda por fuera de esas irradiaciones: una caricatura solarizada, tratada como lo arcaico, lo conservador, lo peligroso, lo turbio de la noche. Sin embargo, y esta es la hipótesis que quisiera compartir aquí, ¿y si nunca fuimos solares? ¿Y si para volver a respirar y pensar, guarecidos de su poder salvaje, a la sombra, necesitemos desplazar al sol del centro?

Esto no necesariamente quiere decir dejar de considerar al sol, ni resucitar la desconfianza platónica que nos condena a no ver más que las sombras proyectadas en las paredes de una cueva. El tipo de pensamiento cobijado que pudiéramos empezar a practicar tiene, más bien, en su centro a la sombra: ¿Y si la sombra no fuera la posibilidad de pensar en negativo, tomando las cosas por lo que no son, sino un modo de pensar protegido del sol abrasador? De hecho, como mostró ampliamente la pintura barroca, las sombras son centrales para nuestra percepción, para nuestro entendimiento del mundo, para nuestra supervivencia. [5]

Con esa clave, nuestra vida terrestre pudiera ser leída como una larga historia interespecífica de cómo los vivientes hemos aprendido a protegernos de su irradiación. Ese es uno de los argumentos más interesantes del trabajo del paleontólogo y geólogo Anthony J. Martin Evolution underground (la evolución bajo tierra), que retraza la importancia evolutiva de las madrigueras y arquitecturas del subsuelo para la supervivencia sobre la faz de la tierra de muchos animales desde tiempos inmemoriales, incluidos los seres humanos.[6]

Pero, yendo más allá, la misma atmósfera, logro inicial bacteriano, con su compleja circulación del aire, o más tarde en la historia de la tierra los mares y las riberas de los ríos o el tapiz irisado de las nubes y los bosques no son sino un gran sistema, con expresiones locales, de formas de captar, regular, disipar o bloquear los rayos del sol. En esta centralidad de la sombra no podemos olvidar a las plantas y su importante papel en hacer habitable nuestro planeta.

El filósofo Emanuele Coccia expresaba esto de forma muy poética en una reciente conferencia en el CENDEAC, titulada “El jardín del mundo”. En ella planteaba que lo que hoy llamamos Tierra no puede entenderse sino como consecución técnica de la vida o la labor de las plantas, cruciales para la producción de la atmósfera y la orografía, así como del oxígeno gracias al cual otros seres vivimos:

“la Tierra tiene un estatuto de artefacto… una producción cultural de todos los seres vivos que lo habitan y no sólo la precondición trascendental para la posibilidad de la vida. Gaia es hija de Flora. El sol es la muñeca cósmica de Flora.”[7]

¿Y qué hubiera sido de la terraformación de nuestro planeta a través de las plantas y, en particular los árboles, de no ser por su capacidad de transformar lo, producir hábitats o microclimas para que muchos animales pudiéramos comenzar a reptar más allá de los mares, cobijados del sol?[8]

De hecho, muchas de nuestras experiencias primordiales de sombra y protección del sol tienen que ver, de hecho, con los delicados entramados del follaje de distintos árboles y plantas. Pensar junto con los árboles nos permite aventurar otra hipótesis sobre la habitabilidad de nuestro planeta: ¿Y si la sombra fuera más importante de lo que nos hemos contado hasta ahora? Es más, a pesar de que suela ser considerada como un producto secundario del sol, su versión en negativo, ¿y si la sombra fuera condición misma de la habitabilidad en la tierra y, por ende, en nuestros entornos urbanos atribulados por la mutación climática?

Lo interesante es que, aunque la sombra sea una vieja conocida, la creciente preocupación ambiental ha hecho que administraciones y profesionales de todo tipo hayan comenzado a recuperar esta relación ambiental cotidiana largamente olvidada por las formas modernas de urbanización. Por esto mismo ha cobrado gran importancia en distintas soluciones técnicas para hacer frente al calor extremo del presente: planes municipales de sombras, itinerarios bioclimáticos o infraestructuras de sombreado.[9] Esto está requiriendo revitalizar saberes y técnicas antiguos, así como especular y crear nuevas soluciones para mitigar y adaptarnos ante el calor creciente.

Decir que no hemos sido solares, prestar atención a las sombras, significa también restaurar la violencia ejercida contra muchas tradiciones ancestrales del habitar por parte de los modernos, con su obsesión higienista por el aire limpio y las calles amplias, controladas y destinadas primordialmente al tránsito. Este urbanismo heliocéntrico fue la forma en que la Razón se hizo ciudad. Frente a ello, colocar la sombra en el centro es restituir su centralidad para la habitabilidad urbana, lo que nos permite admirar con otros ojos a la mal llamada arquitectura vernácula: buscando inspiración.

Sin embargo, decir que nunca hemos sido solares no es tirar la arquitectura modernista por la borda, sino comenzar a advertir formaciones urbanas modernistas para las que la sombra ha sido nuclear. Esto es, se trata de releer la arquitectura y el urbanismo no desde la luz, sino desde la centralidad de la sombra, como plantea el arquitecto Stephen Kite en su libro Shadow-makers, una historia cultural de las sombras como factor modelador de la arquitectura (“shaping factor in architecture”), tanto en las formas tradicionales como modernas.[10]

Aunque gran parte del libro de Kite está consagrado a la importancia de la sombra para definir las oquedades de edificios y espacios interiores, hay un capítulo maravilloso sobre la ciudad islámica mediterránea y de Oriente Próximo, porque ¿qué es la medina –– conglomerado formado por arquitecturas de adobe de cañón largo y usos de toldos o tejidos humedecidos –– sino una gran oda a la sombra como principio de habitabilidad urbana?[11]

Ladouali (2011) La casbah d’Alger

Pero existen también ejemplos interesantes de tratamientos urbanos de la sombra en diferentes tradiciones modernistas que se han desarrollado en climas cálidos y áridos, de lo que trata ampliamente una reciente exposición sobre el modernismo tropical en África y la India comisariada por Christopher Turner en el Victoria and Albert Museum de Londres.[12]

En Barcelona hay también una historia por reconstruir de las arquitecturas modernistas de la sombra, de entre las que destacan los dos umbráculos de los parques de la Ciutadella y Montjuic: estructuras siamesas, pero que funcionan por el principio inverso al invernadero; concebidas como parte del mismo impulso tenebroso que la historiadora de la arquitectura Lydia Kallipoliti denomina las gramáticas de la “aclimatización colonial”, que permitieron el frágil transporte o la relocalización masiva de plantas, animales y personas, para su comercio y exposición, en ocasiones comenzando una nueva vida problemática en el corazón de la metrópolis.[13]

Y, sin embargo, las soluciones del pasado, por problemáticas o interesantes que resulten, no puede ser la solución. Hemos entrado en un momento experimental, de gran estupor. Nuestras ciudades se han convertido en lo que el filósofo y antropólogo francés Bruno Latour llama “zonas críticas”: complejos territorios ignotos, donde los vivientes se están jugando la vida literalmente, pero también donde más se apresuran para seguir haciendo mundos vivibles, en su pluralidad irreductible.[14] El reto ante el que nos sitúa lo que Latour llama el “nuevo régimen climático” en estas zonas críticas urbanas es, por tanto, engendrar formas plurales de habitabilidad en un momento francamente complejo y problemático, sin garantías.[15]

Para responder tentativamente a este reto mayúsculo creo que necesitamos practicar una cultura experimental de la transformación urbana. Esto puede sonar paradójico, lo sé, porque estamos en un momento en el que sentimos que debemos correr para hacer algo. Pero debemos tener cuidado de no convertir esta prisa en un proyecto tecnocrático gobernado por expertos o por élites que le digan o le impongan al resto cómo vivir, como ya ocurrió en el periodo colonial. Si la vida es compleja, si la vida consiste en fabricar las condiciones generativas de hacer la tierra habitable, podemos sin duda advertir que están pasando cosas ciertamente tenebrosas, pero existe un gran peligro de confundir el diagnóstico con la solución, sobre todo cuando no sabemos cómo podremos vivir y con quién.

Precisamente en ese momento de urgencia, necesitamos más que nunca una cultura experimental para repensar la ciudad. Con esta prevención de la solución técnica no quiero decir que no sean importantes innumerables arreglos infraestructurales como pavimentos porosos y reflectantes, espacios de sombra para protegernos del sol de justicia y del efecto isla de calor, o dejar sitio para que la vegetación autóctona se desarrolle o que los animales vuelvan a ocupar un lugar central en las ciudades. Sin lugar a dudas todo esto es central, pero necesitamos ir más allá.

En un momento así, necesitamos también abordar la vida social y cultural de muchos fenómenos atmosféricos y climáticos, como las sombras, sean estas ya existentes o diseñadas. En un presente acalorado, donde la capacidad de cobijarnos del sol abrasador es un bien mal repartido, revitalizar sus saberes y prácticas generativas quizá sea crucial para reaprender a vivir como seres terráqueos. Para ello, quizá necesitemos, un ‘Departamento de Umbrología’ en cada uno de nuestros territorios. 

Este idea está inspirada en una propuesta desarrollada por el escritor Tim Horvath en su cuento corto The discipline of shadows, donde explora las complejas relaciones en un absurdo departamento universitario dedicado al estudio de la vida de las sombras, donde coexisten sin entenderse y generando muchas situaciones cómicas y de incomprensión supina físicos, dramaturgas del teatro de las sombras y filósofos platónicos.[16]

Sin embargo, en un momento absurdo como en el que nos encontramos, el taller es una invitación a co-crear y explorar cómo hacer existir un tipo de espacio inspirado por ese cuento, pero no como un departamento universitario. Más bien, tomando inspiración del trabajo de descripción e intervención artivista de colectivos como Los Angeles Urban Rangers[17] o los experimentos especulativos del Gabinete de Crisis de Ficciones Políticas,[18] quisiéramos imaginar un espacio de trabajo entregado al estudio de y la intervención en la vida urbana de las sombras: una umbrología que atienda tanto a los aspectos físicos y materiales como a las relaciones sociales y culturales.

Para hacerlo existir, a través de distintas actividades queremos entrenarnos a apreciar esta relación ambiental: dedicándonos al estudio etnográfico de las complejas relaciones entre el sol y los edificios, la calle o los árboles, así como el papel que distintos tipos de sombras pueden tener para distintas personas o colectivos y sus modos de sobrevivir al calor abrasador. Apelamos a la centralidad de la etnografía, como forma de indagar por la importancia que otorga al estudio de las prácticas, la sensorialidad y los modos de vida, porque creemos que necesitamos comenzar a entender estos fenómenos ambientales más allá de dos formas convencionales con que solemos hacerlos legibles y discutibles:[19]

  • Por un lado, las prácticas climatológicas y meteorológicas que ponen la temperatura y otras variables atmosféricas como la humedad en el centro, dejando en la sombra las dimensiones vividas o culturales, las formas de vida de las que surgen y las que hacen emerger, que permiten o dificultan distintos climas;
  • Por otro lado, las prácticas de legibilidad del espacio a vista de pájaro y en términos eucliedeanos, como hacen algunas plataformas digitales como ShadeMap o Shadowmap basadas en sistemas de información geográfica como OpenStreetMap que, a través de la geolocalización, permiten simular en nuestros dispositivos la inclinación del sol y las sombras que proyecta el entorno urbano.

Pero quizá para estudiar cómo volver a hacer habitables nuestras ciudades ante un calor creciente, necesitemos también aprender a describir con muchos más matices, tanto simbólicos como efímeros, atendiendo a otros saberes y formas de articular los problemas la nueva terra ignota en que se han convertido nuestras ciudades: fabricando otras cartografías experimentales que, como en el trabajo de Frédérique Aït-Touati, Alexandra Arènes y Axelle Grégoire Terra Forma, nos permitan traer a la centralidad nuestras implicaciones corporales en los climas urbanos que habitamos y la pluralidad de nuestras formas de habitarlos.[20]

La importancia del cuerpo vivido en la etnografía es central porque nos permite dejar de pensar las atmósferas o el clima y, más concretamente, el calor como res extensa: cosas externas desgajadas de nuestro hacer. Antes bien, como bien argumentan diferentes trabajos recientes en los ámbitos de la historia y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, el clima, las atmósferas y el calor son algo de lo que “participamos en su hacer”, por omisión y comisión, de formas más directas o más distantes, en nuestras prácticas cotidianas, encarnadas y mediadas por diferentes instrumentales técnicos, pero también por los modos en que consumimos y construimos ciudades o, dicho de otra manera, por las prácticas colectivas en las que estamos insertos: nuestra vestimenta, nuestros edificios, nuestros aparatos de aire acondicionado.[21]

Así, la sombra deja de ser un mero efecto natural y adquiere también propiedades culturales relacionales: porque no hay una sombra igual a otra y su singularidad depende de cómo la observemos, practiquemos e interroguemos. Esta sensibilidad me parece importante porque nos ayudaría a repoblar la sombra: no como la presentación en negativo de lo que se ve, algo vacío[22], sino como algo que posibilita y ha posibilitado la vida de muchos colectivos que buscan esconderse de la mirada cegadora de la luz, tanto del sol como del proyecto ilustrado.

