
Together with Martin Tironi we have written this review essay on the smart city, published in the latest number of Tecnoscienza.

Together with Martin Tironi we have written this review essay on the smart city, published in the latest number of Tecnoscienza.
[Una primera versión de este texto apareció en el blog “Aprendizajes comunes” | Una segunda versión en “Fuera de clase“]

Imagen con licencia CC BY, tomada de Wikimedia Commons
La mayor parte de las veces no sabemos que tenemos cuerpo hasta que lo sentimos, hasta que nos grita que no puede más, hasta que nos avisa de que como sigamos así se nos romperá, o hasta que se nos salta el corazón del pecho cuando recibimos una buena noticia o cuando vemos algo o a alguien que deseamos con pasión desenfrenada, hasta que no nos señalan con el dedo y nos discriminan por nuestro color de piel, nuestra morfología corporal, nuestra sexualidad o nuestra vestimenta o hasta que no nos damos cuenta de que la ciudad no ha sido hecha para los que son diversos, topando contra el bordillo de una acera que parece un acantilado. Para mucha gente el cuerpo es eso transparente que somos casi sin saberlo, eso que hacemos casi sin notarlo. Nos pasamos el día hablando de cosas que lo suponen, lo teorizan, lo tematizan, lo plantean, lo describen siempre de formas peculiares y, comúnmente, bastante enrevesadas: baste pasar por un bar un domingo por la tarde para que veamos cómo un simple giro de rodilla, una carrera mal pegada o un mal gesto en un campo de fútbol se convierte a ojos de muchas personas en algo sobre lo que dirimir incansablemente durante los días venideros. Pero el mismo oleaje de repercusiones puede desencadenar un do de pecho en un auditorio o una sutil caricia y una mirada entre las sábanas.
A pesar de esta inversión en maneras de contarnos, hay muchas veces que lo consideramos, lo notamos o lo sentimos, pero no encontramos palabras o maneras de hablar de “ello”. Y es en esas situaciones que podemos reivindicar, aún sacándola de contexto, esa conocida frase del filósofo sefardí Baruch de Spinoza que, como un rayo contundente del pensamiento; que como un haiku, describe, ilustra y abre a la intuición de lo que tantas veces nos ocurre, pero de forma sucinta, contundente y cotidiana: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. Porque la mayor parte de veces no sabemos a ciencia cierta lo que es, o lo que puede llegar a ser “eso” que somos, en soledad o en colectivo, sin saber serlo hasta que prácticamente desempaquetamos hasta dónde puede llegar, con qué se puede conectar y cómo puede crecer o menguar en su capacidad de acción.

Imagen con licencia CC BY, tomada de Wikimedia Commons
El caso es que “el cuerpo” ha venido siendo uno de los grandes asuntos del pensamiento para no pocas tradiciones y culturas. Nuestras contemporáneas instituciones educativas e investigadoras están ancladas culturalmente en una particular herencia semítica que, aun en su versión moderna, nos ha venido obsesionando acerca de los dimes y diretes de la homología o la unicidad de cuerpo y alma. Y ese fenómeno que aquí y ahora llamamos cuerpo, se nos aparece casi siempre en singular; eso que permite describir y mostrar lo que somos en tanto que seres únicos e individuales: el chasis o el basamento de lo que somos como personas. Disciplinas como la filosofía desde el siglo XVI o más recientemente desde el siglo XIX la biología o la psicología no han cejado de intentar analizarlo, diseccionarlo, estudiarlo, delimitarlo y medirlo de cien maneras, ponerlo en palabras e imágenes (como esas fabulosas láminas y transparencias de anatomía superpuestas que nos sugieren su compleja composición, digna de un orfebre); e incluso convertirlo en un asunto de interés público, como en los estallidos de una pandemia, o el desarrollo histórico de las prácticas de higiene… (para una historia cultural del cuerpo, consultar los volúmenes de Corbin et al., 2005; Feher et al., 1999)
Pero la contundente frase de Spinoza resuena y percute una y otra vez volviendo sobre nosotros, como la marea sobre la playa, desfigurando esa imagen individual y nítida. Y el caso es que, aunque se han construido edificios increíbles de conocimiento sobre lo que se dice son nuestros organismos –la composición irisada de nuestra piel, los tejidos de nuestros órganos, el funcionamiento de la percepción o la circuitería bioelétrica de lo que llamamos sistema nervioso–; y aunque dediquemos innumerables horas a aprender a moverlo con la gracia y salero de una bailaora o con la precisión fina de un carpintero, cuando menos nos lo esperamos “eso” nos sale por peteneras, se nos aparece siempre mezclado y otras fragmentario y distribuido; y nos muestra algo que antes no habíamos notado o visto y se nos abre por un sitio que no hay quien lo entienda, objetive o ponga en palabras, al menos de primeras.