La centralidad de la sombra como protectora de otras formas de vida resuena en el trabajo del pensador de la tradición radical negra caribeña Édouard Glissant, que en un contexto que todavía convive con la larga cola del esclavismo, defendió “el derecho a la opacidad” como condición de supervivencia para todas las formas de diferencia.[23] Pero también en el sentido más netamente ambiental del que habla el historiador de la arquitectura y activista de la discapacidad David Gissen.[24] Gissen defiende la necesidad de repensar las formas de urbanización desde muchas formas de vulnerabilidad corporal comúnmente apartadas de la centralidad del urbanismo –– las personas negras, mayores y la infancia, con enfermedades crónicas, diversas funcionales, etc. ––, por los considerables riesgos para la salud que el sol y el calor implican: como la de las personas mayores que sufren en silencio el “aislamiento fatal” de las olas de calor o la de la infinidad de cuerpos negros trabajan en exteriores, expuestos al calor y al sol abrasador.[25] Esto disputaría la centralidad del diseño del espacio público con sol abundante, haciendo crucial la sombra como principio de diseño urbano.

Pensando en los arreglos sociales y materiales de la sombra desde esta diversidad de cuerpos que la necesitan para su sostén cotidiano nos permite pensarla no sólo como “recurso cívico”, sino también como un “índice de desigualdad”: una infraestructura de la habitabilidad urbana central que debiera ser un mandato para los diseñadores urbanos, pero que aparece sometido a diferentes condiciones desiguales de acceso y negociación de la producción espacial, en la regulación de a quién se le permite que produzca o viva en la sombra y cómo, en diferentes contextos. [26]

Por tanto, partiendo de esa sensibilidad antropológica queremos: (i) trabajar en el diseño de pequeños materiales para realizar investigaciones de campo; y (ii) hacer un inventario de prácticas espaciales cotidianas, centrado en la relación que diferentes personas tienen con nuestras perpetuas compañeras como habitantes bajo el sol.[27] Experimentando y especulando con cómo poder hacer realidad diferentes Departamentos de Umbrología –– una confederación de entidades autónomas, singulares y auto-constituidas ––, queremos también liberar, imaginarnos y cultivar nuevas sensibilidades y responsabilidades urbanas sobre cómo hacer nuestras ciudades habitables.

Queremos hacernos responsables de describir, proteger y traer a la luz tenue muchos saberes y formas de inteligencia colectiva subterráneos que necesitan soportes opacos para florecer. Queremos, también, poner en discusión las múltiples necesidades de un gran número de actores singulares muchas veces desplazados de la centralidad urbana: no sólo quienes no pueden pagar la factura del aire acondicionado o quienes necesitan soportes para transformar sus viviendas y espacios de trabajo; hablamos, también, de quienes muchas veces no se contemplan como humanos o se nos aparecen como humanos de segunda, además de una gran cantidad de urbanitas no humanos en los que rara vez pensamos.

Para armar esta propuesta puede ser crucial poner a trabajar conjuntamente muy diferentes saberes, profesionales y colectivos, no sólo académicos ni institucionales, que tenemos la gran suerte de tener en esta sala. Esto nos permitirá, además de imaginar ese departamento que, esperemos, deje de ser una ficción de un cuento, hacer que esto ocurra a través de la generación de un proceso de intercambio mutuo y contaminaciones cruzadas.

Ante este reto, por tanto, necesitamos activamente volver a aprender a describir y dimensionar los problemas ante los que nos encontramos – también los problemas de las soluciones –, para así poder ensayar muchas propuestas para hacer posible la habitabilidad plural de nuestros entornos urbanos. Necesitamos, por tanto, cultivar la especulación urbana: ¡no la inmobiliaria! Me refiero a nuestra capacidad de pensar y repensar las muchas formas posibles que podría tener lo urbano para convertirlo de nuevo en habitable.

Explorando e inventando dispositivos de indagación urbana, bebiendo de sensibilidades y saberes de las artes, las humanidades y las ciencias queremos imaginar cómo equipar esos extraños profesionales de la umbrología, entre lo natural y lo cultural, con un interés particular por el análisis y la política de las sombras. Si tenemos éxito en estos experimentos sobre las formas en que entramos en contacto y describimos los mundos urbanos, haremos aparecer otra ciudad: la ciudad de las sombras, normalmente pasada por alto. Y nos entregaremos a entender su complejidad social, así como la multiplicidad de actores y ensamblajes que la constituyen; las formas de generar sombra, por parte de y para quiénes; así como las formas de socialidad que las sombras permiten como regiones o territorios:[28] atendiendo a sus temporalidades, sus ritmos y sus dramaturgias espaciales.

Ante la mutación climática que cambiará cómo viviremos en las ciudades, queremos, por tanto, contribuir a pensar otras formas posibles de habitabilidad urbana más allá de grandes soluciones de todo propósito y pensadas de forma tecnocrática. Es por ello que nuestra llamada a constituir departamentos de umbrología aparezca como un intento de abrir a reflexión colectiva los modos de respuesta urbana al cambio climático aprendiendo de un gran número de agentes urbanos: incentivando, estimulando y ayudando a sostener sus tejidos de saberes y prácticas en formas que bien pudieran exceder a las responsabilidades de las instituciones. Esa es la tarea de un ‘Departamento de Umbrología’ en nuestros territorios urbanos: salir de las sombras, para estudiar las sombras, trabajando “sobre las sombras, desde las sombras.”[29]


[1] Como lo muestran dos recientes informes de la European Environment Agency: EEA Report No 07/2022: Climate change as a threat to health and well-being in Europe: focus on heat and  infectious diseases, https://www.eea.europa.eu/publications/climate-change-impacts-on-health; EEA Report No 22/2018: Unequal exposure and unequal impacts: social vulnerability to air pollution, noise and extreme temperatures in Europe, https://www.eea.europa.eu/publications/unequal-exposure-and-unequal-impacts

[2] Un buen ejemplo de ello es la centralidad que la cuestión del calor y la respuesta ciudadana tiene en el reciente informe del IPCC de 2022, particularmente su capítulo 6 “Cities, settlements and key infrastructure”, https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg2/; o las iniciativas de la Arsht-Rock Foundation formando y articulando “heat officers” en diferentes ciudades: https://onebillionresilient.org/project/chief-heat-officers/ o planteando nuevas formas de preparación ante los riesgos de las olas de calor, categorizándolas o nombrándolas: https://onebillionresilient.org/project/categorizing-and-naming-heat-waves/   

[3] Mi argumento bebe y se inspira profundamente en la obra del recientemente fallecido filósofo y antropólogo francés Bruno Latour y muchos de sus colaboradores. En su trabajo de la última década hay una noción central: “Nuevo Régimen Climático”, que remite a los problemas a los que nos ha arrojado un modo de vida particular, la producción y su dependencia de las energías fósiles. Un régimen destructivo que ha transformado nuestros entornos, moldeado nuestros saberes e instituciones políticas durante más de un siglo, poniendo en riesgo la habitabilidad del planeta. Al mismo tiempo, esta caracterización sugiere la posibilidad de su transformación, de un antiguo a un nuevo régimen: lo que supone la búsqueda de otros horizontes de sentido para engendrar formas plurales de habitabilidad en un momento francamente complejo y problemático, sin garantías. Para una introducción, véase Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas. Siglo XXI.

[4] Para una mirada atenta a la pluralidad elemental de prácticas humanas y no humanas, o a la paradoja escalar de las múltiples configuraciones espaciales, corporales, temporales, histórico-culturales de nuestra omnipresente relación con el sol y la disipación de sus rayos o lo que pudiéramos llamar “solaridades” –– desde las formas infraestructurales vinculadas a la transición energética fotovoltaica a aquellas formas relacionadas con la catástrofe antropógena de la carbonificación de la atmósfera (donde el sol aparece como “the source of all withering and desiccation, a maker of monstrous heat”, p.18), por no olvidar de la centralidad planetaria de la fotosíntesis o los ciclos diurnos, o de su efecto en la producción de energías fósiles, por no hablar de nuestros sistemas de percepción visual –– véase la compilación de Howe, C., Diamanti, J., & Moore, A. (Eds.). (2023). Solarities: Elemental Encounters and Refractions. punctum books.

[5] El intento más detallado de restituir la centralidad de la sombra del que tengo conocimiento es el de Casati, R. (2003). Shadows. Unlocking their secrets from Plato to our time. Vintage Books.

[6] Martin, A. J. (2017). The Evolution Underground: Burrows, Bunkers, and the Marvelous Subterranean World Beneath our Feet. Pegasus Books.

[7] Coccia, E. (2021). El jardín del mundo, CENDEAC: https://www.youtube.com/watch?v=mxTQjBwuZRA&t=60s

[8]Albert, B., Halle, F., & Mancuso, S. (2019). Trees. Thames & Hudson; Coccia, E. (2017). La vida de las plantas: Una metafísica de la mixtura. Tipos Infames; Coccia, E. (2021). Metamorfosis. La fascinante continuidad de la vida. Siruela; Leonardi, C., & Stagi, F. (2022). La arquitectura de los árboles. Santa & Cole; Mattern, S. (2021). Tree Thinking. Places Journal, https://doi.org/10.22269/210921

[9] Como, por ejemplo, este concurso de prototipado del Ajuntament de Barcelona: https://bithabitat.barcelona/es/proyectos/sombra/

[10] Kite, S. (2017: 5). Shadow-makers: A cultural history of shadows in architecture. Bloomsbury Academic.

[11] Ludovico, M., Attilio, P. & Ettore, V. (Eds.) (2009). The Mediterranean Medina. Gangemi Editore.

[12] Turner, C. (Ed.) (2024). Tropical Modernism: Architecture and Independence. V&A Publishing.

[13] Kallipoliti, L. (2024). Histories of Ecological Design: An Unfinished Cyclopedia. Actar.

[14] Latour, B., & Weibel, P. (Eds.). (2020). Critical Zones: The Science and Politics of Landing on Earth. ZKM / MIT Press

[15]  Latour, B. (2019). Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política. Taurus; Latour, B. (2021). ¿Dónde estoy? Una guía para habitar el planeta. Taurus.

[16] Horvath, T. (2009). The Discipline of Shadows. Conjunctions, 53, 293-311.

[17] Bauch, N., & Scott, E. E. (2012). The Los Angeles Urban Rangers: Actualizing Geographic Thought. Cultural Geographies, 19(3), 401-409; Kanouse, S. (2015). Critical Day Trips: Tourism and Land-Based Practice. In E. E. Scott  & K. Swenson (2015). Critical landscapes: Art, space, politics (pp. 43-56). University of California Press.

[18] Gabinete de Crisis de Ficciones Políticas: https://www.gabinetedecrisis.es/

[19] Hepach, M.G. & Lüder, C. (2023). Sensing Weather and Climate: Phenomenological and Ethnographic Approaches. Environment and Planning F 2 (3): 350–68.

[20] Aït-Touati, F., Arènes, A., & Grégoire, A. (2019). Terra Forma: Manuel de cartographies potentielles. Éditions B42.

[21] Calvillo, N. (2023). Aeropolis: Queering Air in Toxicpolluted Worlds. Columbia Books on Architecture and the City; Fressoz, J.-B., & Locher, F. (2024). Chaos in the Heavens: The Forgotten History of Climate Change. Verso Books; Hsu, H. L. (2024). Air Conditioning. Bloomsbury; Parikka, J., & Dragona, D. (Eds.). (2024). Palabras de tiempo y del clima: Un glosario. Bartlebooth; Starosielski, N. (2021). Media Hot & Cold. Duke University Press.

[22] De la misma manera que los desiertos tampoco están vacíos, representación colonial comúnmente asociada a la justificación de formas de explotación salvaje de tierras áridas:  Henni, S. (Ed.) (2022). Deserts Are Not Empty. Columbia Books on Architecture and the City

[23] Glissant, É. (2017). Por la opacidad. En Poéticas de la relación (pp.219-224). Universidad Nacional de Quilmes.

[24] Gissen, D. (2022). Disabling Environments. In The Architecture of Disability: Buildings, Cities, and Landscapes Beyond Access (pp. 95-114). Minnesota University Press.

[25] Keller, R. C. (2015). Fatal Isolation: The Devastating Paris Heat Wave of 2003. University of Chicago Press; Macktoom, S., Anwar, N.H., & Cross, J. (2023). Hot climates in urban South Asia: Negotiating the right to and the politics of shade at the everyday scale in Karachi. Urban Studies, https://doi.org/10.1177/00420980231195204

[26] Bloch, S. (2019). Shade: An Urban Design Mandate. Places Journal, https://doi.org/10.22269/190423; Macktoom, S., Anwar, N. H., & Cross, J. (2023). Hot climates in urban South Asia: Negotiating the right to and the politics of shade at the everyday scale in Karachi. Urban Studies, https://doi.org/10.1177/00420980231195204

[27] Para un ejemplo interesante, véase Boserman, C. (2023). Dibujos solares: Los caballos de espinacas Sobre antotipias y afectividad ambiental / Solar Drawings: On anthotypies and environmental affectivity. Re-visiones, 13. http://www.re-visiones.net/index.php/RE-VISIONES/article/view/529

[28] En el rico sentido etológico explorado por Despret, V. (2022). Habitar como un pájaro: Modos de hacer y de pensar los territorios. Cactus. Una propuesta que rompe con la idea del territorio como algo que pueda explicarse bien en términos funcionales y económicos o en términos de propiedad, posesión y recursos explotables, reivindicando más bien la necesidad de describirlo desde las múltiples prácticas del habitar que lo constituyen y las artes de la convivencia que hacen posible.

Esta idea es desarrollada por Latour, B. (2021: 90). ¿Dónde estoy? Una guía para habitar el planeta. Taurus, para proponer una cartografía de los territorios diferente de las ideas de “sangre y suelo” que han fundamentado los tradicionalismos y nacionalismos europeos. Esto es crucial, en sus palabras, para orientarse en el Nuevo Régimen Climático, que requiere comprender de “dónde vivimos” a la vez que “de qué vivimos” listando nuestras afiliaciones.

[29] Department of Umbrology: https://umbrology.org/

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 La ciudad de las sombras: Etnografiar la habitabilidad urbana en tiempos de mutación climática

[Originalmente publicado en la web del Departamento de Umbrología]

Taller de co-creación comisariado por Tomás Criado (UOC) y Santiago Orrego (HU Berlin)

Organiza: CareNet-IN3, Universitat Oberta de Catalunya. 

En colaboración con Bit Habitat y la Oficina de Canvi Climàtic i Sostenibilitat (Ajuntament de Barcelona).

Requiere inscripción previa | Máximo 20 participantes | Se emite certificado de participación (1 ECTS) | Se llevará a cabo en su mayoría en castellano (en el trabajo informal no habrá problema en comunicarse en catalán e inglés)

[ES] La ciudad de las sombras: Etnografiar la habitabilidad urbana en tiempos de mutación climática (17-21 de junio de 2024 | Barcelona)

Este taller es una invitación a co-crear y explorar cómo hacer existir un Departamento de Umbrología, entregado al estudio de y la intervención en la vida urbana de las sombras: una umbrología que atienda tanto a los aspectos físicos y materiales como a las relaciones sociales y culturales de las sombras. Para hacerlo existir, a través de distintas actividades queremos entrenarnos a apreciar esta relación ambiental: dedicándonos al estudio etnográfico de las complejas relaciones entre el sol y los edificios, la calle o los árboles, así como el papel que distintos tipos de sombras pueden tener para distintas personas o colectivos y sus modos de sobrevivir al calor abrasador.

Actividad de las Setmanes d’Arquitectura 2024

[CAT] La ciutat de les ombres: Etnografiar l’habitabilitat urbana en temps de mutació climàtica (17-21 de juny de 2024 | Barcelona)

El taller és una invitació a co-crear i explorar com fer existir un Departament d’Umbrologia, lliurat a l’estudi de i la intervenció en la vida urbana de les ombres: una umbrologia que atengui tant els aspectes físics i materials com les relacions socials i culturals de les ombres. Per fer-ho existir, a través de diferents activitats volem entrenar-nos a apreciar aquesta relació ambiental: dedicant-nos a l’estudi etnogràfic de les complexes relacions entre el sol i els edificis, el carrer o els arbres, així com el paper que diferents tipus d’ombres poden tenir per diferents persones o col·lectius i les seves maneres de sobreviure a la calor abrasadora.

Activitat de les Setmanes d’Arquitectura 2024

[EN] The city of shades: Ethnography of urban habitability in times of climate mutation (June 17-21, 2024 | Barcelona)

The workshop is an invitation to co-create and explore how to bring into existence a Department of Umbrology, namely, a space devoted to the study of and intervention in the urban life of shades: an umbrology that addresses both the physical and material aspects as well as the social and cultural relationships. of the shadows. To make it exist, we want to train ourselves – by means of different activities – to appreciate this environmental relationship: dedicating ourselves to the ethnographic study of the complex relationships between the sun and buildings, the street or trees, as well as the role that different types of shadows can have for different people or groups and their ways of surviving the scorching heat.

Activity part of Setmanes d’Arquitectura 2024

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Presentación

Diferentes paneles intergubernamentales alertan desde hace tiempo que la respuesta al cambio climático debe partir de las ciudades: asentamientos cada vez más poblados e infraestructuras complejas de cambiar desde los que necesitamos repensar la habitabilidad del planeta. La mutación climática en curso nos sitúa ante el reto de configurar nuevas ideas urbanas de cuidado, protección o refugio, que permitan formas plurales de habitar y que protejan a quienes pudieran estar más expuestos o sufrir más sus efectos devastadores. En ese sentido, vivimos un tiempo de urgencia y de búsqueda frenética de soluciones. Pero en situaciones de gran incertidumbre, donde cómo responder es un asunto a veces complicado de imaginar, quizá necesitemos entrenarnos a prestar atención a lo aparentemente irrelevante, pero crucial. Ese es el objeto primordial de este taller, que quiere poner el foco en las sombras: entidades aparentemente ínfimas, pero que articulan nuestra vida urbana y nuestras relaciones cotidianas con el sol y el calor.

Sin duda, no hay nada más convencional que la sombra. En tanto seres terráqueos todos tenemos una. Pero pensar la sombra urbana puede ser algo mucho más profundo, puesto que nos obliga a prestar atención de otra manera a nuestros entornos cotidianos. De hecho, ¿qué es la sombra, sino una relación cambiante en que entramos con el sol a medida que atraviesa nuestros hábitats a lo largo del día? Solemos atribuir al sol la capacidad de dar vida, pero ¿qué hacer cuando nos daña o nos pone en riesgo, como ocurre en condiciones atmosféricas de calor extremo? Con esa clave, nuestra vida terrestre pudiera ser leída como una larga historia interespecífica de cómo los vivientes hemos aprendido a protegernos de su irradiación. La misma atmósfera, con su compleja circulación del aire, los mares y las riberas de los ríos o el tapiz irisado de las nubes y los bosques no son sino un gran sistema, con expresiones locales, de formas de captar, regular, disipar o bloquear los rayos del sol. Pero, también, de producir sombra.

Aunque la sombra es una vieja conocida, la creciente preocupación ambiental ha hecho que administraciones y profesionales de todo tipo hayan comenzado a recuperar esta relación ambiental cotidiana. Es más, a pesar de que suela ser considerada como un producto secundario del sol, su versión en negativo, ¿y si la sombra fuera condición misma de la habitabilidad en la tierra y, por ende, en nuestros entornos urbanos? Por esto mismo ha cobrado gran importancia en distintas soluciones técnicas para hacer frente al calor extremo del presente: planes municipales de sombras, itinerarios bioclimáticos o infraestructuras de sombreado. Esto está requiriendo revitalizar saberes y técnicas antiguos, así como especular y crear nuevas soluciones para mitigar y adaptarnos ante el calor creciente.

En un momento así, necesitamos también abordar la vida social y cultural de las sombras, sean estas ya existentes o diseñadas. En un presente acalorado, donde la capacidad de cobijarnos del sol abrasador es un bien mal repartido, revitalizar sus saberes y prácticas generativas quizá sea crucial para reaprender a vivir como seres terráqueos. Para ello, quizá necesitemos, como sugiere el escritor Tim Horvath en su cuento The discipline of shadows, crear un ‘Departamento de Umbrología‘ en cada uno de nuestros territorios. 

El taller es una invitación a co-crear y explorar cómo hacer existir ese espacio, entregado al estudio de y la intervención en la vida urbana de las sombras: una umbrología que atienda tanto a los aspectos físicos y materiales como a las relaciones sociales y culturales de las sombras. Para hacerlo existir, a través de distintas actividades queremos entrenarnos a apreciar esta relación ambiental: dedicándonos al estudio etnográfico de las complejas relaciones entre el sol y los edificios, la calle o los árboles, así como el papel que distintos tipos de sombras pueden tener para distintas personas o colectivos y sus modos de sobrevivir al calor abrasador.

Partiendo de una sensibilidad antropológica queremos: (i) trabajar en el diseño de pequeños materiales para realizar investigaciones de campo; y (ii) hacer un inventario de prácticas espaciales cotidianas, centrado en la relación que diferentes personas tienen con nuestras perpetuas compañeras como habitantes bajo el sol. Así, haremos aparecer otra ciudad, la ciudad de las sombras, normalmente pasada por alto. Y nos entregaremos a entender su complejidad social, así como la multiplicidad de actores y ensamblajes que la constituyen: las formas de generar sombra, por parte de y para quiénes, así como las formas de socialidad que permiten, sus tiempos, sus ritmos y sus espacios.

Público

– El taller está especialmente dirigido a profesionales, investigadoras y estudiantes de grado, máster o doctorado de las artes, las ciencias sociales (antropología, geografía, estudios sociales de la ciencia y la tecnología, sociología), las humanidades, el diseño y la arquitectura, interesados por la etnografía y el estudio social de cuestiones urbanas o ambientales. 

– Mientras que un conocimiento de la práctica etnográfica es deseable, no se requiere conocimiento previo sobre diseño para el cambio climático o sobre la física de las sombras.

Objetivos

–   Abrir a reflexión colectiva los modos de respuesta urbana al cambio climático, colaborando con un proyecto de prototipado en curso, produciendo infraestructuras de sombra estacional (reto de sombreado efímero).

–   Generar un proceso de intercambio interdisciplinar sobre cómo indagar la ciudad en tiempos de cambio climático, prestando atención a las sombras como fenómeno social.

–   Inventar dispositivos de indagación urbana desde los que repensar las formas de relevancia de las artes, las humanidades y las ciencias en un momento donde priman las soluciones técnicas.

Programa

DÍA 1 | LUNES 17 DE JUNIO DE 2024 

Lugar: U0.3, Planta 0 Edifici U, Universitat Oberta de Catalunya (C. Perú 52) y diversos lugares cercanos de interés

9:30-10:00 Presentación del taller: La necesidad de un departamento de umbrología

10:00-11:00 Presentaciones inaugurales

  • Prestar atención a las sombras urbanas: Zonas críticas de la habitabilidad contemporánea (Tomás Criado, UOC)
  • Etnografiar urbanidades ínfimas en tiempos de mutación climática(Santiago Orrego, HU Berlin)

11:00-11:15 Pausa-café

11:15-11:45 Propuesta de trabajo por grupos y dinamización

11:45-13:30 Documentar sombras en contexto, a cargo de Carla Boserman (UCM): un paseo guiado por distintas áreas del Poblenou –– (1) parque central del Poblenou e inmediaciones de Ca l’Alier, (2) parque del Poblenou y playa de Bogatell, (3) c. de Marià Aguiló y (4) la superilla del Poblenou –– documentando en grupos configuraciones de sombras 

13:30-14:00 Puesta en común

DÍA 2 | MARTES 18 DE JUNIO DE 2024

Lugar: U0.3, Planta 0 Edifici U, Universitat Oberta de Catalunya (C. Perú 52)

9:30-12:30 Taller por grupos: Creación colaborativa de dispositivos para un departamento de umbrología.

Una sesión donde, recuperando las configuraciones estudiadas en el paseo guiado, entremos en el diseño de pequeños elementos de papel a partir de los que (1) analizar y tipificar configuraciones sociales de las sombras urbanas, (2) imaginar dispositivos de campo para futuras indagaciones, (3) testear sus posibilidades y (4) ponerlos en común para imaginar un departamento de umbrología.

12:30-14:00 Discusión del taller tras presentación de Isaac Marrero (UB), Etnografía multimodal y la política de la invención 

14:00-15:30 Pausa / comida

15:30-17:00 Presentación a cargo de Fernando Domínguez Rubio (UC San Diego), La ficción como método. Acompañan: Daniel López & Israel Rodríguez Giralt (UOC)

DÍA 3  | MIÉRCOLES 19 DE JUNIO DE 2024

Lugar: Pg. Marìtim de la Barceloneta, 32-34 y Pl. Leonardo da Vinci

9:30-14:00 El primer encargo del departamento de umbrología: La vida social de las infraestructuras de sombra efímera en el espacio público

  • Visita guiada a los sitios de testeo de los siguientes prototipos del reto de sombreado efímero en el espacio público (Oasi, ombra per a tothom + Mar d’ombres). 
  • Por grupos:
    • Puesta a prueba de los pequeños dispositivos etnográficos generados y discusión in situ de las adaptaciones necesarias para estudiar las configuraciones sociales que cada uno de estos prototipos implican: los usos y formas de socialidad que permiten, sus tiempos/ritmos y sus espacios. 
    •  Con los dispositivos generados se entrará en relación con los actores que transiten o habiten esos nuevos espacios de sombra, prestando atención a sus configuraciones de vulnerabilidad o exposición, así como a sus saberes y recursos. Tras cada visita se discutirán posibles cambios necesarios
DÍA 4 | JUEVES 20 DE JUNIO DE 2024

Lugar: Rambla de Badal, 113 + U0.3, Planta 0 Edifici U, Universitat Oberta de Catalunya (C. Perú 52)

9:30-11:30 El primer encargo del departamento de umbrología: La vida social de las infraestructuras de sombra efímera en el espacio público

  • Visita guiada al sitio de testeo del tercer prototipo del reto de sombreado efímero en el espacio público (A l’ombra del trencadís). 
  • En grupos:
    • Puesta a prueba de los pequeños dispositivos etnográficos generados y discusión in situ de las adaptaciones necesarias para estudiar las configuraciones sociales que cada uno de estos prototipos implican: los usos y formas de socialidad que permiten, sus tiempos/ritmos y sus espacios. 
    •  Con los dispositivos generados se entrará en relación con los actores que transiten o habiten esos nuevos espacios de sombra, prestando atención a sus configuraciones de vulnerabilidad o exposición, así como a sus saberes y recursos. Tras cada visita se discutirán posibles cambios necesarios

11:30-12:30 Desplazamiento

12:30-14:00 Puesta en común

14:00-15:30 Comida

15:30-17:00 Tarde de trabajo por grupos en los prototipos

DÍA 5 | VIERNES 21 DE JUNIO DE 2024

Lugar: Bit Habitat, Ca l’Alier (c. Pere IV 362)

9:30-10:30 Presentación a cargo de Francisco Martínez (Tampere University), Por un observatorio de sombras. Cómo entre-ver lo que ocurre en la oscuridad

10:30-10:45 Pausa

10:45-12:45 Equipar futuros departamentos de umbrología: Sesión de documentación colaborativa de los dispositivos generados en pequeños formatos como el fanzine (en colaboración con el projecte de micro-edición y publicación abierta pliegOS.net), con la idea de inspirar la creación de departamentos de umbrología en otros contextos.