En estas situaciones esa experiencia con aristas y bordes pronunciados se nos aparece como lo que necesitamos paladear o discernir, invirtiendo dinero y esfuerzos considerables para encontrar el instrumental, los dispositivos de registro, con el objeto de entender e intervenir eso que nos pasa, en otras palabras, para “hacer cuerpos”(Mol & Law, 2012): para conjugar eso que se aparece y que se manifiesta en no pocas ocasiones con una pluralidad que no acaba de poder componer una imagen unitaria, sistémica y bien ordenada de lo que somos y podremos ser. Porque, a pesar de lo que creamos, la tozudez extraña de eso que somos no se nos revela a primera vista y requiere de nosotras nuestra mejor inventiva para crear buenas preguntas que nos permitan mostrar la pluralidad y las muy diferentes maneras de hacer cuerpo (Mauss, 1996), para hacerlas relevantes.

Imagen con licencia CC BY, tomada de Wikimedia Commons
Sin embargo, una de las principales cuestiones a plantear para poder comenzar a hacerse buenas preguntas es quién tiene la competencia del “hacer cuerpo”. No en vano el cuerpo ha venido siendo desde hace algunos siglos uno de los principales lugares donde se ejerce el control social y en torno al cual se han venido erigiendo innumerables saberes monopolio de expertos que quieren “decir verdad” sobre lo que nos pasa, o lo que es más: que dicen saber lo que nos pasa. Un cuerpo que “tenemos”, pero que en realidad “es tenido” por otros. Un cuerpo que quizá tengamos que redistribuir, lo que es tanto como aceptar que tendremos que pensar entre todos, en común, lo que nos pasa.
METABODY. FUENTE: “LA AVENTURA DEL SABER”
Tener el cuerpo, recuperarlo, sin embargo, requiere de nosotras un pequeño esfuerzo, porque en el fondo significa “[…] aprender a afectarse, esto es a ‘efectuarse’, a ser movido, puesto en movimiento por otras entidades, humanas o no humanas” (Latour, 2004: 205). Y para ello necesitamos aprender, hacernos sensibles a nuestra propia experiencia, a eso que somos y a toda la gran cantidad de cosas que, en realidad, ya sabemos; a lo que nos da la vida y, sobre todo, a lo que nos mata. Por eso, necesitamos encontrar maneras de reunirnos en torno a nuestra experiencia para explicar en palabras, para crear cacharros y buscar diferentes andamiajes articulatorios que nos permitan discutir y compartir nuestras experiencias, nuestras dolencias y gozos (Despret, 2008).
Hay ocasiones en que esto se nos hace muy fácil, porque la experiencia compartida, aunque difícil siempre de articular, se nos revela de forma brutal y preclara. El increíble historial de tecnologías y saberes bélicos, así como la violencia y masacres que han permitido a lo largo del siglo XX han sido, paradójicamente, uno de los mayores vectores de explicitación de los límites y nuevos escenarios para hacer cuerpo. Pensemos, por ejemplo, en el uso de gas en la Primera Guerra Mundial donde se experimentó a placer con innumerables compuestos químicos para aniquilar masivamente, donde los diferentes bandos en contienda intentaron controlar o diseñar las nubes de aire mortal, no sin muchas veces acabar muriendo víctima del propio “terror desde el aire” ante un cambio de viento, aprendiendo de forma macabra a entender sus efectos en las propias carnes (para un desgarrador relato de la utilización masiva de gases de cloro el 22 de abril de 1915 en Ieper, Bélgica, por parte de los alemanes, véase el relato de Sloterdijk, 2006: pp. 76-78).
Pero en la mayor parte de otras situaciones necesitaremos encontrar la manera. Y requerirá de nosotros un esfuerzo para intentar, como nos proponen ZEMOS98, “representar las realidades no comúnmente representadas en los medios”, con el objetivo de que más allá de una brecha entre saberes expertos y profanos, podamos explorar los contornos de una educación expandida sobre lo que es nuestro cuerpo, sobre lo que nos pasa. En contextos como el que nos explican en este vídeo buscaban “representar visualmente el trabajo en grupo y su inteligencia colectiva”, generando talleres y montando pequeños experimentos para “escuchar iniciativas de otros lugares y poder conectarlo con lo que está pasando en tu vida”. Experimentos, situaciones, cacharros y formas de sentarse a compartir la experiencia del tipo de las que aquí nos relatan (sobre cómo mostrar a los migrantes; juegos con diseños metodológicos para construir representaciones en común, como el montaje de la portada de un periódico ficticio de economía feminista) son cruciales para hacer accesibles y apropiables por parte del común los procesos de conocimiento del “hacer cuerpo”.
ZEMOS 98 Re-Mapping Europe. FUENTE: “LA AVENTURA DEL SABER”
“[…] Es a partir de la construcción de una comunidad de experiencia que cada cosa que experimentamos puede convertirse en mundo común” (Despret & Galetic, 2007: 61). En esta línea, pensar en el “hacer cuerpo” pudiera abrir una línea de indagación modesta sobre los cuerpos y los saberes comunes de diferentes colectivos y grupos –despectivamente denominados legos, bastardos o desclasados–; experiencias enormemente inspiradoras que nos ayudarían a hacernos buenas preguntas sobre el hacer cuerpo para así poder recuperar y redistribuir la competencia del aprender a afectarnos. En ello nos van muchas cosas. La primera y más importante quizá sea la posibilidad de extender la democracia a territorios encarnados dominados por el saber experto y tecnocrático…
Referencias
Corbin, A., Courtine, J.J. & Vigarello, G. (Eds.) (2005). Historia del cuerpo (3 vols). Madrid: Taurus.
Despret, D. (2008). El cuerpo de nuestros desvelos. Figuras de la antropo-zoo-génesis. En T. Sánchez Criado (Ed.), Tecnogénesis. La construcción técnica de las ecologías humanas (Vol. 1, pp. 229–261). Madrid: Antropólogos Iberoamericanos en Red.
Despret, D. & Galetic, S. (2007). Faire de James un “lecteur anachronique” de Von Uexküll: esquisse d’un perpectivisme radical. En D. Debaise (Ed.), Vie et Expérimentation: Peirce, James, Dewey (pp. 45–76). Paris: Vrin.
Feher, M., Naddaff, R. & Tazi, N. (Eds.) (1989). Fragmentos para una historia del cuerpo humano (3 vols.). Madrid: Taurus.
Latour, B. (2004). How to talk about the body? The normative dimension of Science Studies. Body & Society, 10(2-3), 205–229.
Mauss, M. (1996). Las técnicas del cuerpo [1934]. En J. Crary & S. Kwinter (Eds.),Incorporaciones (pp. 385–408). Madrid: Cátedra.
Mol, A. & Law, J. (2012). Acción encarnada, cuerpos actuados. El ejemplo de la hipoglucemia. En R. Ibáñez Martin & E. Pérez Sedeño (Eds.), Cuerpos y diferencias(pp. 153–177). Madrid: Plaza y Valdés.
Sloterdijk, P. (2006). Esferas III: Espumas. Madrid: Siruela.