12:45-13:00 Pausa

13:00-14:00 Relatoría final y discusión a cargo de Adolfo Estalella (UCM), La experimentación etnográfica y su archivo

Documentación

La documentación generada en el taller por las distintas personas participantes será archivada en abierto tanto en el Departamento de Umbrología como en xcol y Tarde

Financiación

Este taller está co-financiado conjuntamente por el Programa Nacional de Investigación Científica, Técnica y de Innovación de España 2021-2023 (RYC2021-033410-I) y por las Setmanes d’Arquitectura 2024 (Ajuntament de Barcelona / Fundació Mies van der Rohe)

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El Departamento de Umbrología es una producción conjunta de xcol. An Ethnographic Inventory y Tarde, a handbook of minimal and irrelevant urban entanglements 

Categories
caring infrastructures city-making ecologies ecologies of support more-than-human

Landscaping Pavements > Tarde

Originally published in Tarde

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This issue was prepared by Tomás Criado and curated by Ester Gisbert Alemany. Design and edition: Santiago Orrego

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Download Zine | DOI: 10.17605/OSF.IO/RCASX

Editorial note: Landscaping Pavements is the first issue in a series of urban explorations that are part of an ongoing collaboration between Tarde and xcol.org.

We, modernist urbanites, tend to have a very strange relation to the streets we tread on as if walking was an act of material oblivion. Indeed, every step seems to push us further away from them instead of bringing us closer to the ground. It’s as if the pavements we walk on permanently disappeared from view: their silent permanence, stubborn smoothness, and standardized sturdiness becoming almost unthinkable. As if they were just there, supporting without mattering much, as well-ordered stages of public life, quintessential furniture of liberal ideas of politics: our contemporary agora! [1] So much so that only children dare to ask: who has laid the streets overnight for us to walk on them? 

The streets and the sidewalks, as we know them, need to be conceived, invented, and installed, and they are permanently under maintenance. Hence, pavements, not just pedestrians, also deserve a genealogy! [2] In fact, they bear in them the imprint of the clean slate of progress and modernity: from their durable materials – tarmac or granite, you name it – extracted from the belly of the Earth to their bulldozed modes of construction as perfectly sealed soils [3]. This is their secret engine, the unrevealed truth, the machinery they conceal, so we don’t think much of them. 

Even if there have been many traditions of incredible technical prowess, creating walkable roads and ways across the globe – The Great Wall of China! The Andean Qhapac Ñan! –  paved streets stand out as a peculiarly modernist infrastructure: the result of early Modern zonification to prevent killings from horse and chariot transit, subject to subsequent endless policing and reforms for the sake of hygiene and decorum. Later on paving, literally, the way for automotion to take the world as a hostage [4].

Their construction has brought about the modern city as we know it and has also partaken in assembling its quintessential walkers: from the need to wear shoes to the compacted ground on which we walk. So much so that the beloved flâneur of Walter Benjamin cannot be thought of but as an infrastructural being, the result of Hausmann’s spatial reordering: nature below, what only experts can access to, culture above, for us to window-shop into eternity [5]. The academic and political centrality of a white, able-bodied male figure standing out for the profound oblivion of the material world that bore its creation is also a symbol of many things that cannot go on, damn urban studies!

In the meantime, Euro-American urbanists seem to have been captured with what Gordon Cullen called ‘townscapes’: a rather peculiar form of landscape design promising visual coherence, orderliness, and organization of “the jumble of buildings, streets, and space that make up the urban environment”[6]. The frenzy of late 19th-century urban modernization laid the grounds for pavements to become everyday, more highly technical endeavors. This is the marvelous tale historian of art Danae Esparza recounted in her incredible book Barcelona a ras de suelo (Barcelona at ground level)[7]: a detailed exploration of the perpetual redesign that the city’s pavements have undergone since the Romans. One of the most salient features being the devoted efforts in the last one hundred years to engineer their durable and stable foundations – compacting the soil, layering insulation materials like aggregate – together with patterning the outer crust, its walkability and grip, in attempts at rendering urban space readable: a legible milieu? Nothing represents this better than the Panot Gaudí, “the hexagonal hydraulic tile he [architect Antoni Gaudí] designed in 1904 in conjunction with Escofet”[8]. As a result of the work of the municipality, together with corporations that have specialized in designing ‘urban elements,’ pavements have become part of a system: one more element of a catalog of products by which a deeply modernist city is perpetually made and remade into a static image of itself, a collage of ready-made building types, their additions and subtractions.

The tensions that these demands generate were apparent in a rare gem of an exhibition, titled Debaixo dos nossos pés (Under our feet)[9], which opened Lisbon’s inner guts to foreground a multi-layered display of pavements from the times of its first inhabitants to the present. The exhibition happened at a time of increasing pressures for urban standardization, not just having city branding at their core but also concerns for accessibility, desperately demanded by disabled and older people for decades. The strange lure and aestheticization of an urban image can also happen at the expense of traditional forms of street-making, pushing aside those who manipulate them. This has become evident in public struggles to keep their early modern ‘traditional’ configuration (calçada portuguesa, a peculiar form of cobblestone-based pattern) and the communities of practice of their soon-to-be-extinct trade (calceteiros), unless turned into World Heritage, a paradoxical fixation to resist a more contemporary fixity?

Ecologically speaking, this fixation is also highly problematic. In his signature process-oriented anthropology, which attends to the dynamic processes of sentient beings’ world-formation, Tim Ingold takes issue with the modernist practice of hard surfacing the earth because it “actually blocks the very intermingling of substances with the medium that is essential to life, growth, and inhabitation”[10].

This is far from being a cumbersome theoretical issue: the European Environmental Agency has been alerting for years of the many problems that sealed soils are bringing to the fore– related to heat island effects and underground degradation –particularly in urban settings[11]. As a consequence, environmentally-minded architects and urban planners have started to uncover ‘the beach beneath the street’: depaving the streets or creating porous sidewalk materials to foster the important underground soil relations essential to life on Earth[12].

Far from being the dirt beneath our shoes, in geography, anthropology, and environmental humanities, the very soils we used to tread on are increasingly becoming a matter of relational engendering with different beings, animating newer forms of social theory and eco-political practice[13]. The world beneath our feet, hence, appears before us as a moving territory with its own history, formed – or even ‘terraformed’ – by a wide variety of beings, from worms and plants to different animals and human groups. 

Perhaps there would be no better way to re-enliven pavements and their politics than to treat them as landscapes in their own right. Not in the early modern sense of the term – used in geography and other cognate disciplines to fixate stable nature-cultural patterns[14] – or in the same sense that still breathes in the notion of townscape mentioned before, but in a new materialist sense: thinking from their complex temporal and spatial material interconnectedness and their ongoing, engendering process[15]. All of a sudden, the streets we walk cease being the same. What appeared static, indeed, moves! Pavements are, indeed, terraformed. This can happen in strange and imperceptible ways as part of the earthly transformation of microbiota or weeds. However, pavements are also ‘being moved’ due to violent capitalist extraction, as it happens in the far-away travels of many of the anonymous materials that constitute the world at our feet, captured landscapes whose origins remain obscure[16].

Holding these two forms of terraformation in tension, treating pavements as landscapes – put otherwise, ‘landscaping’ pavements – might be a way for them to start speaking back. Not as the mute foundations of the present but in their strange temporal mash-ups: between deep and shallow time. Manuel de Landa provides an apt metaphor for this approach to city-making: “About 8000 years ago, human populations began mineralizing … when they developed an urban exoskeleton, bricks of sun-dried clay became building materials, stone monuments, and defensive walls”[17]. A good example of this mineralization, a peculiar form of landscaping pavements, is the city of Rome. But not the classic and boring take that obsessed many neoclassic and fascist architects and artists. I’m thinking here of the fantastic visualizations landscape architect Kristi Cheramie has worked hard to unearth: in them, Rome appears formed as a concatenation of acts of landscaping. The contemporary city is deeply entrenched in the terraformation that the ancient one undertook. A geological entity whose complex boundaries are also those of the very Mediterranean olive oil trade, sedimenting a way of living as well as the mode of circulation that saw its growth and demise [18]. Landscaping pavements enable us to study and dimension the agents involved, their temporal and spatial effects, their material configurations, and their acts of becoming with them [19]. Thus understood, our urban arenas appear as layered compounds, ongoing palimpsests through and through [20]. Conceived in this way, the city, as Francesc Perers calls it in a rather peculiar photo-book on Barcelona’s sidewalk archaeology, turns into “a cohabitation of strata”[21]. 

How could we begin to exercise this landscaping approach when we walk?[22] What exercises could we engage to reconnect to and partake in these underground palimpsests that are also our very mineral and multispecies condition? How do we liberate pavements and inhabit closer to them, entering into newer urban formations?[23

The exercises proposed in this issue wish to propose concrete avenues for this to happen. Following them, perhaps the next time you walk into the streets, walking might just be the beginning of a passionate conversation at the tip of your feet:

What could you tell me, oh, anonymous piece of stone? 

From what quarry do you come from? Who took you from the belly of the Earth? Who broke and dismembered you from the common body of other stones, using what machine? What standard shaped you? How might others resist the corset you provide? How will you let me walk on you when it rains? 

Oh, you macadam, strange collective body, interconnected and singular, strangely one, what life can you also give? How have you been prepared for me to tread you, using what procedures? Under what technical or parliamentary regulations? How could you resist this encounter? 

Oh, you all strange pavements: What life do you also partake of? What new city could we engender, together with the others who could crack you, and make you into their new home?

Online references

[1] Loukaitou-Sideris, A., & Ehrenfeucht, R. (2011). Sidewalks: Conflict and Negotiation over Public Space. MIT.

[2] Blomley, N. (2011). Rights of Passage: Sidewalks and the Regulation of Public Flow. Routledge.

[3] Ammon, F. (2016). Bulldozer: Demolition and Clearance of the Postwar Landscape. Yale University Press.

[4] Norton, P. D. (2008). Fighting Traffic: The Dawn of the Motor Age in the American City. MIT.

[5] Meulemans, G. (2017). The Lure of Pedogenesis: An Anthropological Foray into Making Urban Soils in Contemporary France. PhD in Anthropology, University of Aberdeen; Domínguez Rubio, F., & Fogué, U. (2013). Technifying Public Space and Publicizing Infrastructures: Exploring New Urban Political Ecologies through the Square of General Vara del Rey. International Journal of Urban and Regional Research37(3), 1035–1052.

[6] Cullen, G. (1961). The Concise Townscape. Routledge. 

[7] Esparza, D. (2017). Barcelona a ras de suelo. Universitat de Barcelona Edicions.

[8] See https://www.escofet.com/en/blog/true-story-gaudis-panot 

[9] Bugalhão, J., Fernandes, L. & Fernandes, P.A. (2017). Debaixo dos Nossos Pés. Pavimentos históricos de Lisboa. Museu de Lisboa.

[10] Ingold, T. (2011: 124). Being Alive: Essays on Movement, Knowledge and Description. Routledge.

[11] See https://www.eea.europa.eu/articles/urban-soil-sealing-in-europe 

[12] Núñez Rodríguez, M. (2015). ¡Bajo el asfalto, los adoquines! Proyecto de investigación sobre los servicios ecosistémicos de distintos pavimentos. Ayuntamiento de Madrid, https://mmmapa.com/portfolio/bajo-el-asfalto-los-adoquines-proyecto-de-investigacion-sobre-los-servicios-ecosistemicos-de-distintos-pavimentos; Baraniuk, C. (23rd February 2024) The cities stripping out concrete for earth and plants. BBChttps://www.bbc.com/future/article/20240222-depaving-the-cities-replacing-concrete-with-earth-and-plants; BitHabitat (2022) https://bithabitat.barcelona/projectes/el-panot-del-segle-xxi

[13] Salazar, J. F., Granjou, C., Kearnes, M., Krzywoszynska, A. & Tironi, M. (Eds). (2020). Thinking with Soils: Material Politics and Social Theory. Bloomsbury.