Daniel López, Israel Rodríguez Giralt and I have the honour of hosting the workshop “The radicalisation of care: Practices, Politics and Infrastructures” | #radicare
19 & 20 November 2014 | Barcelona, Open University of Catalonia
Guest speakers: Madeleine Akrich, Blanca Callén, Jérôme Denis & David Pontille, Rob Imrie, Joanna Latimer, Daniel López, Andrew Power, Vololona Rabeharisoa, Israel Rodríguez Giralt, Celia Roberts,Tomás Sánchez Criado, Manuel Tironi & Myriam Winance.
Graphic report by Carla Boserman
The event is free from charges, although registration is needed
For more information: The Radicalisation of Care
Post originalmente publicado en “En torno a la silla”

El pasado 17 de junio Alida, Marga y yo presentamos en BAU en la I Jornada de Objetologias: la materia contraataca
En nuestra presentación reflexionamos sobre los retos de la diversidad funcional para el diseño y cómo pensar éste desde una ética del cuidado.
Además del relatograma de Carla os dejamos por aquí el texto en PDF y la presentación que lo acompaña (con fotos y dibujos)
– “¿Cuidar a través del diseño? Cacharrear como una manera de hacer sitio a una vida independiente y más en común” (Marga Alonso, Alida Díaz y Tomás Sánchez Criado)
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Entre los meses de enero y junio tendrá lugar en la librería Synusia un curso/taller de autoformación destinado a la reflexión y experimentación sobre “¿Cuánto puede un cuerpo colectivo? Saberes mundanos, experticia y nuevas prácticas”
Estas seis sesiones planteadas a lo largo del primer semestre de 2014 buscan, a partir de una serie de preguntas, abrir un campo de reflexión desde y en torno al cuerpo en primera persona.
Consideramos útil comenzar plantándonos delante de un par de preguntas generales que delimitarán los contornos de un campo común de reflexión. Cuestiones como ¿qué es un cuerpo? y ¿qué se entiende por cuerpo normal o por cuerpo sano? servirán como catalizadoras para situar conceptos clave que nos acompañarán en la caja de herramientas teóricas a lo largo de todo el curso. En esta primera parte realizaremos un mapeo de aquellos campos y saberes que han problematizado estos interrogantes, y con esta cartografía pasaremos a analizar aquellas instituciones y disciplinas que han sido asignadas para proveer, administrar y regular la salud, el bienestar y el cuidado de nuestros cuerpos.
Nos interesa, en particular, analizar qué sucede con estas instituciones y disciplinas asignadas para la regulación y atención del cuerposano en un contexto de crisis. En el actual contexto de recortes, en el sistema público se ha hecho un ataque no sólo contra las condiciones fundamentales que permiten la reproducción de la vida en general, sino de forma más explícita contra todos aquellos cuerpos que encarnan la ‘diferencia intolerable’. Este escenario se contempla en sus prácticas y sus normativas de patologización (de los cuerpos trans), criminalización (con la reforma de la ley del aborto), exclusión (del derecho a la salud de cuerpos migrantes y precarios), segregación entre cuerpos ‘productivos’ y ‘no productivos’ (con la progresiva desaparición de la Ley de Dependencia) y en la normalización heteronormativa (negando el acceso a la reproducción asistida a mujeres que no mantengan relaciones heterosexuales estables).
Yendo de una concepción de la salud como derecho universal a la delimitación de la salud como negocio, encontraremos el contexto donde identificar qué intentos de privatización del sistema sanitario se han puesto en marcha en los últimos años (con la reciente reforma sanitaria que excluye a una capa importante de la población y con el ‘repago’) o qué formas de enriquecimiento persiguen las farmacéuticas a partir de una creciente medicalización de la vida.
En este marco, la segunda parte del curso pretende indagar en experiencias concretas que actualmente están poniendo en relieve nuevas alianzas, prácticas de desobediencia y nuevas formas atención a la salud y al cuidado del cuerpo. Por un lado, algunas de estas experiencias ponen el acento en maneras colectivas de reformular, tanto la noción misma de ‘lo público’, como la reconquista de derechos en el ámbito institucional. Y otras de ellas plantean formas de experimentación, basadas en nuevas alianzas y nuevas fórmulas de generación y acceso al cuidado desde las experticias y los cuerpos diversos.