[14] Wylie, J. (2007). Landscape. Routledge.

[15] Seibert, M. (Ed.). (2021). Atlas of material worlds: Mapping the agency of matter for a new landscape practice. Routledge; Harkness, R. (2017). An Unfinished Compendium of Materials. University of Aberdeen.

[16] Cronon, W. (1992) Nature’s Metropolis: Chicago and the Great West. W.W. Norton and Co.; Hutton, J. (2020). Reciprocal Landscapes: Stories of Material Movements. Routledge.

[17] de Landa, M. (1997: 26-27). A Thousand Years of Non-Linear History. Zone Books.  

[18] Cheramie, K. (2020). Through Time and the City: Notes on Rome. Routledge.

[19] Gisbert Alemany, E. (2022). To do a landscape: Variations of the Costa Blanca. PhD in Architecture. University of Alicante

[20] Mattern, S. (2017). Code and Clay, Data and Dirt: Five Thousand Years of Urban Media. University of Minnesota Press; for a challenging example, see the Ghost Rivers “public art project & walking tour, rediscovering hidden streams and histories that run beneath our feet”: https://ghostrivers.com/ 

[21] Perers, F. (2017: 131) Voreres. La memòria subtil. Ajuntament de Barcelona.

[22] Mattern, S. (2013). Infrastructural Tourism: From the Interstate to the Internet. Places. https://placesjournal.org/article/infrastructural-tourism/; Kanouse, S. (2015). Critical Day Trips: Tourism and Land-Based Practice. In E. E. Scott  & K. Swenson (2015). Critical landscapes: Art, space, politics (pp. 43-56). University of California Press; Shepherd, N., & Ernsten, C. (2021). An Anthropocene journey. In H. S. Rogers, M. K. Halpern, K. D. Ridder-Vignone, & D. Hannah, Routledge Handbook of Art, Science, and Technology Studies (pp. 563–576). Routledge.

[23] Duperrex, M. (2022). La rivière et le bulldozer. Premier Parallèle.

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This number experiments with a different folding format. Although it starts with an A4 piece of paper and keeps the original A7 form when it is folded, the process of assembling it changes dramatically. The most notorious of those changes is the design of a small foldable gallery by taking advantage of different paper cuts.

Recommended citation: Criado, T.S. (2024). Landscaping Pavements. Tarde, a handbook of minimal and irrellevant urban entanglements, 5. DOI: 10.17605/OSF.IO/RCASX

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atmosphere ecologies ecologies of support events games inventory more-than-human open sourcing techniques & ways of doing urban and personal devices

A Publics’ Anthropology: Setting Up Ecologies of Collective Speculation

Thanks to the gracious invitation by Gabriele Alex (Uni Tübingen), last April 12, 2024 I had the chance to give an online lecture at the Civis (Europe’s Civic University Alliance) “Social Sciences Going Public – Research and Practice with, in and for the Society” Summer School 2024.

I took the occasion to share my vision for what I have been calling not Public Anthropology but, rather, A Publics’ Anthropology!

A Publics’ Anthropology: Setting up ecologies of collective speculation

What does it mean to undertake anthropological work in contemporary domains populated by a wide variety of ‘publics’, ranging from technical experts to affected communities? Publics are perhaps the main collective condition of knowledge production and circulation in the contemporary: not just as media-provoked entities–e.g. the ‘public sphere’ or scientific and professional societies, connected through ‘publications’–, but also the many uncertain and emergent collectives that gather in different degrees of involvement under issues of concern, using a variety of mediums. As I see it, an anthropology aware of its public dimension should not just be one engaging in public criticism, but also, and perhaps mainly, one transformed by the very relation to publics, developing different forms of engagement and exploring different aims and effects. In my work, I have been inspired to do this in activist design endeavours with different kinds of urban agents. To discuss the different forms a publics’ anthropology might entail, in this session I’ll share with you two recent projects working with municipal actors setting up ecologies of collective speculation: the game Waste What?, an interdisciplinary team production as part of studying activist circular economy projects in Berlin, searching to simulate the conundrums of these initiatives as well as provoke a reflection on their predicaments; and the Department of Umbrology, a collective speculative experiment equipping a proto-municipal division to inquire on the social dimensions of heat mitigation projects, in the hope that his might sensitise technical professionals to consider the social in the plural.

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animals atmosphere concepts ecologies ecologies of support experimental collaborations functional diversity & disability rights more-than-human objects of care and care practices publications techniques & ways of doing urban and personal devices

CfP | Environ | mental urbanities

Edited by Patrick Bieler, Milena Bister and Tomás Criado

[Originally published here]

The recurrent everyday distress many of us live with in times of climate mutation seems to have unearthed a peculiar link that seemed long lost: between the mental and the environmental. More than a century ago, already Georg Simmel (1903) sought to discuss how a growing urban condition was making emerge new and unprecedented forms of mental life. He was far from being the only one concerned with how urban environments were affecting urban dwellers. In the last century, a plethora of experts of different kinds – architects, public health practitioners, social reformers, urban ecologists – have been trying to address urban milieus and atmospheres, so as to tackle a wide variety of environmental stressors, ranging from noises to air pollution, with green spaces and infrastructures becoming a central area of intervention deemed good ‘for the body and the mind’. In recent times, the green city movement is one prominent example of an increasingly recurring and intensified debate about the relevance of urban parks (Fitzgerald 2023).

One of the main features of the present environmental conditions is that things seem to be happening in distributed spatial formations that sometimes seem ‘all over the place.’ Interestingly, cultural studies of mental phenomena have for decades tried to dispute cognitive sciences’ abstruse interest in emplacing the mental in, say, the brain. For instance, Gregory Bateson (1971), drawing from cybernetic theory, notably attempted to ecologize the mind: the mental, thus, could thereon be conceptualized as a relational effect of the interaction of humans with their environments. In a famous example Bateson used, a blind person’s sense of touch was not just in their hand but also at the very tip of their cane, helping navigate the contours of a sidewalk. These attempts at ecologizing mental phenomena beyond the skin and the organism, have been considerably expanded recently by the work of another anthropologist, Tim Ingold (2000, 2011), who has proposed to move beyond a dualistic, binary understanding of mind and body by empirically focusing the relational co-constitution of organisms and environments in activities rather than stressing the embeddedness of an organism in a supposedly pre-existing environment.

Focusing on the processual emergence of both, organisms and environments, situating subjective, embodied experiences in their in-betweenness, overcoming the binary distinction of nature and nurture while refraining from biological as well as environmental determinism and particularly emphasizing how bodily processes are entangled with and permeated by environmental conditions resonates with recent interest of social science scholars in the production and phenomenology of atmospheres (Anderson 2009, Duff 2016, Winz 2018), the anthropological inquiry into biosocial relations (Ingold/Palsson 2013) as well as practice theoretical investigations on bodies as assemblages (Blackman, Mol 2002). Concepts such as “local biologies” (Lock 2001), “biological localities” (Fitzgerald et al. 2016), “health environment” (Seeberg et al. 2020) or “anthropo-zoo-genesis” (Despret 2004) have been proposed to describe the permeable entanglements of bodies and environments, the biological and the social (cf. Meloni et al. 2018).

Little attention, however, has been paid so far to the similarities and differences between the broader focus on biology/embodied experiences and ‘the mental’ – understood as ecological relationality – and the specificities of ‘the urban’ have only been slightly addressed in research with a particular focus on mental health questions (cf. Bister et al. 2016, Söderström 2019, Rose/Fitzgerald 2022). Paying attention to the mental in the environmental is not just important to address the convoluted sentiments we associate with ‘eco-anxiety’, but also to understand how the mind has been ecologized, in a different sense. For instance, notions of the mental are being everyday invoked to articulate many urban spaces: from the conventions of informal encounters that regulate how we greet to more infrastructural conditions such as, say, infographics (Halpern, 2018) in transportation systems. But, also, in an ecology of the mind so brutally dominated by psychopharmaceutical compounds (Rose 2018), how come we seldom discuss the environmental effects of drugs such as anxiolytics and antidepressants in our very cities?

This Special Issue wishes to articulate these interests and sensitivities through ethnographic inquiries that empirically ground connections between ‘mental’ phenomena and urban life. We want to ask: How might a biosocial agenda searching to ecologize the mind be relevant to discuss environmental conditions making dwellers feel, indeed, ‘all over the place’ as well? Conversely, what sort of environmental effects and relations are our ecologies of the mind producing? All in all, how can we imagine, describe, map and theorize the resulting ‘urban mentalities’ or ‘mentalistic cities’ without falling into the traps of idealism, holism, cultural essentialism and Cartesian dualism? What concepts, field devices and research designs might enable us to bring into dialogue experience-based approaches (cf. Söderström et al. 2016, Bieler et al. 2023, Dokumaci 2023, Bister 2023) with an inquiry of ecologies of expertise (Beck 2015) in which ‘mental experiences’ are taken up, translated, shaped and inscribed into the urban fabric?

We want to focus on ethnographic studies approaching dwellers attempting to render their habitats inhabitable, making emerge a wide variety of ecological relations between the mental and the environmental, be they regarding experiential matters, new or disrupted habits, conundrums in between the personal and the collective, the body and the infrastructural, and relations between humans and other-than-human beings. This is the research arena we wish to address as environ|mental urbanities, a denomination hopefully guiding us to grasp the sometimes elusive or ungraspable aspects of both mental and environmental practices and experiences in urban arenas. Hence pushing us to study how we can sense, describe and analyse what and how “bodies-in-action” (Niewöhner/Lock 2018) – or, more precisely: minds-and-environments-in-action, or environ-mental configurations – feel, touch, smell, navigate, encounter and thereby come into being (cf. Manning et al. 2022, Schillmeier 2023). Beyond the seemingly unmediated immersion of bodies in socio-material environments, environ|mental urbanities urge us to ethnographically inquire into the dynamic, shifting co-constitutive relations between subjective experiences, bodies, material environments, cultural practices, urban infrastructures, animals and other non-humans.

With more than half of the population of the planet now living in urban arenas of different kinds, but under the strain of daunting and unravelling environmental conditions, new urbanities seem to be developing that hold the mental and the environmental in tension. At a time when eco-anxieties are grabbing a hold of us, perhaps the time has come to re-analyse the environ-mental conditions of urban dwellers, and the role that the intertwinement of the mental and the environmental play in contemporary urban arenas. In this spirit, we invite contributions from anthropology, geography, sociology and adjacent disciplines which provide inspiring ethnographic case studies, tinkering and experimenting with methods and collaborative fieldwork and/or aim for situated concept work that allow to problematize ‘the environ|mental’ while simultaneously enriching our conceptualisation of ‘the urban’ beyond mere material or geographic locality and stage for cultural practices.

Deadline: Please submit abstracts of no more than 200 words, plus your institutional affiliation(s) and a short biography (a few lines) to patrick.bieler AT tum.de, milena.bister AT hu-berlin.de and tomcriado AT uoc.edu by April 29nd, 2024. If you have any questions, please write the three of us as well.

Process: We will notify acceptance by May 21st, 2024. Abstracts of the selected contributions will be proposed as a special issue to an international English-speaking multidisciplinary social sciences Journal. We aim for Open Access publishing. All contributors will meet online to pitch and discuss their abstracts in June 2024. First drafts will be discussed in a workshop in January 2025 (either in person or online). Final manuscripts will be due in March 2025.

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Naked Fieldnotes. A Rough Guide to Ethnographic Writing

Denielle Elliott & Matthew J. Wolf-Meyer have been for the last years working on a much-needed compilation on the art of fieldnotes, called Naked Fieldnotes. A Rough Guide to Ethnographic Writing. The volume has been recently published by Minnesota University Press.

In their words:

Unlocking the experience of conducting qualitative research, Naked Fieldnotes pairs fieldnotes based on observations, interviews, and other contemporary modes of recording research encounters with short, reflective essays, offering rich examples of how fieldnotes are shaped by research experiences. By granting access to these personal archives, the contributors unsettle taboos about the privacy of ethnographic writing and give scholars a diverse, multimodal approach to conceptualizing and doing ethnographic fieldwork.