Todas las 6 sesiones son extremadamente interesantes, y aún diría más cruciales, para pensar las interesecciones entre prácticas activistas hechas poniendo el cuerpo en primera persona y nuevos formatos de aprendizaje/experimentación epistémica a las que vengo/venimos un grupo de gente dándole vueltas en los últimos meses, reflexionando sobre las tecnologías, los servicios y las infraestructuras para pensar y desde las que pensar qué pudiera querer decir la salud o el cuidado en un contexto de enormes transiciones, peligros y promesas como el que vivimos actualmente –si prestamos atención a las contorsiones y convulsiones del estado del bienestar o el estado social en el estado español (que nos colocan entre las formas más radicales de vulnerabilidad producida por mercados de servicios y productos que rompen con o limitan nuestro acceso universal a la salud o la precariedad de medios a la que arroja el desamparo institucional a los interesantes formatos autogestionados de auto-cuidado)–.
Permitidme, sin embargo, que mencione especialmente dos de ellas en cuyo desarrollo me siento particularmente involucrado:
1) Tengo el enorme honor de haber sido invitado a la sesión colaborativa titulada “Más allá de la experticia única“, en la que es un placer y una suerte compartir escenario con la inestimable Nùria Gómez (activista del Foro de Vida Independiente y Divertad + OVI de Barcelona), que ahondará sobre estas cuestiones:
Frente a la concepción tecnócrata que privilegia una lógica del cuidado y la salud definida y administrada por aquellos reconocidos en tanto ‘expertos’, consideramos necesario abordar otras formas de relación entre producción de saberes, atención y prácticas sobre el cuerpo y sus cuidados.
En la primera parte de esta sesión abordaremos la necesidad de transformar el lugar de privilegio que han tenido ciertas posiciones de enunciación desde la ciencia o la experticia, sugiriendo un desplazamiento hacia comunidades epistémicas construidas desde lo que vivimos cada cual, contando con el conocimiento de un cualquiera y lo que le afecta. Nociones como ‘comunidades epistémicas experimentales’ planteadas por nuestras invitadas, sugieren una mirada a redes de construcción de conocimiento en las que lo ‘experimental’ – qué y cómo podemos pensar – es definido en tanto aquello frágil, de carácter abierto y no constreñido por límites disciplinares o institucionales. Frente al saber experto ‘dado’ de la racionalidad tecnócrata, la dimensión experimental nos sitúa frente a la necesidad de un proceso de producción de saber abierto a lo desconocido, lo incierto, lo ambiguo e incontrolable como condición inherente a nuestros cuerpos.
En este cambio de acento que se desplaza del saber experto ‘dado’, hacia las comunidades de producción de saber, en esta sesión exploraremos nuevos vínculos que rompen las figuras del usuario y el dependiente, de la mano de la experiencia de la Oficina de Vida Independiente. En este contexto, la gestión de necesidades y recursos comunes pasa necesariamente por una transformación del saber experto – tanto en la concepción misma de experticia como en sus modos de hacer y en la heterogeneidad de quienes participan en su generación.
2) Pero también espero con enorme interés la esperadísima sesión “Producir máquinas, producir territorios encarnados de intersección“, que sentará en la misma mesa al proyecto de diseño abierto de productos de apoyo En torno a la silla, al documental Yes, we fuck y a la pornortopedia de PostOp en las que el tema será:
¿Cómo se hace una política material? ¿Cómo generamos territorios de intersección en los que podamos habitar colectivamente desde la singularidad y diversidad de nuestros cuerpos, experiencias y experticias? En algunos espacios de experimentación ha empezado a darse una composición de grupos de diversos saberes, profesiones y áreas políticas que reúnen discusiones y luchas que hasta hoy habían tendido a caminar en paralelo pero sin tocarse (como pueden ser los feminismos o colectivos de diversidad funcional). Consideramos que los proyectos invitados para esta sesión son un ejemplo de nuevas formas de componernos en esta diversidad.