As they expound in the introduction:

The practice of writing a fieldnote—­ what goes in, what is left out, who the audience is—­ is a difficult one to acquire, which is belied by the breadth of books and classes that purport to teach novice ethnographers to write fieldnotes. Like any writing, fieldnotes are the outcome of a learned sensibility that can be acquired only through the practice of writing […] This is one of the persistent challenges of teaching ethnographic methods, particularly when most of what students learn about ethnographic writing and fieldnotes is inferred from exemplary ethnographies. Students want prescriptive, generic expectations of what goes into a fieldnote and what a fieldnote should look like, thereby ensuring their writing of “good” fieldnotes; as an index of this sentiment, a few exceptional (p. x)

Growing out of the frustrations we have had as novice ethnographers—­ and that we have shared with our students—­ this collection of fieldnotes is intended to dispel the myths about the charismatic nature of fieldnotes and ethnographers by providing readers with a diversity of techniques, generic experiments, and objects and processes of ethnographic investigation so as to show how research and writing are always shaped by the sensibilities of researchers and the shapes of the ethnographic projects they are conducting. Fieldnotes are always experimental in their attempts to capture that experience. (p.xi)

I very much wish to thank them for their invitation to share one of mine, titled:

Munich, Blind Activism, Participatory Urban Design, November 2015

This note is part of my attempt at doing fieldwork with the Bavarian Association for the Blind and Partially Sighted (BBSB). It captures one of the organization’s in/accessibility explorations of a square in Munich on November 12, 2015. This took place after the square had already been finalized by the city administration, an anomaly in how to involve disabled people in design projects. As the blind activists already knew, the square presented many inaccessibility issues. Doing fieldwork in a very graphic-­intensive field like architecture requires one to think from the visual materials, so when I was handed the promotional brochure, including pictures and renderings, architectural diagrams, and an explanation of the urban intervention, I took a very fast decision: I put away my phone, which I used only to take my own pictures, mostly to remember the details they were talking about as well as the steps, and I opted to scribble on top of the brochure. I followed them for about three hours (from nine in the morning to noon) as they went about different aspects: the tactile differentiation of the creative pavements, the color differentiation of the pavements, and a few other things. My scribbled notes were rather nonlinear interjections, taken at different moments in the brochure. The pictures I took with my phone allowed me to have a sense of sequence afterward.

Recommended citation: Criado, T.S. (2024). Munich, blind activism, participatory urban design, November 2015. In D. Elliott & M. Wolf-Meyer (Eds.) Naked Fieldnotes: A Compendium of Raw and Unedited Ethnographic Research (pp. 59-70). Minnesota: Minnesota University Press | PDF

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La crisis de las crisálidas. Reactivar la política en el fin del mundo > Ankulegi

Co-escrito con Brais Estévez Vilariño

Originalmente publicado en Ankulegi: Espacio Digital de Antropología

Hace no tanto, la política era una fiesta. Una verbena sostenida en el encuentro vivaz de organizados y desorganizados que, en cada uno de sus actos, abría espacios de encuentro por doquier y desplegaba prácticas generativas donde cualquiera podía explorar otras formas de vida posible. Hoy, una parte sustancial de aquella vida encantada ha quedado reducida a una representación distante y sospechosa sobre la que opinamos con inquina revanchista en el abismo en que se han convertido las redes. ¿Qué ha pasado? ¿Qué nos ha pasado? Ante un mundo nuevo que nos desafía con un sinfín de amenazas y horizontes apocalípticos, se extienden el malestar y la angustia. Aunque muchas veces no resulte sencillo discernir su origen, navegando entre la teoría psicoanalítica y el pensamiento ecológico de Bruno Latour e Isabelle Stengers, queremos tantear una genealogía posible del malestar de la época y sus efectos políticos paralizantes.

Larva and chrysalis of Papilio creshontes (Giant Swallowtail). Digitally enhanced from our own publication of Moths and butterflies of the United States (1900) by Sherman F. Denton (1856-1937).


Hace no tanto, poco más de diez años, la política era una fiesta. Esto es, una verbena sostenida en el encuentro vivaz de organizados y desorganizados que, en cada uno de sus actos, abría espacios de encuentro por doquier y desplegaba prácticas generativas donde cualquiera podía explorar otras formas de vida posible. Lo llamativo de este fenómeno es que no se trataba de una cuestión eminentemente regional; vivimos y hablamos con personas amigas que entraron en procesos parecidos en una constelación de ciudades de todo el mundo: desde Santiago de Compostela a Santiago de Chile, pasando por Belo Horizonte, Salvador-Bahia, Rio de Janeiro, Estambul o Barcelona. Hoy, una parte sustancial de aquella vida encantada ha quedado reducida, particularmente en el Estado español, a una representación distante y sospechosa sobre la que opinamos con inquina revanchista en el abismo en que se han convertido las redes. ¿Qué ha pasado? ¿Qué nos ha pasado? A este respecto, un amigo que tuvo una responsabilidad importante en un “gobierno del cambio” compartía por WhatsApp una reflexión con aires de epitafio: “Mi generación política se ha convertido en un vertedero de ombligos desalmados”. 

Hace ya más de diez años, la inestabilidad, la falta de horizonte, la ruptura de sentido o, dicho de otro modo, la falta de suelo –por no hablar de su desahucio–, precipitó en el Estado español –aún no sabemos bien cómo– un vórtice generativo de intentos y tentativas de salir al encuentro del otro. Esa fuga permitió elaborar en común lo que nos pasaba con relación a la crisis que bloqueaba nuestras vidas desde 2008. Hoy, sin embargo, esa falta de suelo común nos sitúa en un vacío del que nos defendemos desde el yo, a donde parecemos habernos desterrado. 

Entre los impasses de la época y la desorientación generalizada ante un mundo que nos desafía con un sinfín de amenazas y horizontes apocalípticos, se extienden el malestar y la angustia. La angustia es un afecto que pasa por el cuerpo, pero quizá convenga pensarlo como señal de un momento inquietante o, incluso, como síntoma de un malestar compartido. Por otra parte, el malestar social entendido como un bloqueo de las formas de subjetivación políticas capaces de operar disensos en un mundo hostil  –cerrado en términos sensibles y existenciales– ha sido analizado desde hace años por colectivos de pensamiento antagonista como El Comité Invisible, Espai en blanc y, también, por autores como Peter Pál Pelbart y Suely Rolnik o, más recientemente, por Amador Fernández-Savater. 

Aunque muchas veces no resulte sencillo discernir el origen de la angustia, en este texto –navegando entre la teoría psicoanalítica y el pensamiento ecológico de Bruno Latour e Isabelle Stengers– queremos tantear una genealogía posible del repliegue yoico en el que, a nuestro juicio, resuena una dimensión del malestar de la época que nos conduce a la impotencia política. Reflexionar sobre algunas de las condiciones de ese malestar nos parece crucial en un momento en el que, en diferentes lugares del mundo, desde Argentina o EE.UU. a diferentes estados europeos, una oleada conservadora sin precedentes prolifera alimentándose de la obstinación maníaca del resentimiento.



Crítica de la razón angustiada

En 1926, Freud (2013a) señaló que existen dos modos habituales de dirimir la angustia: la inhibición y la descarga motriz. La inhibición remite a la inacción y la pasividad: es el no pensar, el no participar, el mutismo. La descarga motriz supone el pasaje al acto incesante, un actuar todo el rato para no pensar: scrollear y twittear sin descanso o una motricidad desbordada que, al mismo tiempo que llena gimnasios, impone el mandato de caminar, salir a correr o viajar sin parar como receta para ablandar la angustia. Pero, más allá de eso, a nuestro juicio, el malestar político de la época hace síntoma a través de dos modos prevalentes que tienen que ver con la proliferación de la crítica y con su rechazo.

Opinamos todo el rato, emitimos mensajes –sin parar– y, en definitiva, actuamos para no pensar. Decía Lacan (1971), en un texto publicado en el primer volumen de los Escritos, que el yo es una función de desconocimiento del ser: un objeto al que acudimos para imaginarnos hechos de una única pieza, sin división subjetiva, sin agujeros y sin falta. Hoy, tal vez, el yo hiperbólico y sin dudas obtura la falta de empleo, la falta de alegría, la falta de vínculos, de amor, de espacios, de saberes o de certezas. En ese sentido, quizá ejercitar el yo que opina de manera maníaca sobre cualquier cosa nos permite imaginarnos soberanos, dueños de nuestros designios a través de nuestras palabras: ¿una ficción de dominio? Ahora bien, ese dominio del yo que prolifera en las redes sociales se despliega sin el otro –sin la presencia de otros cuerpos y sin otras palabras audibles que no sean la propia–. Así, la energía libidinal que propulsa esa crítica solitaria que excluye al otro –incluso, a todo lo otro de uno mismo que resulte incongruente con el yo– resuena como un goce autoerótico: una mezcla de satisfacción y pesadumbre en la que cada uno se entretiene con su objeto en soledad.

En este sentido, la supuesta razón crítica puede, paradójicamente, volvernos estúpidos. ¿Qué fabrica, qué articula o qué permite enunciar que el mundo está condenado, sin remedio, o que no hay ninguna posibilidad de transformación relevante, sino un goce triunfante de la debacle –un fin de mundo– en el que siempre pervive el yo? ¿Qué posibilidad de vida común o de articulación colectiva se activa al considerar que la única posibilidad relevante pasa por nosotros mismos, porque nos den la razón a toda costa, porque los otros acepten un código que solo unos pocos conocemos y que, además, mostramos solo a medias, instalando perpetuamente a los otros en la ignorancia, o lo que es lo mismo, en el afuera?  

En unos pasajes que nos resultan muy esclarecedores del documental Cuentos para la supervivencia terrenal, Donna Haraway señala que, en algunas ocasiones, la crítica del capitalismo –denunciar la miseria del mundo y señalar a los culpables de la explotación– también puede ser un tóxico: made in Criticalland, como bromeaba Latour (2004) en un texto, precisamente, sobre los límites políticos y epistémicos de la crítica para la transformación del mundo. A pesar de que, ciertamente, esta reflexión no invalida la relevancia de la crítica, nos lleva a pensar en aquellos momentos donde la crítica deviene en un veneno narcisista que desvitaliza y condena al mismo tiempo que nos vuelve adictos a él; sólo nosotros sabemos, no nos hacen falta los otros y, de ese modo, no necesitamos movernos de nuestra posición: nadie se mueve. Como señala Haraway, a veces nos embobamos de tal manera con la penúltima crítica del capitalismo que podemos llegar a creer que no hay ninguna posibilidad política digna en el mundo que no esté contenida en esa crítica. En otras palabras, cuando una perspectiva crítica emerge y opera desde el yo, cuando su despliegue afirma una posición singular, pero también busca señalar, acallar y ridiculizar al otro –a los que “no saben”–, el veneno puede matar cualquier posibilidad de emergencia de lo colectivo.


Desterrados en el yo

Así las cosas, la crítica de la razón angustiada desactiva y, de alguna manera, sólo revela la impotencia que ella misma genera. No existen demasiadas pruebas, ni efectos verificables, de que la denuncia de la opresión remueva conciencias, como gusta decir muchas veces la teoría crítica. Eso mismo señaló Jacques Rancière (2010) a propósito del distanciamiento brechtiano. Imaginar, como proponía Brecht, que aquello que sucedía en el espacio de una obra teatral –que lo normal pueda resultar absurdo– condujera a acciones políticas transformadoras era una asunción problemática. Para Rancière, la supuesta transmutación del principio de desestabilización de la percepción corriente en una pedagogía política emancipadora nunca habría tenido efectos políticos verificables, más allá –eso sí– de la producción de un canon sobre lo que podría ser el arte político en su dimensión representacional.

En ese sentido, Isabelle Stengers y Philippe Pignarre (2018) sugerían en su libro La Brujería Capitalista que: “si el capitalismo corriera riesgos por el hecho de ser denunciado, se habría desintegrado hace tiempo” (p. 43). Por no hablar de cómo, bien al contrario, estas riadas de tuits y comentarios lapidarios acaban reforzándolo, engrosando las arcas del cryptobro de turno, detentando el cargo de capitalista de plataforma.

La otra cara sintomática de esa razón angustiada es, sin embargo, no la del ruido incesante, sino la del silencio abismal del rechazo: una desafección propia de cuerpos blindados y a la defensiva. Esta posición se fundamenta en un supuesto no querer saber que, al mismo tiempo que permite distancia y desimplicación, genera una posición de dependencia que recuerda al voyeur: el goce de la debacle por inacción que, en nuestra aparente distancia, nos instala, progresivamente, en un estado de soledad, letargo y mortificación. “¿Has visto el tweet de x?”. “¡Qué horror!”. “No, yo es que paso, ya no lo sigo”. “Yo lo he silenciado”. Un supuesto desentenderse que mantiene la fijación en lo que nos daña: una atracción fatal que alimentamos con nuestras acciones. La neurosis del sujeto que rechaza el mismo mundo en el que desea participar. Con todo, la paradoja es que, si bien decimos que no aguantamos más y, de hecho, sentimos que no aguantamos más, tampoco dejamos de querer más.

Así, nos aislamos y nos convertimos en figuras de destierro y autoexilio: apostamos por mantener el sitio, como crisálidas de mariposa que deciden paralizar neuróticamente la necesaria transformación que requiere la vida. Quizá de ese aislamiento es de donde procede el malestar profundo: ¿la crisis de las crisálidas?



La intrusión de Gaia

A todo esto, el mundo de los modernos ya no es lo que era –no está dado ni garantizado– y el futuro se ha convertido en una incógnita inquietante. En las dos últimas décadas, una superposición de crisis en curso ha instalado entre nosotros algo así como una tormenta perfecta, que nos desafía y abruma al mismo tiempo que nos interpela. Ahora bien, como apunta Bruno Latour (2017) en su libro Cara a cara con el planeta, no estamos apenas en un período difícil y prolongado de crisis y catástrofes que en algún momento pasará, recuperando así “nuestra vieja normalidad”. Más bien, asistimos a una mutación del mundo, a un corrimiento de tierras profundo, cuyo estupor no hace sino sublimar las respuestas angustiadas. De hecho, no son pocas las llamadas neuróticas a la acción ecológica que se plantean o se arman desde la inminencia de un fin de mundo, argumentado con vehemencia científica, que nos llegará: “¡ahora!, ¡ya!, ¿no lo veis?”. Y, sin embargo, como en el Esperando a Godot de Samuel Beckett, no nos movemos ni un ápice, paralizando el encuentro con el otro en el goce de la angustia.