¡¡Gracias a Alcira y Niza por haber montado este super-curso!!
El pasado 9 de octubre el amigo Adolfo Estalella publicó en su blog Prototyping, el post: Por favor, ¡comercien con mis artículos! (académicos), un alegato en favor del uso de licencias libres y, más concretamente, de licencias libres Creative Commons BY-SA que permiten que quienes derivan o remezclan a partir de nuestro original puedan extraer un rédito comercial siempre y cuando pongan en circulación su obra con la misma licencia (haciendo, por tanto, que cualquiera pueda aprovecharse de nuestros productos/invenciones/propuestas y que cualquiera pueda aprovecharse de los derivados que esto genere; una licencia que se ha venido empleando mucho en el ámbito del software libre).
Él intervenía, más bien y más en concreto, en el ámbito de la publicación científica, donde comúnmente han venido existiendo prácticas predatorias de los derechos de autor y su cesión por parte de editoriales de revistas y libros, y en donde la reacción de muchas personas ha sido poner en abierto papers u otros productos, pero de forma restringida empleando, licencias como la CC BY-NC-SA (Atribución, No comercial, Compatir igual) o CC BY-NC-ND (Atribución, No comercial, Sin obra derivada), siendo servidor uno de los que ha venido operando en ocasiones de esta manera: restringiendo el rédito económico posible de la obra derivada con la intención de evitar que en esa circulación en abierto y remezcla puedan lucrarse las mismas compañías o corporaciones que han generado una extracción indigna de valor a partir de nuestro trabajo (comúnmente sostenido por la hacienda pública, y a la que no se devuelve más que por impuestos indirectos –y en el caso español rara vez, puesto que si publicamos fuera de nuestro país es un dinero que va a fondo perdido a esas grandes editoriales del sector, como Thomson Reuters, dueña del ínclito ISI y gigante de la gestión de la información a todos los niveles en el mundo entero-).
En su post Adolfo, sin embargo, proponía una defensa/provocación del uso de una licencia libre Creative Commons que permite la comercialización (CC BY-SA) para la propagación de nuestros productos o derivados de la investigación científica (borradores de capítulos o artículos, proyectos, post, etc.), con la justificación de que al recibir dinero público no debemos privar a los demás de su máxima circulación, y que aplicando licencias libres que no permitan derivados comerciales limitamos la expansión de nuestras obras (no pudiendo, por ejemplo, colgar un vídeo para su uso y reuso en plataformas como YouTube, que automáticamente asume que si se publica un vídeo con licencia CC esta será CC BY), pero también que esto permitiría generar una economía de la cultura libre más tupida. Verbigracia:
[…] El sistema de la publicación académica, en manos de grandes editoriales privadas que controlan la economía del prestigio científico, hace imposible obtener remuneraciones significativas por las creaciones científicas. La mayor parte de nosotros aceptamos que esas grandes compañías hagan el mayor abuso comercial de nuestras obras, sin remunerarnos por nuestras creaciones (artículos, monografías, manuales, etc.) nos cobran por el acceso a ellas a precios desorbitados. Aceptamos eso pero sin embargo, no estamos dispuestos a que… nos sabemos quién obtenga un beneficio económico, por muy indirecto que este sea: la maestra en su asignatura, el profesor en su curso, la investigadora en la universidad. ¿Por qué habría de ser un problema que la circulación de nuestro conocimiento genere beneficios económicos entre colegas y, más aún, entre aquellos que probablemente sostienen económicamente con sus impuestos nuestros puestos de trabajo? Quizás sea una gran empresa editorial o audiovisual la que quiere beneficiarse: bienvenida sea su labor editorial si eso hace que circule nuestro conocimiento, pero quizás sea una asociación ciudadana, un aficionado o, lo que es muy habitual, otro de nuestros pares.”
– A. Estalella (2013): Por favor, ¡comercien con mis artículos! (académicos)
Sin embargo, en el tiempo que ha venido transcurriendo desde leer su post, discutir a viva voz y en otros foros sobre el tema con él y otras personas, me he venido preguntando (y no tengo la respuesta, si no no lo colgaría por aquí): ¿cómo plantearse, para la selección de una licencia libre, emplear una ética del cuidado (o, mejor dicho, del cuidado material)? ¿Podemos pensar un cuidado desde/con la invención y mantenimiento de ciertas licencias libres para ciertos casos y no otras? Un “cuidado con”, esto es, una llamada de atención y reflexión sobre qué licencias emplear y por qué. Pero también un “cuidado desde” porque, qué es la exploración e innovación en torno a las “licencias libres” sino la búsqueda de una intervención ética en la democratización del acceso y control a la circulación y extracción de valor de nuestro trabajo, un formato de cuidado colectivizado de las infraestructuras técnico-legales de las que nos dotamos para producir y hacer circular nuestros saberes y cacharros…
Una ética del cuidado material (derivada, por ejemplo, a partir de obras como las de Annemarie Mol) nos plantearía atender a la fragilidad del cacharreo y el mimo necesario para que emerjan nuestros productos y que estos puedan seguir en pie; pero también pensar y valorar los esfuerzos para que puedan tener otras vidas más allá de para lo que se pensaron o de lo que duraron con esa forma (no puedo recomendar con más insistencia visitar el blog/repositorio del proyecto de Blanca Callén “Políticas de la chatarra“, como modo de repensar el cuidado material de esas cosas frágiles por medio de las que vivimos). Es decir, un modo de atender a los procesos de materialización y distribución desde la consideración de la singularidad de cada caso; desde la atención a los formatos de relación que minan la construcción de relaciones igualitarias de interdependencia, a partir de descripciones detalladas de la distribución sociomaterial del trabajo y sus efectos (con especial atención a las obligaciones y recortes que acaban haciendo que esta sea en ocasiones una tarea distribuida en función de roles de género invisibilizadas, pero también en términos de relaciones discriminatorias de clase, raza o etnia), como lugar donde comenzar una exploración en este sentido.
¿Podemos, por tanto, pensar en un cierto cuidado por el modo en que se pone en circulación algo en unas ciertas condiciones y no en otras? ¿Podemos pensar en formatos siempre específicos que mimen o cuiden materialmente de nuestros proyectos comunes o colectivos (haciendo que estos sirvan para “construir una vida digna en condiciones de igualdad“, como dice Silvia L. Gil) a partir de un uso particular de licencias libres?
Desde mi papel de inepto total en todos estos temas, a raíz de sus disquisiciones y dado que en diferentes facetas personal e investigadora esta discusión sobre “qué licencia libre emplear y cómo” ha venido teniendo una importancia creciente, he ido indagando, porque no acababa de tenerlo claro. Hay innumerables proyectos de licencias libres diferentes a las Creative Commons, como las Move Commons (empleadas en algunos proyectos sociales) o las GNU (empleadas en proyectos de software libre), o tantas otras que se han venido empleando en otros ámbitos…
En fin, con el ánimo de aprender y mantener vivo el debate, publiqué mis primeras inquietudes, muy personales, parciales y seguramente poco elaboradas, como una contestación/comentario a su post. Pero hemos pensado que quizá le otorgaría mayor visibilidad si se hiciera “de muro a muro” y por eso lo publico por aquí con su mismo formato epistolar, para poder seguir el intercambio y dedicarle un rato a darle más vueltas a esto. También esto permitiría que quien quisiera intervenir y participar en la discusión estaría más que bienvenidx.
Por mi parte, cuelgo por aquí una versión ligeramente remozada y adaptada a los formatos de un post para ver por dónde sale el asunto…
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Hola Adolfo
Para continuar con la amplitud del debate quisiera preguntarte qué opinas de esta disquisición de Bernardo Gutiérrez en su post “Copyfarleft, más allá del copyleft” donde plantea que: “Algunas voces critican el copyleft porque el mercado extrae provecho del procomún”. Y habla de que: “La licencia copyfarleft ideada por Dmytri Kleiner podría ser una solución contra el copyright” [Mis agradecimientos a Alma Orozco por colocarme en la pista de este artículo en una conversación fugaz].