En un intento por resignificar el absurdo en el que parecemos instalados, el esperanzador ¿Dónde estoy? de Bruno Latour (2021) abre con una analogía de la Metamorfosis de Kafka, en pleno confinamiento pandémico. Como Gregor, quizá también nosotros seamos el síntoma de un nuevo mundo, donde aquello que nos parecía normal –como los padres de esa cucaracha que muchos fuimos durante esa época– necesite ser profundamente repensado. Para quienes suscriben este texto, nacidos ambos en el año en que llegamos a 340,12 ppm de CO2, en pleno éxtasis del consumo sin límites, ungidos en plástico desde nuestra infancia y ahora sometidos a la ascesis moral del veganismo, la modernidad siempre se nos presentó como un relato de progreso continuo: una esperanza que se asentaba en el dominio infraestructural del mundo, trabajado por una cosmología que dividía el mundo entre naturaleza y cultura, opinión y verdad; o, en el plano de los agentes, entre humanos y no humanos. Los primeros, dotados de subjetividad y capacidad de acción, podían existir a distancia de los segundos: objetos, seres y entidades inmundas (sin mundo, weltlos, como los llamaba Heidegger) y conocidos por una ciencia interesada por los fenómenos distales.

Uno de los rasgos más característicos de esa transformación en curso tiene que ver con la relación cambiante que los modernos establecemos con el planeta, entendido en su dimensión terrestre y, también, viviente. Algo de esto tiene que ver con recuperar una conexión con algo muy antiguo. Al decir de Emanuele Coccia (2021), si hay algo que pueda definir a la vida es su perpetua capacidad metamórfica, donde unos seres crean condiciones para la habitabilidad de otros. En una divertida conferencia pronunciada recientemente en el CENDEAC, titulada “El jardín del mundo”, Coccia ejemplificaba esta idea hablando de cómo eso que hoy llamamos Tierra, no puede entenderse sino como consecución técnica de la vida o la labor de las plantas, cruciales para la producción de la atmósfera y la orografía, así como del oxígeno gracias al cual otros seres vivimos:

Lo que llamamos paisaje es el trabajo y el resultado de muchos arquitectos paisajistas diferentes. Lo que llamamos jardín es sólo un ejército de jardineros (las plantas)

la Tierra tiene un estatuto de artefacto… una producción cultural de todos los seres vivos que lo habitan y no sólo la precondición trascendental para la posibilidad de la vida. Gaia es hija de Flora. El sol es la muñeca cósmica de Flora

Y, sin embargo, hay algo de la mutación reciente que trasciende ciertas capacidades metamórficas de hacer mundo o “terraformar”, que nos coloca en una crisis profunda. En uno de los capítulos de Dónde aterrizar, Latour (2019) explicaba esa transformación de la siguiente manera. El acontecimiento colosal que necesitamos entender se corresponde con el desvelamiento de la potencia de actuar de lo Terrestre. Lo Terrestre —con T mayúscula, para subrayar que se trata de un concepto— es un nuevo actor político. Es decir, la tierra ha dejado de ser el telón de fondo de la acción humana y ha pasado a afirmar un poder de actuar que los modernos le habíamos negado. En ese sentido, la irrupción de la Tierra en lo político estaría transformando la misma noción de política, convirtiéndola en una suerte de geopolítica. Para Latour, aunque la inercia y el sentido común nos conducen a seguir hablando de geopolítica como si el prefijo “geo” designase solamente el marco en el que se desarrolla la acción política; “geo” designaría, ahora, un agente que participa plenamente de la vida pública. Así las cosas, la Tierra ya no es una trascendencia muda y obediente, sino una multiplicidad de entidades no humanas con las que interaccionamos y de las que dependemos para vivir.

Isabelle Stengers se ha referido a esa irrupción de la Tierra en lo político como la “intrusión de Gaia”. Sin embargo, la Gaia de Stengers no remite a la idea de sistema estable –una suerte de Madre Tierra protectora de la vida–. Gaia sería el nombre de la Tierra transformada por los vivientes: un ente en metamorfosis que podemos conocer por sus intrusiones. Un ser susceptible de reacciones imprevisibles y ciego a los daños que provoca. Una cita extraída de su libro En tiempos de catástrofes (Stengers, 2017) puede ayudarnos a enmarcar políticamente este escenario:

Luchar contra Gaia no tiene ningún sentido, hay que aprender a componer con ella. Componer con el capitalismo tampoco tiene ningún sentido, hay que luchar contra su dominio (p. 47).

La intrusión de Gaia exige de nosotros nuevos arreglos a la altura de las amenazas. Pero, en lugar de explorar junto a otros alguno de esos desafíos –cómo mantener los territorios habitables y cómo luchar contra los que los vuelven inhabitables– pareciera que persistimos en nuestros síntomas y preferimos malgastar una parte significativa de nuestras energías en prácticas yoicas con las que nos intoxicamos.



Una mutación siniestra

Quizá esté ahí, en la irrupción de lo Terrestre en la política, parte de la angustia y la desorientación política de nuestra época. Sin embargo, aquí radica nuestro punto: pese a las esperanzas depositadas en la pandemia por Latour, aquí seguimos, pegados a un suelo que se resquebraja. Mientras el mundo de la modernidad cambia brutalmente, reventando los goznes de cualquier intento de fundar una protección ad eternum, las mariposas que un día fuimos –aún lo recordamos–, tomando las plazas o haciendo la revolución de los cuerpos, parecen haber entrado en un movimiento inverso: una involución crisálida, emitiendo opiniones o quedando en un silencio paralizante desde el aparente confort de sus vainas. Una mutación siniestra.

En su conocido trabajo sobre “Lo siniestro” [das Unheimliche], publicado en 1919, Freud (2013b) habla de todo aquello que, debiendo permanecer en secreto, se ha manifestado. Lo siniestro aparece como lo espantoso que se revela de modo inesperado en lo más cotidiano: algo que se presenta y que no debería estar ahí. Freud pone el ejemplo de los autómatas, los muñecos que parecen cobrar vida. Pero también se refiere a la impresión causada por las figuras de cera: el desasosiego ante la duda de que un objeto sin vida esté de alguna forma animado. Por su parte, Lacan (2007) destaca en el Seminario 10 que lo siniestro resuena con la idea de un huésped desconocido que aparece de forma inopinada en nuestro imaginario –en un marco dónde no debería estar–. En un pasaje del mismo seminario, Lacan se refiere a ese huésped hostil como “inhabitante”, como aquel que ya habita dentro, aunque eso nos resulte inasimilable y parezca venir del exterior.

Si nos paramos a pensar en el tipo de eventos y situaciones contemporáneas que pueden despertar en nosotros esa sensación de lo siniestro, no parece descabellado considerar como siniestra la potencia de actuar de lo Terrestre. La irrupción unilateral de toda una serie de procesos materiales que amenazan a los vivientes —incendios, inundaciones, olas de calor, acidificación de los océanos, desigualdades, etc.—, desencadenados por la intrusión en nuestras formas de vida de una multiplicidad de agencias propias de un planeta alterado, desbarata la cosmología moderna y muestra, de manera siniestra, lo que no se debería ver.  Ya no estamos en un mundo en el que los humanos actuamos con distancia y control sobre un trasfondo no humano, sino en un mundo poblado por una infinidad de vivientes cuyos cursos de acción se superponen constantemente, cuando no se desestabilizan mutuamente. Un mundo inhabitante, que responde a los modos en que lo hemos cambiado.

En ese sentido, Latour (2019) señala que la noción misma de suelo está cambiando de naturaleza. El mismo suelo que debería sostener nuestros proyectos —también la lucha antagónica entre ellos— parece desvanecerse bajo nuestros pies al calor de la emergencia climática. De ahí que la angustia sea tan profunda: el suelo no nos sostiene. El punto de referencia de la política parece haberse transformado por completo. La crisis ecológica nos lanza abruptamente a otro mundo donde el excepcionalismo humano moderno se muestra impotente. Los mismos seres que, hasta ahora, habíamos tratado como meros recursos son ahora actores políticos de primer orden con los que tenemos que aprender a componer los territorios, en otros términos; concretamente, en términos de habitabilidad cuando las condiciones de habitabilidad ya no están garantizadas.



Abrazar el deseo de ser otra cosa

Quizás, para prestar atención a ese huésped hostil y negociar con la angustia debemos habilitar no sólo una conciencia de la mutación, sino intervenir en el plano del deseo, de la relación con el otro, cambiar de deseo: necesitamos un deseo nuevo que no pase por el resentimiento. El deseo no es del orden de la voluntad y, por tanto, no es una región del yo, no pertenece al campo de la lógica, ni del razonamiento. Antes bien, es del campo de lo sensible, de los mundos encarnados y de sus devenires. Cambiar de deseo, asumir una metamorfosis, exige un acto de fe, un arrojarse: lo que hace la oruga que forma su crisálida sin saber en qué se convertirá. Algo que remite al universo del riesgo y la incertidumbre, pero que también implica relacionarse de otra manera con lo indeterminado y lo convulso. Recuperar el deseo es, por tanto, recuperar los modos de decir y hacer que puedan hacer sitio a lo posible no pensado, permitiéndonos desprendernos de fines caducos que suponen una amenaza para nosotros y para el mundo. A nuestro juicio, entendernos como crisálidas y, por tanto, abrazar esa condición, pudiera contener la oportunidad misma de construcción de ese deseo. La marca de un antes y un después, arrojarse a la transformación para encontrar una salida. No en vano, el deseo, en palabras de Lacan (1971), es el “deseo del Otro”: entendámoslo aquí como deseo de ser otra cosa.

Poco tiempo antes de morir, Bruno Latour concedió una larga entrevista en el canal Arte cuya transcripción ha sido publicada como Habitar la Tierra. En una de las piezas, titulada “El fin de la modernidad”, Latour discurre sobre una pregunta: ¿cómo es posible que toda una civilización enfrentada a una amenaza que conoce perfectamente no reaccione? Para contestar a esta paradoja, se refiere a la modernización como un imperativo que, particularmente desde los años 1950, operó como un mandato que nos exigió abandonar nuestro pasado y separarnos de la Tierra a cambio de participar del mito del progreso. Lo terrible de la idea de la modernización es que, una vez se ha puesto en marcha, “es ciega e impide completamente preguntarse a qué renunciar”. Sabemos, de acuerdo con la orientación lacaniana, que el deseo siempre está ligado a una falta, por lo tanto, si nada nos falta, no hay deseo posible: hay más de lo mismo.

De algún modo, progresar suponía acercarse a lo global, sin mirar para otro lado. Para acceder a la abundancia, la libertad y la emancipación, debíamos despegarnos de los territorios locales y desvincularnos de las comunidades. Sin embargo, la emergencia climática ha hecho que la misma idea de progreso, entendida como un futuro mejor y siempre disponible en algún lugar, esté hoy en entredicho. Asimismo, ese despegue hacia lo global no sólo trastocó los ecosistemas y sistemas climáticos, sino que provocó un epistemicidio, la muerte de muchos saberes y prácticas que nos relacionaban con el complejo tejido de interdependencias de lo terrestre: erradicando otras maneras de vivir, de sentipensar como diría el antropólogo Arturo Escobar, limitando drásticamente nuestra capacidad de reacción, imaginación y cooperación.

El capitalismo –nombre quizá más específico para hablar de la modernidad– opera, en la definición de Pignarre y Stengers en La brujería capitalista, como un “sistema brujo” que expropia nuestra capacidad de hacer que las cosas nos conciernan, ya sea en nuestros propios términos o, incluso, fuera de nuestras prácticas habituales. A juicio de ambos autores, no se trata de que el sistema capitalista nos mienta, ni de que nos engañe o manipule, sino de que su modo de existencia se inscribe en el linaje de los embrujos, montando una ecología depredadora que desactiva prácticas cruciales de interdependencia. ¿Quizá sea esto lo que nos hace agarrarnos a las paredes de la crisálida para no querer abrir un pequeño agujero con nuestras antenas de mariposa? Sin embargo, frente a un embrujo, no sería suficiente la denuncia de la captura –como se denuncia una ideología o la falsa conciencia–, porque la captura fabrica un agarre, un éxito, una legitimidad, una necesidad, un zócalo común “y lo hace sobre algo que importa, que hace vivir y pensar a aquel o aquella que es capturado” (Pignarre y Stengers, 2018: 84). Para salir de esta crisis, por tanto, el desvelamiento no funcionará. Antes que definirnos a la contra de ese sistema de captura, deberíamos aprender de sus modos de agarre, identificar su vulnerabilidad e inventar un agarre diferente que haga sensibles otras posibilidades: esto es, conducir la atención hacia las condiciones ecológicas que permitan resquebrajar las paredes de nuestras crisálida, librarnos de la mierda del yo y echar a volar, esperando que el mundo fuera pueda albergar nuevos encuentros, participando en fabricar la habitabilidad junto con otras.