He dedicado un rato a bichear sobre esto y he estado dedicándome a explorar toda una panoplia de consideraciones positivas y críticas que esta licencia ha recibido.
Me han parecido especialmente interesantes dos:
a) un post de Anna Nimus que describe la invención que supondría esta licencia como una ruptura con el mantenimiento del derecho de autor y de la autoría, en las que se basan y mantienen las licencias CC, a pesar de intervenirlas abriéndolas a otros modos de circulación (ah, qué sería de la publicación científica sin una autoría clara y mantenida en el tiempo, sin un autor a quien atribuir sus trabajos…);
b) otro interesante post de crítica de Alan Toner a la propuesta original: entre los comentarios al post está una interesante respuesta de D. Kleiner, en la que comenta que las licencias CC no han contemplado la materialidad de la producción artística, sobre todo en el ámbito del vídeo y la música (pero por qué no pensar en otras nuevas formas de hardware abierto…) y donde comenta que estas licencias más bien articulan, producen una diferencia entre el BY-NC-SA y el BY-SA.
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Un ejemplo de este tipo de propuestas sería el experimento que se ha planteado en torno a la “Peer Production License”
Se trataría de una licencia abierta parecida a la BY-SA pero “con algunas restricciones de mercado” (es decir, impidiendo que ciertas empresas, corporaciones o negocios hagan uso o se lucren con las remezclas o derivados de nuestros productos si los beneficios no son repartidos entre los trabajadores y/o la propiedad de la empresa no es de los trabajadores). Es un tipo de licencia en la que tiene interés alguna gente implicada en que no caiga el movimiento cooperativo.
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Entonces, esto me ha hecho pensar enormemente aunque un poco a contrapié de tu propuesta de emplear la licencia BY-SA como licencia prioritaria para ejercitar la cultura libre en el plano de las publicaciones académicas. Y me preguntaba, al margen de la decisión concreta ideológico-económica, si podemos pensar en aplicar una única licencia de forma genérica, de propósito general para las cosas que vayamos produciendo en diferentes espacios académicos, independientemente del producto, el tipo de circulación y formato de mercado académico que queremos articular para cada uno de ellos.
Es más, pensando a partir de la propuesta de innovación legal de algo como un “copyfarleft” y centrándome en el mercado editorial y las publicaciones en abierto de las que hablas: puede que no queramos que se lucren terceros como grandes corporaciones editoriales con nuestros trabajos académicos, pero sí pequeñas editoriales o colectivos de publicación en abierto…
Es más, me ha parecido interesante para intervenir en ese debate que comentas sobre la política del Research Council de UK, y para hacerlo desde otras coordenadas, no olvidar la contestación de D. Kleiner al análisis crítico de su propuesta por parte de Alan Toner. Éste pone un interesante ejemplo de lo que pudiera suponer este otro tipo de licencia, para lo que habla de las obras del colectivo “sin autor” Wu Ming (“autores” de “obras” tan interesantes como “Esta revolución no tiene rostro“):
“[…] for lack of a copyfarleft style license, many creative producers like Wu Ming are currently employing Non Commercial licenses which, not only deny free access to random house (a good thing as this means Random House must pay them to publish their books) but also prevents commons based producers from producing copies as well, which is a bad thing, as it means the only way physical copies of the work are produced and circulated is by Random House.”
– D. Kleiner, comment 2 al post “Copyfarleft: An Anarchist Gema?” (2007)
Creo que es un ejemplo bastante potente que puede dar mucho que pensar, tanto sobre los formatos de autoría propuestos como sobre los mercados de la publicación y circulación de diferentes objetos, productos, etc.
Seguimos charlando…
Abrazotes
T
—
[Addenda del 25 de Octubre de 2013: Guerrilla Translation han adoptado esta licencia, convirtiéndose en “cobayas” de la misma, entrando en negociaciones con Creative Commons para convertirla en una más del conjunto de licencias CC, como así lo expresan en su blog]