En busca del suelo perdido

Pero, ¿cómo hacer pensables esos agarres? ¿cómo convertirlos en un asunto relevante para reavivar una ecología política? El asunto no parece requerir, como hemos intentado argumentar, trabajar en el plano yoico de llevarnos las manos a la cabeza ante una situación que podríamos pensar como una irresponsabilidad intolerable o, simplemente, denunciar. Quizá, más bien, tengamos que volver a pisar el suelo, como la mariposa se posa en una flor. No en vano, en los últimos años, el suelo ha recuperado fuerza como activador de la ecología política. Su rescate como concepto coincide con la evidencia de una profunda erosión del suelo común –tanto literal como metafórica–, al mismo tiempo que con un cierto interés causado por la propuesta latouriana de “hacer aterrizar” a los modernos, una vez que la emergencia climática ha revelado la ausencia de suelo para sostener el proyecto modernizador.

A pesar de que el suelo y su cuidado han estado asociados a menudo a tradiciones políticas reaccionarias y antropocéntricas –formas de excepcionalismo humano que anclan sus raíces en la ideología nacionalista del Blut und Boden, atesorada por la extrema derecha y que la Europa fortaleza no desmiente–, la corrosión de los suelos contemporáneos contiene también una posibilidad afirmativa para pensar su reconstrucción. Así, mientras ciertas élites ya fabulan con una vida sin suelo compartido –en su casa-búnker con reservas de hectómetros de oxígeno para sobrellevar la hecatombe planetaria–, proliferan también comunidades de prácticas que ligan la posibilidad de la habitabilidad a la restauración y repoblación de suelos devastados. Ahora bien, si hemos cambiado de mundo y, además, el suelo parece estar en vías de desintegración: ¿qué podemos hacer?

La propuesta de Latour (2021), transmutado en geógrafo, remite a la necesidad de re-describir nuestros territorios, inspirándose en los Cahiers de doléances previos a la Revolución francesa: “La descripción relocaliza, repuebla, pero también, y es lo más imprevisto, restituye el poder de actuar” (p. 95). Abundando en esa idea, en una reciente entrevista en la revista francesa de psicoanálisis Mental (Hoornaert, Leblanc-Roïc y Roïc, 2022), Latour habla de que “sólo la descripción permite pasar de la angustia primera a la segunda” (p. 90); de una angustia frenética o paralizante a un hacer colectivo que hace pensar y actuar. Como sucede con la transferencia en el dispositivo psicoanalítico, describir es avanzar hacia el otro: no opinar desde el yo, no fundar un nuevo culto crítico, sino socavar el yo. Describir es arrojarse al mundo para conocerlo y, ahí, trabajar en sus agarres.

Para describir es necesario asumir un cierto no saber, abandonar nuestra posición de dominio y reconocer que, en un mundo en metamorfosis, no conocemos bien ni el suelo que pisamos. Describir, por tanto, es una tarea inacabable, reiterada, un modo de vida. Esto no prescribe un modo de descripción como una actividad desgajada del mundo (las hay más o menos intervencionistas). Tampoco su carácter representacional (las hay más alegóricas o más realistas, en el modo del periodismo o en el de las artes). Sea como fuere, cualquier modo de descripción implica una forma del deseo: un salir de sí. Por tanto, en lugar de intentar nombrar y acallar el mundo y su sintomatología; describiendo, que es lo mismo que decir viviendo, podemos ir en busca del suelo perdido, para recomponerlo, reactivando, también, su potencia política (Stengers 2017), incluso cuando no nos queda esperanza.

Pero, la esperanza es el vuelo que describe una mariposa cuando, en su sutil aleteo para salir de la crisálida, desea la transformación compartida del mundo. 

Referencias

Coccia, E. (2021). Metamorfosis. La fascinante continuidad de la vida. Siruela.

Freud, S. (2013a). “Lo ominoso”. En Obras completas, Volumen XVII (1917- 19). Amorrortu.

Freud, S. (2013b). “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras completas, Volumen XX (1925- 1926). Amorrortu.

Hornaert, G; Leblanc-Roïc, V. et Roïc, T. (2022). “Rencontre avec Bruno Latour: Nous sommes des squatteurs alors que nous pensions être des propriétaires”. Mental: Revue Internationale de psychanalyse, nº 46 (Écologie lacanienne), pp. 81-96.

Lacan, J. (1971). Escritos 1. Siglo XXI.

Lacan, J. (2007). El seminario 10: La angustia. Paidós.

Latour, B. (2004). Why Has Critique Run out of Steam? From Matters of Fact to Matters of Concern. Critical Inquiry, 30, 225–248.

Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas. Siglo XXI.

Latour, B. (2019). Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política. Taurus.

Latour, B. (2020). “Imaginar los gestos-barrera contra la vuelta a la producción anterior a la crisis”. CTXT, 05 de abril de 2020. https://ctxt.es/es/20200401/Politica/31797/economia-coronavirus-crisis-produccion-gestos-barrera-empresas-medioambiente-bruno-latour.htm

Latour, B. (2021). ¿Dónde estoy? Una guía para habitar el planeta. Taurus.

Rancière, J. (2010). El espectador emancipado. Ellago ediciones.

Stengers, I. (2017). En tiempo de catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene. Ned ediciones.

Stengers, I. y Pignarre P. (2018). La brujería capitalista. Prácticas para prevenirla y conjurarla. Hekht.

Terranova, F. (2016). Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival [film]. Icarus Films.

Cita: Brais Estévez Vilariño y Tomás Sánchez Criado (2024, 21 marzo). La crisis de las crisálidas. Reactivar la política en el fin del mundoAnkulegi antropologia espazio digitala – espacio digital de antropología. Recuperado 21 de marzo de 2024, de https://doi.org/10.58079/w24a

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atmosphere ecologies ecologies of support ethics, politics and economy of care ethnographic experimentation events heat and shade more-than-human objects of care and care practices

Towards atmospheric care: Undoing environmental violence, experimenting with ecologies of support > EASA 2024 BCN

If wishing to attend EASA 2024 in Barcelona (23-26 July), please consider submitting your proposals for the official Colleex network’s panel

Olafur Eliason’s The Weather Project by Istvan

Towards atmospheric care: Undoing environmental violence, experimenting with ecologies of support

Convenors: Tomás Criado (Open University of Catalonia), Elisabeth Luggauer (Humboldt-University of Berlin) & Emma Garnett (University of Exeter)

Discussant: Janina Kehr (University of Vienna)

Official link for queries & submissions

Short Abstract

Anthropogenic atmospheric phenomena (heat, hurricanes, pollutants, wildfires) pose increasing challenges to multispecies inhabitation. How is care re-invented when undoing the patchy effects of environmental violence? We aim to discuss anthropological experiments with ‘ecologies of support’.

Long Abstract

Due to anthropogenic intervention atmospheric phenomena, such as air pollutants, heat, hurricanes, thunderstorms or wildfires are every day more – albeit in some contexts more than others – posing impossible challenges to collective inhabitation, human, and other-than-human. This panel wishes to ask what forms of care and enduring are being repurposed and invented when relating to the many challenges these atmospheric conditions pose, attempting to undo the patchy effects of environmental violence.

In approaches to human and multispecies care in anthropology, environmental humanities and STS, the use of ecological tropes (e.g. landscapes) abounds to describe changing or complex social and material configurations, but what might it mean to re-think care as an atmospheric matter? Talking of ‘ecologies of support’ we wish to account for experimentation with generative and unsettled care responses to atmospheric phenomena that are hard to apprehend, due to their sheer phenomenological ungraspability (because of either their temporal or spatial scales: too fast, too slow, caught in between deep and shallow time, microscopic or gigantic, happening in non-coherent or non-unitary ways), hence requiring a vast array of devices and collective work to articulate or to become sensitized to them.

Beyond conceptual takes, we seek to foster a range of explorations and responses where anthropology could become an atmospheric care practice. Thus, we would also like to welcome approaches to collaborative, public, more-than-textual ethnographic works in a wide variety of guises and atmospheric topics experimenting with setting up ecologies of support in their own right.

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¿Cómo diseñaríamos con animales si hiciéramos el contrato correcto? > Terraformazioni 01

Micol Rispoli y Ramon Rispoli han editado la maravilla de compilación “Design, STS e la sfida del più-che-umano | Diseño, STS y el desafío de lo más-que-humano“, bilingüe en italiano y castellano.

Se trata del primer número de la nueva revista Terraformazioni, cuyo contenido deriva de la serie de conferencias Diálogos en torno a los STS: diseño, investigación y el desafío de lo “más que humano”, que los editores organizaron en la Real Academia de España en Roma junto con la asociación STS Italia en 2022.

Terraformazioni es un proyecto fascinante, publicado por la editorial italiana Cratèra edizioni, que tiene por objeto poner en diálogo investigaciones científicas y artísticas en un espacio abierto a la reflexión sobre la cultura del proyecto arquitectónico.

Junto con Ignacio Farías y Felix Remter colaboramos en este espectacular número inicial, rodeados de mucha gente querida e inspiradora, con un texto reflexionando sobre nuestra experiencia pedagógica en Múnich.

¿Cómo diseñaríamos con animales si hiciéramos el contrato correcto?

Resumen

En respuesta a las complejas crisis medioambientales de origen antropogénico, recientes desarrollos en arquitectura y urbanismo buscan explorar otros materiales, tecnologías, recursos y modos de colaboración. Pero, ¿y si lo que estuviera en juego no fuera el rediseño de las formas arquitectónicas y de los paisajes urbanos, sino el rediseño de las prácticas arquitectónicas y de diseño urbano? Este capítulo muestra una especulación colectiva para hacer esta cuestión pensable, un trabajo en el que lo “más que humano” supuso algo más que el contenido de un brief de diseño, requiriendo más bien abrirse a las competencias ‘no sólo humanas’ en procesos de codiseño y a las incertidumbres que se derivan de las interdependencias terrestres y multi-especies. ¿Cómo cuidar, pues, en la práctica arquitectónica de los complejos enredos terrestres que articulan los espacios de cohabitación humana y más que hu- mana? Este texto no proporciona directrices o principios generales para ha- cerlo, sino que describe un enfoque experimental orientado a re-aprender la práctica de la arquitectura por medio del encuentro con animales. Dialogando con los estudios de ciencia y tecnología o las humanidades ambientales y sus reflexiones sobre las relaciones multi-especies, describimos un experimento pedagógico en el que ciertos animales fueron tratados como acompañantes epistémicos para repensar la práctica arquitectónica, involucrando así sus competencias para intentar diseñar con ellos.

Cita recomendada: Farías, I., Criado, T.S. & Remter, F. (2023). ¿Cómo diseñaríamos con animales si hiciéramos el contrato correcto? En M. Rispoli & R. Rispoli (Eds.) Design, STS e la sfida del più-che-umano | Diseño, STS y el desafío de lo más-que-humano (pp. 76-91). Terraformazioni 01 | PDF

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Ageing Cities > Zine

How are cities and urban designers responding to the challenge of population ageing? How can we as ethnographers understand the social and material transformations underway in their efforts to shape ‘ageing-friendly’ cities or cities ‘for all ages’? These are two of the leading research questions of our ethnographic study project “Ageing Cities” on which we worked together in the academic year 2021-2022.

Our main concern has been to explore the distinctive intergenerational design challenges of what some architects and urban planners are beginning to call “Late Life Urbanism” (check the video of the final presentation).

Our exploration included an excursion in April 2022 to Alicante, Benidorm and neighbouring urban enclaves in the Costa Blanca (Spain). The area is relevant as ageing bodies and practices have become, since the 1960s, a sort of vector of urbanisation in the region: developing into what some geographers call “the Pensioners’ Coast.”

Considering the intriguing history of migration of this region, with pensioners from all over Central and Northern Europe (but also from other regions of Spain) relocating there, the “Pensioners’ Coast” is an interesting experimental ground to witness what happens when older bodies take centre-stage. Over the course of seven eventful and exciting days we had the chance to explore how sensitised urban designers from the area respond to the intergenerational design challenges these bodies bring in different ways.

In a joint endeavour with STS-inspired architectural researchers from the Critical Pedagogies, Ecological Politics and Material Practices research group of the University of Alicante, the visit allowed us to explore different approaches to architectural practice where older people have more active roles in the design and management of ageing cities (from cooperative senior cohousing to inter- and multigenerational housing projects, as well as accessible public space infrastructures, ranging from sidewalks to beaches and public transportation).

With this Zine we wish to share some of our main reflections, learnings to engage ethnographically with late life urbanism in Costa Blanca (or should we say eng-age?). The Zine could be taken as a long thank you note and a memoir of our encounters with different initiatives. But we also see it as a relevant intergenerational gift of sorts, lent to future urban researchers on these topics.

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Editorial team

Adam Petráš, Anna Maria Schlotmann, Christine Maicher, Doreen Sauer, Erman Dinç, Maximilian Apel & Tomás Sánchez Criado

Design and typesetting

Maximilian Apel

CC BY NC ND November 2023 Institut für Europäische Ethnologie, Humboldt-Universität zu Berlin